27 de mayo de 2013

CHAMPÁN Y HAMBRE: UN BRINDIS ABYECTO



“Aquello que no es ni conciencia interior 
(prajñã
(de los objetos del mundo interior), 
ni conciencia exterior 
(de los objetos exteriores), 
ni tampoco las dos juntas, 
que no consiste exclusivamente en una masa de conciencia 
(compacta), 
que no es ni consciente ni inconsciente. 
Aquello que es invisible, 
inaccesible, 
indefinible, 
impensable, 
innombrable, 
cuya esencia consiste en la experiencia de su propio sí-mismo 
(ãtman), 
que absorbe toda multiplicidad, 
es tranquilo y benigno, 
sin dualidad. 
Esto es Caturtham 
(el cuarto estado de conciencia, turĩya). 
Esto es el ãtman, lo que tiene que ser conocido”. 

Mãndũkya Upanishad hindú








Leo que Níger, el país más poblado de África, está entre los diez mayores exportadores de petróleo a nivel mundial y que además es el segundo país donde más ha crecido el consumo de champán, sólo superado por Francia. Sin embargo, en contra de lo que podría esperarse, 91 millones de nigerianos, el 65 % de la población, padece inseguridad alimentaria y más de un cuarto de los menores de cinco años sufre de desnutrición. Como dato orientativo os diré que en Laos una botella de champán ronda los 120 dólares y que como contrapunto el 63 % de la población vive con menos de un dólar al día. Nigeria, un país con grandes riquezas naturales, abandonó la agricultura en los años 80 para dirigir su economía hacia el petróleo, cuyos beneficios –como era de esperar- alimentan la ambición de unos pocos, quedando la mayoría de la población en manos de la pobreza, el hambre, la violencia, la contaminación ambiental y el deterioro de los escasos recursos que aún persisten. 








Menciono a Nigeria por utilizar un ejemplo evidente de cómo funciona un sistema económico que no conoce fronteras y que arrastra al hambre a tantísimos seres inocentes; pero hay otros muchísimos ejemplos repartidos por todo el planeta, incluido nuestro país. Hablar de ello me resulta especialmente difícil, por muchos motivos, pero especialmente por los sentimientos de dolor e impotencia que provoca mirarlo de frente. Sin embargo lo hago convencido de que es imprescindible si queremos que la transformación y el cambio se produzcan. 



Mi intención con este post no es profundizar en sus múltiples aspectos, ni discutir sobre ello con la verborrea de un estómago lleno de comida, una cabeza llena de argumentos o un bolsillo lleno de intereses. Sólo aportar algunos testimonios para una reflexión en compañía.





Esther Vivas, del Centro de Estudios sobre Movimientos Sociales (CEMS) en la Universidad Pompeu Fabra y experta en consumo crítico y soberanía alimentaria





 ATTAC.TV




Defensa de Territorios





El periodista Bru Rovira





Miquel Figueroa, agricultor





4 comentarios:

José Alfonso Romero P.Seguín dijo...

Si fuésemos ratas, amigo mío, comeríamos todos, porque no falta sustento sino la posibilidad.
Explicar el porqué es tan sencillo como inexplicable. Vivir bien, solo eso, pues sí, eso parece, ¿pero es realmente así? Es tanta la injusticia que no cabe sino pensar que por mucho que puedan consumir las élites jamás podrían agotar las reservas y posibilidades del planeta. ¿Por qué ocurre entonces? Ocurre porque no somos ratas. Porque en nuestro sistema las cloacas representan el lujo y el limpio espacio exterior la cloaca donde grandes manadas de hombres son condenados a vivir como ellas, pero sin posibilidad, a fin de que esas minorías selectas que circulan por las alcantarillas amuebladas y decoradas como los palacios que son, puedan seguir disfrutando de ellas, felices de esa suerte que haya reflejo en la mala suerte con que alimentan a los que se han quedado fuera, al solo efecto de justificar esa diferencia.
Dices que no quieres polemizar sino reflexionar en compañía, y dices bien. Buscar entender es el primer paso para que nada nos cambie en aquello que hemos alcanzado a atisbar de humano en nuestro raquítico espacio espiritual. Y por el contrario disponernos a cambiar todo aquello que nos ata a una realidad que torna en irreal a millones de hombres y mujeres.
Comenzaré a comportarme como una rata, es decir, frugal y amigo de la posibilidad, en la esperanza de que un día se me escape de las manos y sea por fin en la de todos.
Perdona tan larga disertación, larga y confusa.
Magnífica entrada.
Recibe un fraternal abrazo.

40añera dijo...

Los venezolanos solían decir que hay tierras que Dios maldice con recursos naturales y es cierto...
Como bien dices disertar desde nuestro sofá con nuestras necesidades cubiertas es para nada, es en estos casos en los que me siento tan sumamente inútil...

Un beso

Anónimo dijo...

Es difícil mejorar, los comentarios, no creo que Dios maldiga la tierra, a esas grandes multinacionales, que además de extraer y explotar sus riquezas, los gobiernos les deberían exigir un tanto por ciento alto para repartir entre los oriundos que se mueren de hambre,con un pequeño trozo del pastel vivirían con dignidad, pero se lo quedan ellos. Luego dichas multinacionales presumirán de donar cantidades a beneficencia y se harán fotos para la posteridad. ¿Donde están los derechos humanos? Ya no las ratas, cualquier animal está mas cuidado que muchas personas. ¡Es demencial! Desgraciadamente la mayoría lo que hacemos es contemplar el espectáculo, sin hacer nada. Y al final terminamos dando las gracias por unas migas.
Mi felicitación Javier y un fuerte abrazo.
María de la Cal.

Paloma Corrales dijo...

Sin embargo yo había olvidado cuánto aprendo siempre que vengo. Gracias.

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