26 de agosto de 2015

ITINERARIO PARA UN BOLERO






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Cuando bailaba la rumba movía sus caderas con una ingravidez inusual. Deliberadamente. Hasta su falda intentaba inútilmente seguirlas. Su sonrisa de dientes generosos inundaba el aire y el sudor en su piel morena y lisa le hacía brillar intensamente en cada giro. Revelaba un tipo de intencionalidad rítmica entre canalla y angelical, un tipo de magia capaz de enamorar a cualquiera. Sin embargo, desde el primer instante, lo que le sedujo a él fue la sensualidad de sus movimientos a ritmo de bolero, la cintura en la mano y sus brazos resbalando por el cuello. Así aprendió a bailar con ella. Así fue hechizado.

Para los amantes de las nubes suele ser muy fácil identificar en ellas la presencia de formas reconocibles. Es un juego adictivo. Para los enamorados de una bailarina lo es identificar una melodía en cada uno de sus movimientos cotidianos. En este tipo de mirada proclive a la fantasía él aprendió a jugar con ella y consigo mismo.

Quizá la fuerza de aquella atracción se hubiera podido templar con la rutina de las horas y los días, si ambos hubieran estado juntos. Quizá la fascinación habría podido contagiarse de suficiente realidad como para alimentar otro tipo de sueños. Pero las ausencias insoportables y frecuentes, las distancias y los destiempos, no hacían sino incrementar el consuelo que encontraba en la ficción.









Por eso quizá, cuando estaba con ella y la idea de su partida se le hacía insoportable, recurría a un juego secreto y solitario. Al oír sus pasos del otro lado de la puerta intentaba imaginar que ya no estaba, que hacía tiempo que se había marchado y que aquellos sonidos los estaba evocando él mismo al recordarla. Su corazón creía que de esta manera sería más fácil para su memoria recuperarla de verdad cuando ya no se encontrase tras aquella puerta. 

La artimaña nunca logró el objetivo deseado, pero sí que consiguió entretenerle placenteramente en interminables órbitas alrededor de ella y sus recuerdos. Y confundirle.

Con todo, combinar percepción y deseo a voluntad es un juego que no resulta inofensivo. El desconcierto engendra una inercia extraña donde las certezas se desvanecen adquiriendo vida propia, independiente de la realidad y ajena a cualquier tipo de control. Si el amor por sí mismo ya es loco, en este caso la locura toma categoría de sentimiento y cualquier desenlace es posible. Pero por desgracia no tengo constancia del verdadero final de esta historia. En los datos que recojo se mezclan y confunden cada vez más los dos mundos hasta llegar a hacerse irreconocibles.

Por eso prefiero pensar que por suerte para él todo terminó en un bolero. Extraviado en un bolero y solo.

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" Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores 
blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz, 
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz, 
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y 
cintas que dormían en la lluvia. 
No quiero que tengas una forma, que seas 
precisamente lo que viene detrás de tu mano, 
porque el agua, considera el agua, y los leones 
cuando se disuelven en el azúcar de la fábula, 
y los gestos, esa arquitectura de la nada, 
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro. 
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo, 
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese 
pelo lacio, esa sonrisa. 
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino 
es también la luna y el espejo, 
busco esa línea que hace temblar a un hombre en 
una galería de museo. 
Además te quiero, y hace tiempo y frío. "

Julio Cortázar 
Poema, de Último round

5 de agosto de 2015

OBSESIÓN ESTIVAL


"Hoy
conocí a un genio en el tren
como de seis años de edad;
se sentó a mi lado y,
mientras el tren
corría por la costa,
llegamos al océano.
el niño me miró y me dijo:
el mar no es nada bonito.

fue la primera vez
que me di cuenta
de ello."


Charles Bukowski 
Conocí a un genio




Eduardo Estéllez




Me atraen las vías del tren. El dibujo del tiempo en la madera que las une, ese punto del horizonte donde las paralelas se juntan, verlo pasar de cerca y su estallido. Voy a verlo con frecuencia. No sé muy bien porqué, quizá por el hecho de saber que en el infinito están conectadas a tu estación o por esa fascinación que me produce el imposible equilibrio entre el movimiento lleno de vida de tanto hierro y la quietud de sus raíles y travesaños. Se acerca el tren a lo lejos y tengo la impresión de que permanece parado. Aparenta un improbable: silencio y quietud. Después, desde un punto impreciso, quizá desde la curva donde están los restos de la fábrica de cemento o desde el tercer nido de cigüeñas, se hace evidente que empieza a tomar velocidad, más y más y más, hasta que explota en un estruendo terrible que apenas dura un instante. Se ha ido, cuando quieres darte cuenta se ha ido para siempre, sin tiempo para los detalles. Sólo queda el viento y quizá la vaga impresión de haber visto a algún viajero. Tengo que esperar al siguiente.

Algo similar me sucede con las vacaciones. En un principio parece que no van a llegar nunca, meses y meses lejos, detenidas. Hoy, sin embargo, se precipitan a una velocidad que escapa a mi control. Como casi no puedo recordar las de otros años, acaso hechos puntuales, temo que en un instante estas hayan escapado de nuevo sin remisión al purgatorio de las imprecisiones.

Así, como con tantas otras cosas, me desenvuelvo cada día con dificultad entre la quietud de los acontecimientos y su arrolladora velocidad, entre la precisión milimétrica de cada detalle y la vaga impresión de lo que no alcanzo a ver. Entre el significado y sus acepciones, entre las medias verdades y las medias mentiras. Construyo una ensoñación cada día y una realidad cada noche. En esa imprecisa línea de tiempo creo sobrevivir y desde ella reconocerme, reconocerte y hablarte. 

Pronto iremos de vacaciones o, quizá, no me di cuenta, ya hayamos regresado:



Bajo una hoja seca de alcornoque, junto a la carretera, en el camino por donde paseamos juntos el pasado domingo, encontré un minúsculo escarabajo verde claro de cuerpo inmóvil y antenas nerviosas que producían en el aire una nota lejana, apenas audible, en la que creí identificar distintas escalas de un do mayor. Levanté la cabeza y sentí el viento frío en la cara y el incremento progresivo de su volumen. Después me pareció escuchar el susurro de tu nombre en una voz extraña. Quise mirar pero no pude.

Sin una causa aparente, en un momento de distracción, intuí que debía de tomar una decisión y que lo mejor era volver. Me arropé dándome la vuelta y volví a dejarme llevar de regreso por ese camino que se antojaba cálido y dulce. 

Enseguida vi el techo ocupado por las golondrinas. Esas que te asustan. A través de uno de los poros de la mosquitera blanca franqueé la puerta entreabierta y me colé hasta la cocina. Estabas fumando distraída frente a la taza de café caliente, delante de esa luz limpia del este que tanto inunda tus mañanas; con la otra mano entretenías tu mirada en el móvil mientras el humo de ambos se unía en el aire humedeciendo la ceniza con el aroma de tu pelo negro y mojado. Todo el espacio de contraluz que alcanzaba mi mirada se llenaba de dibujos y sombras cambiantes que iban creciendo hasta transformarse en una nube gris desdibujando tu contorno. En ese momento levantaste la cabeza como si yo hubiera hecho algún ruido, miraste sin verme y yo pude ver tus ojos.

Los primeros rayos de sol me despertaron y la cálida placidez de acabar de verte me hizo sonreír. Al instante fui al papel para dejar constancia de mi sueño antes de que se esfumara de la memoria. Así podría contártelo hoy. Así.



Hoy hemos hecho las maletas como si no fuéramos a volver y nos miramos tímidos, ilusionados, despacio, porque no queremos que este tren pase de largo rápidamente sin que antes cada nuevo instante haya quedado atrapado entre estas vías que conectan nuestros sueños. Mañana, desharemos las maletas como si ya hubiéramos vuelto.





Ruben Velez




"No, no es la solución 
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy 
ni apurar el arsénico de Madame Bovary 
ni aguardar en los páramos de Ávila la visita 
del ángel con venablo 
antes de liarse el manto a la cabeza 
y comenzar a actuar. 

Ni concluir las leyes geométricas, contando 
las vigas de la celda de castigo 
como lo hizo Sor Juana. No es la solución 
escribir, mientras llegan las visitas, 
en la sala de estar de la familia Austen 
ni encerrarse en el ático 
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra 
y soñar, con la Biblia de los Dickinson, 
debajo de una almohada de soltera. 

Debe haber otro modo que no se llame Safo 
ni Mesalina ni María Egipciaca 
ni Magdalena ni Clemencia Isaura. 

Otro modo de ser humano y libre. 

Otro modo de ser."


Rosario Castellanos 
Meditación en el umbral





¡ Felices vacaciones !

3 de junio de 2015

SEQUOIA DE TURMALINA NEGRA





“El cielo está también en el río; cuando una nube cruza
sobre la luna la veo pasar en el agua “ 



El libro de jade 
Judith Gautier


"No hay peor
infierno
que
recordar
vívidamente
un beso
que nunca ocurrió." 


Richard Brautigan







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En este punto, quisiera reparar en un hecho que considero oportuno.



Como sabes, algunos acontecimientos trascurren como una partitura musical, elementos medidos y atrapados en un pentagrama para ser interpretados, otros son realmente música, con mayúsculas. Por fortuna he vivido algunos de estos y los recuerdo irrepetibles y fugaces, como si surgiendo y desapareciendo casi al instante dejaran un rastro intangible de efímera seducción. No hay en esta revelación estética un lugar para el realismo o para cualquier otra realidad distinta a aquella que intuyo fue reservada a los dioses, su propia esencia. La primera infancia quizá, o aquella dimensión íntima y atemporal de las conciencias libres. 

Fue el dieciocho de mayo. Sobre el escenario se elevaba una inmensa columna negra, esbelta y luminosa, que empequeñecía la figura situada sobre la tarima, la de Vladimir Ashkenazy que ya esperaba mientras convocaba el silencio de la sala. Desde arriba hasta abajo, como una cascada, como un tronco, caía brillante y limpio su cabello fundiéndose, antes de llegar al suelo y sin límites claros, con el negro vestido de raíces ocultas. Era una sequoia gigante de brillante turmalina negra. Un tótem seductor e hipnótico. Sólo una fina línea blanca escapaba a la oscuridad uniforme y a la quietud cimbreante de ese fondo oscuro, el brazo que sujetaba el arco y que como una serpiente en el agua, como un ala sin plumas, se movía intentando mantener un vuelo imposible sobre el cielo de un Olimpo reservado a Sibelius. Hablo de la violinista Akiko Suwanai. Después el sonido. Pero para ello no tengo palabras.






En otra ocasión ordenaba fotografías antiguas cuando encontré una de Tortuguero. Era una cascada en alguno de sus ríos salvajes y bajo el agua sonreíamos felices, tú y yo, con una cortina de brillos en la cara, como si buceásemos en un mar de sol atrapado en papel de celofán. Por unos segundos quedé ensimismado con el deteriorado color de la imagen pero luego me deslicé, inconscientemente, a través de su profundidad. En un determinado momento, en un preciso instante que no recuerdo, empecé a sentir por la espalda y la cabeza el peso frío del agua y la dificultad para respirar y abrir los ojos y la ropa se me empezó a empapar mientras oía su estruendo chocar escandalosamente contra nuestras sonrisas. Me agarrabas de la mano con tanta fuerza que tu emoción surgía locuaz trascendiendo aquel instante a través de un tiempo, hoy lo sé, que volvería a mi mano otras muchas veces, como ahora. Y recordé todas aquellas innumerables veces en que había recordado la fuerza de tu mano en la mía.

Para mí, para cuantos como yo somos capaces de viajar a través de dimensiones inverosímiles, el concepto de realidad es mucho menos evidente de lo comúnmente aceptado y mucho más apasionante. 

Por eso, precisamente, podría haber empezado hoy diciéndote que acabo de llegar de Costa Rica otra vez y que me ha encantado bañarme en la cascada del Arenal, aquella en la que debimos de estar juntos entonces, que el agua estaba aún más fría, que el tono timbrado de tu sonrisa se mantiene intacto y que esta vez no me has arañado al resbalar sobre el musgo, tengo la fotografía que lo demuestra, la ropa empapada con tu abrazo de despedida marcado en la espalda y la nariz quemada por el sol. Y lo hago, te lo digo de nuevo, aunque todos insistan en que te fuiste para siempre hace tiempo, porque ellos en su limitada ensoñación de realidad ignoran cualquier cosa que no esté al alcance de sus manos.






La realidad, al fin, está en el interior. Como la locura que duerme, como la sequoia negra de turmalina. Aquel pelo negro y brillante cayendo en cascada desde una altura inalcanzable hasta tu sonrisa y la mía. Empapándonos de agua hasta la emoción y llenando de música nuestras manos desde el Stradivarius en las ramas del árbol de Akiko. En aquel tiempo tú no habías nacido aún, o no eras tú. Hoy es tu cumpleaños. 

Muchas Felicidades.

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" Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy. La punta del lápiz el trazo. Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la espalda magia: es allí a donde voy. En la punta del pie el salto. Parece historia de alguien que fue y no volvió: es allí a donde voy. ¿ O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Te espero. Es allí a donde voy. 

Clarice Lispector 
Es allí a donde voy, de Silencio










21 de abril de 2015

INVISIBILIDADES


"Incluso, en las heladas aguas del mercado, los náufragos son más numerosos que los que disfrutan de la travesía."
Eduardo Galeano
(Uruguay, 1940-2015)
Hacia una sociedad de la incomunicación (fragmento)























"Es tarde de primavera, me asomo por la ventana de nuevo y nada me parece distinto de otras anteriores. Un sol presumido, con su cielo y sus nubes rasgadas, las plantas con nuevas hojas, el frescor de la sombra, semillas impertinentes por todas partes y un olor agradable, como a ropa limpia o a mujer recién duchada, que invita a respirar profundo cerrando los ojos.








He sabido que en esta primavera se han perdido muchas vidas en un mar que no entiende de esperanzas, no da segundas oportunidades y tiene un nombre que habla de las tierras que separa, como si el imposible afán de todas esas vidas hubiese sido volver a unirlas.







También he sabido de un miserable mundo de corrupción, una trama que, uniendo a responsables políticos cargados de legitimidad democrática y a banqueros vestidos de elegantes financiadores del bienestar común, se extiende por todas partes, más allá de lo imaginable, creando un paisaje de negritud inasumible para una justicia a todas luces inválida.








Los medios que siempre se han encargado de comunicar, los que han conseguido con su omnipresencia dibujar una realidad creíble, parecen insistir en ser ajenos a la gravedad de cuanto sucede. Como si la inercia de sus rutinarias deslealtades no les permitiera detenerse el tiempo necesario para bajar la bandera y dejar el asta vacía hasta que el vértigo del dolor deje paso al necesario duelo. 








Hay otras muchas cosas terribles, pero no quiero seguir.








Nada de todo esto se aprecia en el horizonte que ahora tengo ante mis ojos.








No puedo callar. Estas tímidas y prescindibles letras escapan de una profunda frustración e intentan ser un mensaje de reconocimiento al deseo urgente de otra vida, de otro mundo, de otro orden de cosas. Donde todos los muertos valgan lo mismo, donde no se cambie crimen por saqueo, donde no haya esclavitud y donde nadie se crea superior o mejor que nadie. En fin.








Me estoy haciendo mayor y es primavera. Ambas cosas lo justifican. Eso quiero creer."




 
 





Las fotografías las tomé prestadas de aquí.

23 de marzo de 2015

DESTIEMPO CON LLUVIA








Ahora ya sé que no vendrás, pues marzo
pasea su vacilante noche por las plazas, 

y la ropa puesta a secar es toda negra, 
y una campana agujerea las horas. 
Ahora ya sé que no vendrás 
a sorprender el aire con flores de granado,
ni a soltar los azules enjambres de la luna.

Me duelen de esperarte el balcón y los ojos;
pero tú estás más lejos cada día,
más hecho a cada instante de música y recuerdo.
De esperarte, no sé ya quien eres:
un hombro, el hombro y la mano imposible,
los labios donde todo empieza y se concluye...

Te busco en los días lluviosos
por debajo de los paraguas,
apoyado en la pared bajo las marquesinas
de las tiendas de modas.
Te busco en las terrazas de los bares,
agotado y de vuelta,
con una sonrisa minúscula al acecho.
Te busco, con la piel y con la boca,
en las paradas de los autobuses
y en las salas de fiesta
por si, equivocadamente y a deshora, pasaste.
Te busco y estoy solo -solo, solo-
cuando la tarde abate sus alisos
y libera las solemnes palomas cenicientas,
frente al Convento de las Mercedarias,
cerca de los agrios tejados y de las chimeneas,
cerca de las veletas y la pena
trasnochadora. Te busco y estoy solo
cuando la primavera, de puntillas,
se yergue como una écuyére por las barandas,
y en el insomne pinsapo de la noche
naufragan los calientes y secretos navíos.

Te espero, pero ya no te espero,
entre Madrid desnudo y las calles desnudas.
Con el amor desnudo, estoy sin ti y te espero,
pero ya no te espero...
Cierro los ojos y te reconozco;
cierro la voz y está gimiendo;
cierro mi corazón, y siento que me mata
la enfermedad mortal de la esperanza
de la que no me acabo de morir.










El poema es de Antonio Gala
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