3 de noviembre de 2019

TRES






1


Bajo una pequeña estrella

Que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad.
Que me disculpe la necesidad, si a pesar de ello me equivoco.
Que no se enoje la felicidad por considerarla mía.
Que me olviden los muertos que apenas si brillan en la memoria.
Que me disculpe el tiempo por el mucho mundo pasado por alto a cada segundo.
Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo el primero.
Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa.
Perdonadme, heridas abiertas, por pincharme en el dedo.
Que me disculpen los que claman desde el abismo el disco de un minué.
Que me disculpe la gente en las estaciones por el sueño a las cinco de la mañana.
Perdóname, esperanza acosada, por reírme a veces.
Perdonadme, desiertos, por no correr con una cuchara de agua.
Y tú, gavilán, hace años el mismo, en esta misma jaula,
inmóvil mirando fijamente el mismo punto siempre,
absuélveme, aunque fueras un ave disecada.
Que me disculpe el árbol talado por las cuatro patas de la mesa.
Que me disculpen las grandes preguntas por las pequeñas respuestas.
Verdad, no me prestes demasiada atención.
Solemnidad, sé magnánima conmigo.
Soporta, misterio de la existencia, que arranque hilos de tu cola.
No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.
Que me perdone todo por no poder estar en todas partes.
Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos, cada una de ellas.
Sé que mientras viva nada me justifica porque yo misma me lo impido.
Habla, no me tomes a mal que tome prestadas palabras patéticas y que me esfuerce
después para que parezcan ligeras.

Wislawa Szymborska (Polonia, 1923)
Premio Nobel de Literatura 1996

Versión en español de Abel.A. Murcia



2



Una carta de amor

Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo
porque en el fondo es todo,

como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía,

todo eso es tan poco,
yo lo quiero de vos porque te quiero.

Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,

y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de la libertad.

Julio Cortázar



3


Concatenación

"Es un tiempo de sosiego otoñal y elijo recordar junto a una taza de café muy caliente; al instante su sabor me evoca la complicidad casi clandestina de un cigarrillo en compañía; encenderlo, a unas manos intentando proteger la llama del viento; veo aquellos dibujos evanescentes del humo en el aire al soplar la cerilla; como un olvido fugitivo lento e inevitable; y ello a ti. Tú, como las olas, volviendo incansable y tenaz a mi mente obsesiva y líquida; al brillo del agua negra donde se desdibuja mi cara, final del pozo de una pesadilla a contraluz; el vértigo inquietante de un desafío inconcluso al fin. Pero es tras la ventana donde elucubra el otoño, yo solo observo."



...

21 de octubre de 2019

NEUROPLASTICIDAD Y NACIONALISMO



"El señor K. no consideraba necesario vivir en un país determinado. Decía:
-En cualquier parte puedo morirme de hambre.
Pero un día en que pasaba por una ciudad ocupada por el enemigo del país en que vivía, se topó con un oficial del enemigo, que le obligó a bajar de la acera. Tras hacer lo que se le ordenaba, el señor K. se dio cuenta de que estaba furioso con aquel hombre, y no sólo con aquel hombre, sino que lo estaba mucho más con el país al que pertenecía aquel hombre, hasta el punto que deseaba que un terremoto lo borrase de las superficie de la tierra. "¿Por qué razón -se preguntó el señor K.- me convertí por un instante en un nacionalista? Porque me topé con un nacionalista. Por eso es preciso extirpar la estupidez, pues vuelve estúpidos a quienes se cruzan con ella. "

Bertolt Brecht
Historias del señor Keuner (fragmento)







"
OTOÑO-2019

Posdata: 
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que a los jóvenes no se les presentaba otra oportunidad para salir de su entorno y poder “conocer mundo” que la de ir a “hacer la mili”. Así, con el transcurso de los años, se fue generando toda una liturgia tribal del paso de la adolescencia a la madurez ligada a ese acontecimiento. Por esa razón hablar de tal o cual experiencia de la mili de forma recurrente era un tópico casi recalcitrante en muchos varones, un referente impactante, habitualmente el primero y en muchas ocasiones el único, de sus vidas.
De manera similar, en los comienzos monocromos del cine acudir a ver una película era una experiencia extremadamente seductora por cuanto permitía observar el mundo, por primera vez, a través del ojo de una cerradura por la que visibilizar los secretos y vicisitudes de otras vidas apenas sospechadas y siempre fascinadoras. Identificarse con los protagonistas del celuloide analógico era inevitable. Así, el espectáculo de aquellos acontecimientos iba transformando la forma de entender el mundo y la realidad, las expectativas del vivir y los pensamientos. Más aún, ciertos mensajes que circulaban de forma subliminal calaban en el subconsciente sin posibilidad de ser cuestionados. En la vida real nuestro desempeño se corresponde habitualmente con el de actor secundario, papel que nos somete a disciplinas ajenas e intereses ocultos, pero los nuevos sueños que surgían de aquellas experiencias empezaron a otorgarnos el papel de protagonistas, de coroneles, de galanes o princesas. Los guiones más o menos artificiales y sus diálogos, la disciplina militar disfrazada de autoridad, la apariencia idílica de tal o cual situación inverosímil, la competencia por el papel de protagonista y la deshumanización del individuo a favor del argumento, empezaron a ser pilares fundamentales de una forma de vida tan ligada a las películas como a las modas cambiantes que ellas imponían. ¿Cuando se traspasó el límite entre crecer, madurar y el de ser sometidos a la dictadura de la manipulación?
La plasticidad de nuestro cerebro es una cualidad evolutiva indiscutible y una característica apenas estudiada. Que los pensamientos puedan modificar las estructuras neuronales tal y como pueden hacerlo las vivencias mismas, hasta el extremo de que ambas se confundan, es una herramienta muy útil en manos de la voluntad, propia o ajena. El mecanismo de tal proceso es sencillo: primero se crea o se atiende a una necesidad básica -su carga emocional debe ser o hacerse patente- y dirigida a ella se generan pensamientos deliberadamente estructurados y dirigidos al cambio, luego se emiten mensajes que abunden en ello con suficiente frecuencia e intensidad y se acompañan de todo un conjunto de merchandising que sirvan de refuerzo para el objetivo marcado. Ejemplos hay muchos. El más antiguo y elaborado quizá sea el de las iglesias y sus dioses: el infierno y el cielo, el bien y el mal, el castigo y el premio, la sumisión sin cuestionamiento, la liturgia periódica y frecuente, crucifijos y rosarios, la oración repetida hasta la saciedad y la entrega total, la fe. El ejemplo más simple es el de la publicidad: color, belleza, alegría, música, felicidad, repetición, y el producto que hay que comprar para alcanzar todo ello. El ejemplo más trascendente, el que ha sido capaz de dar categoría de inevitable, normal y justa a un tipo de esclavitud, como es el que consiste en someter el bienestar, la dignidad e incluso la vida misma de los pueblos al interés de las economías y clasificar a las personas en función de sus recursos materiales, sus orígenes, su utilidad o su capacidad de consumo. Y, por último, el ejemplo más cercano y actual, este que llamamos "nacionalismo". 
Cambiar nuestro cerebro, sus sinapsis y anatomía, modificando la realidad en función de oscuros intereses ajenos, haciéndonos creer lo imposible, es un arte en manos del poder e incluye casi invariablemente la manipulación del tiempo y del lenguaje, del significado de las palabras y los valores, del hilo argumental de la vida y de la esencia de todo aquello que nos define y nos permite reconocernos como humanos, violando los cimientos éticos básicos sobre los que ser y convivir de forma y manera compatible con la naturaleza misma.
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12 de octubre de 2019

CUCURRUCUCÚ OTOÑAL






Entro en el local, me dirijo a la barra y me siento a su lado, aunque aún yo no lo sé. Alto, con el pelo largo, muchas arrugas y una cicatriz en el labio inferior que se pierde en una perilla blanca. De pronto, sin mediar palabra, me dice, literalmente, que cuando se acercaba con sus ojos lo suficiente a cualquier punto de su piel surgía siempre un pentagrama inalcanzable en el horizonte de sus curvas. Le miro confundido, continúa. Que jugaba entonces a acercar la mano para interpretar su melodía, primero lento, luego rápido, intentando pillar desprevenidas a las notas, los silencios, los compases, pero que sus dedos siempre acababan naufragando en la clave de sol… de la soledad de ella. Me lo dice gesticulando y como si nos conociésemos de toda la vida cuando llevamos apenas escasos minutos al lado uno del otro, en la misma esquina de la barra, sin mirarnos a los ojos siquiera. Levanta el vaso, bebe, y lo deja bruscamente confundiéndose el sonido grave contra la madera con el agudo repiqueteo de los hielos en el interior y con su silencio ronco y espeso. No hay mucha gente en el local. Ha conseguido llamar mi atención y lo miro como quien mira a un niño que llora, sin comprender, y él continúa con este monólogo de bar, del que soy el único espectador, como si mi papel fuese al mismo tiempo esencial y prescindible. No creo que esté borracho. Levanta ahora el vaso y su mirada a la vez y los dirige hacia mí sin mirarme, con gesto de complicidad, como queriendo hablarle a otro que no soy yo. Una noche de luna llena -me dice- mientras le susurraba al oído un poema que le había escrito, observé que el aire que salía de mi boca volvía hasta mis labios cada vez más y más caliente y perfumado, tanto que llegó a quemarme el paladar con el sabor dulce de su hechizo. Y se llevaba las manos a la garganta como si le doliese. Ella -continuaba- había nacido para estar sola y se dedicaba a dar compañía, por eso su voz sonaba a melodía de saxo en una de esas noches grises de jazz que te inundan de melancolía. En ese momento, con mucho disimulo, intenté abrir mi móvil para grabar aquello que me estaba empezando a parecer increíble y al levantar la cabeza me encontré de repente con sus ojos fijos en mí y me asusté. ¿Tú la conocías, verdad?, me preguntó, y apenas pude articular un tímido y escueto no. Sin embargo, comprendí enseguida que su pregunta no requería respuesta alguna. Sí, claro, todo el mundo la conocía, y levantando la mano hizo un gesto al camarero para que llenara su vaso de nuevo a lo que este respondió señalándole el otro extremo de la sala. Entonces, sin decir nada, se puso en pie, giró lentamente a su izquierda, se colocó su sombrero, se agachó para coger el saxofón y se dirigió a la tarima donde ya le esperaban. El camarero, que se había dado cuenta de la escena, me miró con cierta condescendencia e inclinándose hacia mí me susurró que ella fue su amante, que se llamaba Rebeca, trabajaba allí, murió de una sobredosis y él todavía la espera, así, como quien pone punto final a un dilema con el filo de un bisturí usado. Mientras, a través del murmullo, empezaba a oírse la música al fondo y algunas lágrimas parecían querer asomar a mis ojos. El saxo casi siempre me emociona.
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24 de agosto de 2019

FONDOS DE ARENA Y SOMBRAS







“Miras por la ventana y apenas adivinas la realidad que se oculta bajo la superficie de ese estático oleaje de tejados y azoteas. Observas unos ojos e intuyes un mundo de profundidades y corrientes inaccesibles tras el agua cristalina de la mirada. Un mar de fondo acuna inadvertidamente a los cardúmenes que buscan en la estación o en el aeropuerto su destino común bajo el acecho de algunos tiburones... No me cabe duda, para explorar los océanos resulta imprescindible dominar todas las técnicas del buceo.” 

(Obstinación y melancolía.)







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Este verano hago algunas inmersiones en un océano con paisaje volcánico. Arrecifes, rocas, cuevas, arena, corrientes… El ordenador se ocupa de casi todo: la profundidad, el tiempo, la temperatura, la reserva de oxígeno y me avisa si asciendo muy rápido o si he de realizar alguna parada de seguridad antes de subir a la superficie. Yo solo he de vivir el momento presente, respirar sereno, disfrutar el placer de la ingravidez y el silencio, la belleza de una luz y una naturaleza sobrecogedoras, dejarme llevar por la corriente, ser acunado por el mar de fondo, olvidar… y soñar. 


Máximo es mi efímero compañero de buceo de hoy, aparenta 70 años e insiste en el hecho de ser florentino antes que italiano. Quiere que nos tuteemos en el idioma que hemos inventado. Cuando le comento que he venido para conocer el coral negro y me ha sorprendido su color verde claro, él me asegura que en su país hay un coral blanco que en realidad es marrón oscuro. Marco, nuestro divemaster francés, asiente con la cabeza. La indiferencia del océano en cuestiones cromáticas es asombrosa y equiparable a la del tiempo respecto de él mismo y creo que, de alguna manera, ambos -segundos y olas- podrían tutearse como distintas manifestaciones de un mismo acontecimiento. 


Reparo ante la inmensidad del azul y su belleza y lo supongo carente de cualquier tipo de urgencia. Que su espuma acaricie la roca deshaciéndola, lenta e inadvertidamente, para depositarla en el fondo en forma de arena se me antoja una metáfora de la vida misma. Sin prisa. A veces, pienso, lo que nos erosiona aparenta ser tan insignificante que no alcanzamos a comprender ni dónde radica su fuerza ni dónde nuestra vulnerabilidad. 


Os cuento todo esto mientras ceno en el magnífico Golden Gate, en Funchal -al lado del Palacio de San Lorenzo y frente al Banco De Portugal y la estatua de João Gonçalves Zarco-, un pez espada con banana y maracuyá, especialidad aquí en Madeira, delicioso. Los buceadores estamos condenados a viajar casi siempre solos en busca de experiencias que se encuentran bajo el nivel del mar pero sin tener que renunciar a los placeres de la superficie, por supuesto. Hace tiempo me acompañaba una persona que ha crecido lo suficiente como para estar esperando un hijo en otra vida, que no es la mía. Esta mañana, en la segunda inmersión, me he detenido en el fondo frente a una foca de casi tres metros que dormía en la arena y he permanecido inmóvil hasta que despertó y subió a la superficie a respirar. Hablé con ella de nuevo insistiéndole en lo emocionante del momento, como antaño ante los tiburones, aun sabiendo que no estaba, aun sabiendo que estará siempre. Cosas del corazón. Ahora, en la mesa, mientras ceno, rememoro a todas aquellas otras personas con quienes viajé en el pasado compartiendo mesa e ilusiones. Pero el único que me escucha en silencio está en el plato y me lo estoy comiendo. Quizá la vida sea eso también. 


Recuerdo un viaje a las cataratas del Niágara. Creo que ella tenía ocho años. Frente al torrente de agua, en todo su estruendo, yo le insistía en lo increíble que me parecía mientras ella tiraba de mi mano reclamando mi atención sobre la belleza de un perro callejero. En este agosto me encuentro en un lugar paradisiaco: sol, mar, belleza, horizonte, silencio,... ajeno a todo cuanto me rodea, tumbado con los ojos cerrados, disfruto en la soledad de mi habitación del placer de la distancia, siento su mano y entiendo a la hija de entonces. Tarde. 


Recapitulo pues, inevitable y dolorosamente, sobre todas las cosas importantes que no he comprendido mientras las vivía y decido, como Sylvia Plath, que yo tampoco volveré a hablar con dios nunca más. Pero a diferencia de ella no porque haya fracasado en un intento por suplantarlo; ¿mi razón?, el dolor que me provocan las innumerables ausencias, la mía incluida, que rebosan de mi caja de sombras y cuyo causante no puede ser otro sino él mismo. Si, al menos, dios existiera, todo este desatino tendría algún sentido. Si, al menos, pudiera expresar mi desconsuelo por tanta torpeza con la fuerza de Pablo de Rokha,... “Girando y girando sobre mi caparazón como un loco incapaz de detenerse en su celda, caracola menguante a cada vuelta, en la ilusión de que la espiral contiene un punto final infranqueable. Un átomo o un universo, qué más da. Allí, quizá, la esperanza en el reencuentro o en otra oportunidad. Lo reconocible me abandona, pierde la nitidez o adquiere la cualidad del delirio dejando a su paso la sombra de lo inexistente, lo inútil, lo innecesario o lo hueco. No me escuches, conciencia, déjate llevar por la embriaguez y cede al olvido. Déjate morir de odio e impotencia, duerme para poder despertar de nuevo: 


Ya no habito el sueño de nadie, 
Ninguna música evoca mi recuerdo, 
Temo que llegado el momento 
La muerte olvide buscarme. 

Mientras, en este rincón 
Donde escondo mi anonimato, 
Pienso con certeza 
Que ya nunca se pronunciará mi nombre. 

Juego a ser feliz 
Sin molestar a nadie 
Doblegándome 
Al tiempo y a las olas. 

Sin prisa.” 

"


Carpe diem





"¡No me hieras! -clamó una ola a otra- 
¿Por qué siempre me zahieres? 
Déjame en paz. 

Yo a nadie ofusco 
pero soy arrastrada. 
El mar nos colma y 
toda rebeldía es inútil. "

Juhan Liiv 
(Olas)



14 de julio de 2019

ESCAPAR DEL LABERINTO





“Cierro los ojos y todo el mundo cae muerto. 

Levanto los párpados y todo nace de nuevo. 
(Creo que te inventé dentro de mi cabeza).

Sylvia Plath











Un mundo exterior y otro interior, cada uno con su propio laberinto, y el que se origina entre ambos. Puedes huir del uno al otro para ocultarte y en cualquiera de los dos quedar atrapado para siempre, salvo que, volviéndose todos ellos inhabitables, elijas escapar. Me detengo por un momento en esta idea, equilibrio imposible que arrastra la voluntad de vivir por el camino sin retorno de la última desesperanza. Especialmente cuando la poesía es la protagonista. 

Hacía zapping y una guapa, elegante y distinguida economista era entrevistada a las puertas de la bolsa de valores de Wall Street. Con voz seductora y total aplomo decía que si la inmensa mayoría de la población mundial no está en la miseria es gracias a los emprendedores que mueven el mundo, como ella. Estuve a punto de creérmelo, la belleza me aturde. Casi al mismo tiempo, en otro canal, destacados gurús de la economía y la política celebraban, como si les hubiera tocado la lotería, la caída de un gobierno que había fracasado en su empeño por hacer realidad un cambio de paradigma improbable: Grecia. El cerebro derecho, me dije, ese lugar que maneja un idealizado concepto del Estado al servicio del hombre, parece no entender el inmenso poder de los números que mandan hoy en día, porque cualquier pretensión ajena a su inercia choca con una realidad intolerante. Es evidente que la destrucción de la capa de ozono de la dignidad propiciada por ciertas formas de economía no nos afecta a todos por igual. Unos, como yo, nos iremos de vacaciones algunos días en la breve ensoñación de libertad que nos permite lo que hemos podido ahorrar durante todo el año, algunos, los menos, ya viven en permanente estado vacacional sin percatarse de ello y otros, los más, ni siquiera han oído hablar de que tal cosa exista ocupados como están en sobrevivir. Vuelvo a caer en la misma espiral de siempre, un remake muy cansino, ya lo sé, es el efecto que provoca la mezcla de impotencia y escepticismo con el que somos sedados para poder conciliar el sueño cada noche. Otra opción, muy utilizada para la supervivencia emocional, es acudir a la protección divina, un tipo de bálsamo connivente con las corporaciones y que alivia el dolor ocultándolo en un universo paralelo. Tiene mucho predicamento pero no me va, sinceramente. Por último, también se puede escapar de tan asfixiante despropósito de una forma más drástica y definitiva a través del suicidio, es esta una reacción química compleja que no aconsejo, ni descarto. Las leyes que rigen la física y la química del universo me resultan tan respetables como, en gran medida, desconocidas. Hoy quiero recordar a algunas mujeres que se decidieron por él. 

La primera que me viene a la cabeza es Sylvia Plath.

Siempre la imagino enojada, manifestando su decisión de no volver a hablar con dios al saber la muerte de su padre -".../Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti; Al menos cuando la primavera llega ruge nuevamente. Cierro los ojos y el mundo muere./...". El alma poética destila sutiles aromas para perseverar en una esencia de la realidad inalcanzable para mí pero que me seduce irremediablemente. Por otro lado, no puedo aceptar la impunidad de ese dios que nos lanza a la caja de las sombras, ni creo humanamente aceptable justificarlo con simplistas argumentaciones sacerdotales. Aclaro, para quien ya me conozca, que no me contradigo, considero mi agnosticismo como una manera amable de ejercer la libertad a la hora de perder el tiempo, así me puedo permitir elucubrar si me place sobre cualquier asunto por absurdo e inverosímil que sea. Cuando al fin descubrimos que Sylvia sufrió una enfermedad maníaco depresiva, que tomaba psicofármacos y que su suicidio aconteció al poco de su divorcio caemos en la tentadora inercia de catalogar tal final como de fracaso personal. El gas puso fin a su vida. A pesar de todo, yo discrepo de tal interpretación. 

Sobre la transgresora Alfonsina Storni 


-.../Tengo sueño mujeres, tengo un sueño profundo. Oh, humanos, en puntillas el paso deslizad; mi corazón susurra: me haga silencio el mundo, y mi alma musita fatigada: ¡callad!.../- se ha escrito y cantado tanto que la realidad se desdibuja entre lo verosímil y la leyenda. En mi desautorizada opinión, dos cuestiones salvan a tan idolatrado personaje de las posibles contradicciones, dos acontecimientos irrefutables, esenciales y leales a sí mismos: sus poemas y su adiós. Un ser apasionado que prioriza la estética serena de su final merece mi admiración. Venero al mar y la determinación de adentrarse entre las olas representa, en mi opinión, la esperanza última en una metamorfosis del regreso al origen para poder renacer. Pero no, no os animo al suicidio. Bien distinto es, a pesar de la similitud, arriesgarse a morir ahogado en el mar o en el océano para alcanzar un espejismo de supervivencia. Este es un tipo de suicidio sobrevenido y provocado por otros, aunque ahora pienso que de alguna manera quizá todos lo sean. 

Sobre Adeline [Virginia Woolf],


 -El sol no había nacido todavía. Hubiera sido imposible distinguir el mar del cielo, excepto por los mil pliegues ligeros de las ondas que le hacían semejarse a una tela arrugada. Poco a poco, a medida que una palidez se extendía por el cielo, una franja sombría separó en el horizonte al cielo del mar, y la inmensa tela gris se rayó con grandes líneas que se movían debajo de su superficie, siguiéndose una a otra persiguiéndose en un ritmo sin fin.- su bipolaridad y atormentada vida, en una época tan convulsa, tengo poco que añadir. Baste leer sobre su vida para compartir, aunque sea mínimamente, algo de esa profunda depresión que le condujo al río Ouse. Suicidarse en un río no es equiparable a hacerlo en el mar, por supuesto: las olas, el horizonte y sus luces, el olor y el sonido, la sal que arrastra el viento hasta la boca, sin calles ni puentes, la desnudez y la ausencia, la posibilidad de adentrarse lentamente, acaso sin más violencia que la espuma. No obstante, arrojarse desde un puente habiendo llenado previamente sus bolsillos con piedras pone de manifiesto la sinergia entre una gran desesperación y un fuerte carácter. Se lo reconozco, pero me parece que nada tiene que ver con el afán de renacer de Alfonsina o el de reivindicar la propia deidad de Sylvia, el suicidio de Virginia es pura huida a ninguna parte. Como el dormir, como el rezar. 

Clavarse un cuchillo y tirarse al Rin como Karoline von Günderrode


-Ay, amigo, la tarde veo enrojecer más hondo en el Oeste, con una sonrisa sería, irse apagando con triste sonrisa; Oh, debo entonces preguntar por qué se vuelve todo turbio y oscuro. Pero guarda silencio y llora en mí burbujas de rocío.-, dispararse un tiro en el corazón en el reclinatorio de la catedral de Notre Dame como Antonieta Rivas Mercado


-Crueldad azul de las montañas frías –recorte perenne de su pasmo fijo de su goce o dolor, pureza pura –montañas en perfil, dimensión única –espinas del recuerdo prisionera –casco diáfano del horizonte mío –el cielo impenetrable, penetrado -¿es mi alma el filo de vuestro perfil, perfil del horizonte?...-, tomar una sobredosis de morfina como María Polydouri 


- Sólo porque me tuviste entre tus brazos una noche, y me besaste en la boca, sólo por eso soy hermosa igual que un lirio abierto y aún guarda el alma aquel escalofrío, sólo porque me tuviste entre tus brazos.-, el alcoholismo y el tiro en la cabeza de Violeta Parra


-Maldigo del alto cielo la estrella con su reflejo, maldigo los azulejos destellos del arroyuelo, maldigo del bajo suelo la piedra con su contorno, maldigo el fuego del horno porque mi alma está de luto,...-, ahogarse con el monóxido de su Jaguar rojo como Anne Sexton


-.../Ahora que he escrito tantas palabras, Y dejado tantos amores, para tantos, Y he sido completamente lo que siempre fui – Una mujer de excesos, de celos y codicia, El esfuerzo me parece inútil/....-, el ahorcamiento de Marina Tsvetaeva


- Rainer, quiero encontrarme contigo, quiero dormir junto a ti, adormecerme y dormir. Simplemente dormir. Y nada más. No, algo más: hundir la cabeza en tu hombro izquierdo y abandonar mi mano sobre tu hombro izquierdo, y nada más. No, algo más: aún en el sueño más profundo, saber que eres tú. Y más aún: oír el sonido de tu corazón. Y besarlo. -, la pertinaz Florbela Espanca


que lo consigue al tercer intento - .../¡Quiso Dios hacer de ti la ambrosía De esta pasión extraña, ardiente, increíble! Erguir en mí la antorcha inextinguible, ¡Como un cincel grabando una agonía!/... -, la amiga de Cortázar Alejandra Pizarnik


que optó por los barbitúricos - .../Tú lloras debajo del llanto, tú abres el cofre de tus deseos y eres más rica que la noche. Pero hace tanta soledad que las palabras se suicidan./... -, arrojándose de un octavo piso como Ana Cristina Cesar


- No, la poesía no puede esperar. El velero toca las tierras heladas del extremo sur. Escapo a los aullidos en el coche. Hoy ¿vos sabés de eso? ¿sabés de hoy? ¿Sabés que cuando digo hoy, hablo precisamente de ese extremo ríspido, de este punto que parece el último posible?... -, son otros ejemplos de mujeres poetas que decidieron escapar del laberinto del dolor, la tristeza, la frustración o el desconsuelo. Achacar tales finales a una enfermedad mental, a una sensibilidad especial, a una vida tortuosa, al desamor, etc., es una simpleza impropia de cualquier inteligencia que se precie. El equilibrio del universo interior del espíritu poético es de una fragilidad excepcional y su relación con el mundo exterior se ve condicionada por ello de forma determinante. Elegir el suicidio, y no a la inversa, es un gesto de audacia reservado para valientes. Eso creo. Algo difícil de entender en esta sociedad sometida a la esclavitud de las modas, al consumo y al dinero, adoctrinada por los medios y las religiones y que considera digno aguardar la muerte abandonándose a la inercia de una decrepitud vegetal, rodeada de tubos, seres extraños y medicamentos. Descansen estas poetas en la paz y belleza de sus escritos. 

Es hora de escapar. Disfrutad intensamente del descanso antes de volver a vuestro laberinto. 

Felices vacaciones



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