21 de diciembre de 2019

MIENTRAS LLUEVE


"El placer contiene en sí el germen del dolor, pues produce una posibilidad de conciencia que no sólo destruye su plenitud sino que pone de manifiesto su insuficiencia e introduce una duda que lo socava. Esta conciencia que reflexiona sobre el placer es el origen de la moral y recorrerá un camino penoso: la inminencia de la sanción, el remordimiento, el desconsuelo y el sentimiento de lo irreversible."



Vladimir Jankelevitch
La mala conciencia (fragmento)







Admiro la capacidad de la gente sencilla para desentrañar las claves ocultas de los asuntos más cotidianos; eso que suele plasmarse en los refranes. Bien es cierto que, analizado a fondo, ningún acontecimiento resulta ser realmente tan simple como pudiera parecer en un principio, y que la apariencia de las personas es habitualmente un rasgo poco confiable a la hora de revelar su esencia. Un maestro me decía que la realidad es muy compleja y lo complejo no es manejable, por eso nos vemos obligados a simplificar. Me prevengo pues de la gente que aparenta ser lo que no es, de los mensajes de aspecto inofensivo que surgiendo desde la cotidianidad más tribal contienen una carga inductora tan poderosa como sutil, y de la simplificación excesiva. No suelo conseguirlo.






Un claro ejemplo de lo que intento explicar podría representarlo el señor Kleiber (Max; Zúrich; 1893; botánico y filósofo). Profesor universitario especializado en nutrición y energía quien, con un aspecto de inocente elocuencia, definió una ley que lleva su nombre, que responde a la fórmula:

Y = Y 0 x Mb

y que cumplen desde los hongos y bacterias hasta las sequoias o las ballenas azules. Y, como podréis imaginar, crear una fórmula matemática que cumplan todos los seres vivos no es nada fácil. Lo que viene a decir con ella es que la tasa en que un organismo produce energía para vivir a partir de las calorías consumidas (la tasa metabólica) es proporcional a la masa de su cuerpo elevada a la potencia 3/4, lo que llevaría a una disminución exponencial progresiva. Max llega a esta ley cuando, como es habitual en la ciencia, busca una explicación a lo que observa. Y lo que ve es que los animales y plantas más pequeños tienen vidas más cortas que los más grandes y que consumen proporcionalmente más cantidades de alimentos. Es decir, que cuanto más grande es un animal menos energía por gramo de tejido necesita para mantener su homeostasis. No obstante, se necesita incorporar el factor tiempo para modular dicha observación pues, según transcurre, la masa de los organismos aumenta más de lo que disminuye su capacidad metabólica. Esto me permite presentaros a otro hombre de apariencia sencilla, Margalef (Ramón; Barcelona; 1919), quien estableció un principio que lleva su nombre y que postula que los seres vivos serían cada vez más eficientes para generar estructura con la cada vez más exigua energía que disipan por unidad de masa. (Os dejo un vídeo del investigador Ernesto Prieto Gratacós que puede aportar algo de luz en este asunto).






De esta ley surgen importantes claves a la hora de adaptar la dosificación de fármacos del ratón al hombre, por ejemplo, una cuestión sobresaliente en investigación, o la aplicación de la teoría fractal en el desarrollo de los seres vivos. Pero lo que realmente llamó mi atención, antes de llegar a todo este enredo, fue algo mucho más banal, la coincidencia de dos acontecimientos que suceden casi al unísono. Por un lado descubrir que los latidos del corazón de un ratón, durante su año de vida, son los mismos que los del corazón de un elefante en sus setenta años de existencia. Por otro, haber escuchado en las noticias la expresión “fue asesinado de un tiro en la espalda”. Ya sé que ambas cuestiones aparentan pertenecer a mundos completamente ajenos el uno del otro, pero por alguna razón mi cerebro no opina lo mismo.





Estaba con la radio encendida sin darme cuenta, hasta que escuché: “murió de un disparo por la espalda”. Quedé sobrecogido por la frase pero sin el más mínimo interés por los detalles de la noticia. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral. Me pregunté: cuando la muerte te sorprende por la espalda, ¿también puedes ver pasar toda tu vida ante los ojos en un instante?





El ánimo de los científicos por explicar matemáticamente la vida es incansable. A la ley de Kleiber se le han ido añadiendo otros condicionantes además del tiempo, como la eficiencia o el porcentaje de agua según la edad, para poder entender por qué, dado que la forma de los seres vivos y su evolución responden también a esta ley, un árbol no necesita corazón y un tigre sí. No sé si es adecuado suponer que a la muerte también podría corresponderle una fórmula matemática que la explicase. No lo descarto.





Por supuesto, como ya dije, la realidad es más compleja que todo esto. Tanto es así, que los mismos científicos desconocen cuáles son las matemáticas capaces de postular sus hipótesis más vanguardistas. Mencionaré como ejemplo la que hace referencia a la teoría de cuerdas y sus once dimensiones, siete de ellas inobservables, capaces de permitirnos avanzar a la hora de dar explicación, al menos de eso se trata, a la complejidad que en esencia somos. Y, por supuesto, la fórmula matemática que lo evidencie. Quizá, pienso, los nuevos paradigmas que nos permitan progresar en el futuro desmonten cuantos cimientos han sido y son hasta la fecha básicos en la concepción que tenemos del mundo a los ojos de la ciencia.





Y por qué no, si aquello que nos constituye en lo más infinitamente pequeño se corresponde con estados vibracionales, por qué no traer a colación a la vibración misma en lo que sí es observable. Así, cambiando de tercio, se me antoja que las noticias y la publicidad pertenecerían al mismo tipo de vibración y que sería lógico suponer que una, de características individuales, podría encadenar otras de tipo colectivo, a modo de acontecimiento fractal. Además, el tamaño de la vibración origen sí sería importante aquí, pues cuanto mayor, más fácil resultaría provocar el crecimiento de las vibraciones efecto. El tiempo y la eficiencia también juegan a su favor.





Escuchaba las noticias, repito, como escucho habitualmente los anuncios, sin prestar atención alguna. Como quien soporta inadvertidamente un ruido que solo evidencia su presencia cuando cesa. Pero en un punto se interrumpe tal vibración, es, como ya dije, cuando dicen “un tiro por la espalda”. 





Quiero imaginar la escena a cámara lenta. El individuo camina sumido en sus pensamientos y ajeno a los acontecimientos que pronto acabarán con su vida. De pronto, bruscamente, al ruido ensordecedor de un disparo le sigue una punzada intensa en la espalda y un empuje brusco hacia delante. Detengo la imagen. La expresión de su cara es más de sorpresa que de dolor, aún no ha muerto, aún no es consciente de estar muriendo, aún no ha vuelto al presente desde el lugar donde se encontraba con sus pensamientos. A continuación, en menos de un segundo, su expresión será de dolor, quedará tendido en el suelo y quizá nunca llegue a ser consciente porque habrá quedado sin vida mientras caía. ¿Acaso en esa eternidad de apenas un segundo pudo saber qué le estaba pasando? He conocido pacientes que se mantenían despiertos con el corazón parado mientras se les colocaba un marcapasos externo de urgencia. Así, no sería tampoco descabellado suponer que quizá ese hombre, en su caer sin vida, se mantuviera consciente por unos instantes. En cualquier caso, el margen de tiempo que permite una caída no parece ser suficiente como para analizar la realidad de lo que está pasando. El sonido, el dolor, el empuje, el desequilibrio, puede que sean percibidos sin apenas margen para ser interpretados. Un ¡ay! sin continuidad posible. O no.





¿En qué instante del morir uno recupera aquella historia de su vida? ¿Antes? ¿Mientras? ¿Inmediatamente después? ¿Siempre sucede? ¿Es necesario ser consciente de la inminencia del final? ¿Sucede en esos segundos de inconsciencia tras la muerte en los que aún uno puede ser recuperado para la vida? Es lógico suponer que sea así, pues este acontecimiento se extrae de experiencias narradas por quienes han estado en trance de morir. No obstante, ¿es una experiencia atribuible al cerebro? ¿Lo es a la conciencia? No descarto, por sugerente, que la conciencia sea otra dimensión a considerar. Una dimensión más en esa teoría de las cuerdas. Una dimensión más de esa vibración de las partículas o del universo cuando nos alejamos de la simplificación.





Creo, por último, que un disparo certero por la espalda, máxime si el blanco es el cerebro, no permitiría que la conciencia se percatase de la muerte. Puede que la energía de la bala, su tamaño y tipo, así como las características de la corteza cerebral, su oxigenación o su resistencia a la hipoxia fuesen determinantes en el desenlace de esta farsa que he construido e, incluso, que pudiera desarrollarse una fórmula matemática capaz de expresarlo todo con tanta precisión como la física lo hace de la trayectoria del disparo mismo. Y de la caída de la víctima. 






En 1754, el matemático Abraham de Moivre (1667; Vitry-le-François; Champagne; Francia), hombre sencillo, conocido por la fórmula que lleva su nombre y que vincula los números complejos y la trigonometría y por su trabajo sobre la distribución normal y la teoría de la probabilidad, predijo mediante un cálculo estadístico la fecha de su propia muerte y acertó. 



Me sorprende tal ubicación para la vulnerabilidad.






"Con las primeras violetas viene,
tan acostumbrado al ruido del tiempo,
él, nuestro sueño inhabitable,
transitando solo,
de nube en nube,
nuestro sueño confundido con el mar,
con el sediento desierto,
después de haber besado con labios infinitos
el último horizonte de la vida. ,

Viene desnudo, pensativamente,
bajo el peso de una palabra
horadando su conciencia de lirio incesante,
el sueño que forja palabras verdaderas,
palabras perennes,
el sueño agobiado por una palabra
que nunca osó pronunciar,
ni siquiera frente a un espejo,
la palabra que desde niño
enturbia secamente su voz segura,
su jadeante aliento,
como una flor desfallecida
entre las fauces de un grito,
palabra que se derrumba,
entre músicas sin aposento,
entre silencios velocísimos
devorando palabras nunca dichas.

Y retorna desnudo, sueño muerto,
el ritmo de angustiosos poemas,
poemas virginales de la muerte
y los amigos que por él oraban
en el funeral radiante de sombras,
apenas recuerdan su vaporoso tránsito,
y las ortigas, sin lastimar su piel transparente,
han olvidado aquellas manos soñadoras
antaño heridas por sus aguijones.

Orlaba el laurel su frente de sueño rubio,
y ahora se avergüenza, tímido,
de las frágiles alas suscitando sus vivos vuelos,
porque la única palabra que hubiere querido decir,
no pudo decirla nunca,
-Dios sabe qué misterios anudan los sueños-,
palabra aún por inventar
definitiva como el amor o como el odio.

Porque había un viento negro,
una mañana de tétricos, nocturnos vientos,
y su palabra quedó muerta,
insepulta en los abismos insondables,
germinando en el corazón del sueño,
y hoy regresa,
él, el sueño,
para pronunciar su palabra severamente,
la misteriosa,
cuando ignora que le cercan viejos huracanes,
oh sueño inmortal,
sueño muerto del poeta.
El Señor le ha concedido su póstumo retorno,
bajo el sol que irradia sobre el parque
el fuego vivo nutriendo las estatuas,
pero él, sueño agitado desde el origen de los cielos,
siente que su palabra se anega en silencio calcinante,
y que su voz es nada,
y que su cántico es inútil,
porque no encuentra su palabra última,
y el sueño sonríe,
acariciando húmedas violetas matinales,
para soñarse a sí mismo,
lejos, cada vez más lejos
de este ruido feroz de las horas."


Germán Bleiberg
Retorno Póstumo




Las fotografías son del fotógrafo Matt Blanck

29 de noviembre de 2019

FALL







Oración de Deméter para Hades

"Sólo esto deseo para ti, el conocimiento.
Entender que cada deseo tiene un límite,
para saber en qué medida somos responsables de las vidas
que cambiamos. Ninguna fe viene sin costo,
nadie cree sin morir.

Ahora, por primera vez
veo claramente el sendero que plantaste,
qué tierra se abrió para dilapidarse,
aunque soñaste con una riqueza
de flores.

             No existen maldiciones - sólo espejos
sostenidos en las almas de dioses y mortales.
Y entonces yo abandono también este destino.
Cree en ti,
continúa - mira adónde te lleva."


Rita Dove (Estados Unidos)
Traducción de Raúl Jaime Gaviria










"El quiosco de prensa que había en la esquina de mi calle desapareció hace ya algún tiempo, la quiosquera se jubiló. Era pequeño y aunque no contenía, ninguno lo hace, códices manuscritos, su ausencia ha restado tanta categoría humana y estética a mi otoño urbano como si los hubiera tenido realmente. La simpatía de aquella mujer sola en su isla, enfundada en un gorro y bufanda de lana, que siempre tenía un saludo y una sonrisa dispuestos, llenaba de calidez la soledad oscura y desapacible de las madrugadas otoñales en el camino al trabajo. 


Fantaseo con la posibilidad de que en un futuro no muy lejano haya una aplicación que permita interactuar con el tiempo, el clima, las estaciones,... Aunque quizá lo mejor, hoy por hoy, sea trasladarse al Caribe directamente. 


El otoño me evoca esas épocas difíciles y oscuras de la vida en las que, consciente de haber caído muy bajo, uno presiente que aún no ha tocado fondo. Evidentemente queda por venir el invierno antes de que reaparezca de nuevo la primavera. No, no hablo de política, aunque bien podría aplicársele perfectamente hoy. 


Ahora, en las calles de mi barrio, las hojas se van entregando al viento y a su liturgia otoñal. Como cardúmenes evitando un ataque, como estorninos en su baile invernal, se revuelven al unísono en la acera, entre el sol y la sombra, giran y cambian bruscamente de dirección, todas juntas, como buscando el quiosco ausente, mientras sus tonos verdosos dejan paso a los ocres. Así no me sorprende ver a los árboles estremecerse de intemperie y abandono, como si reclamasen su propia ley de género arbóreo, sin descartar que ese agitar de ramas sea una forma deliberada de deshacerse de sus últimas hojas. El espectáculo visual me encanta. 


Este cambio de paisaje tan aparentemente innecesario me incomoda, sin embargo, como el agua fría que a veces sale de la ducha. Quisiera poder ajustar el grifo del tiempo de tal manera que el otoño resultase mucho más amable, más cálido, más deseable, algo parecido a aquello que narraban los abuelos. Pero no es posible. Bajo los abrigos y paraguas los caminantes pierden su condición de seres reconocibles, la piel se esconde y las palabras sucumben a la urgencia del viento helado. Y los abuelos hace tiempo que no cuentan historias. 


Mirar el mundo de esta manera puede que sea absurdo, como absurdo dedicarme a contarlo. La estupidez tiene muchas variables y reconozco que yo domino bastantes. La ausencia de pudor tiene la culpa. 


Puestos a recapacitar con cierta condescendencia, me consuela saber que, al menos, he llegado a ser en alguna medida consciente de lo determinante que ha sido en mi vida la propia estupidez. Es como llegar por fin al diagnóstico de una enfermedad crónica que hubiera estado condicionando toda tu vida de forma insidiosa; tener el diagnóstico no te cura, evidentemente, pero te sitúa en una comprensión de la realidad con matices de coherencia que genera cierto consuelo. Es la estupidez en sí misma, eso supongo, un tipo de ceguera con distintos grados de intensidad pero que en cualquiera de ellos cuestiona la nitidez con la que racionalizamos el entorno. Por eso, incluso en el mejor de los casos, cuando uno se sabe contaminado por ella debe de aceptar que cualquier razonamiento es sospechoso de estar afecto por la falta de fiabilidad. Partiendo pues de tal auto-escepticismo infiero que en gran medida la causa última de mi padecimiento bien pudiera ser de origen social. No quiero con esto descargar mi culpa, mi responsabilidad en los demás, pero es tan evidente que he nacido y vivido en un mundo eminentemente estúpido que obviarlo no sería acertado, el contexto en muchas ocasiones determina la manera en que nos conducimos en la vida. Otros son, fueron, inmunes a ello, lo sé, pero yo nunca gocé de ese talento. 


Por todo ello os he de confesar que otoño y estupidez se van instalado en mi vida como en una simbiosis sin retorno, la piel se me va volviendo amarillo albero y continúo agitando mis brazos como si pidiera socorro, igual que los árboles sus ramas, en un intento por entrar en calor. Todo apunta al progresivo empeoramiento de esta relación y la única esperanza que me queda es lo poco que falta para tocar fondo. El fondo invernal. Cierro los ojos e imagino que el sol me espera al otro lado de ese quiosco que ya no existe y, mientras llega la primavera, decido dejar constancia de todo ello con estas líneas... ciertamente tan innecesarias como estúpidas. 


Es lo que tiene mi ámbito hoy. 

Besos."




3 de noviembre de 2019

TRES






1


Bajo una pequeña estrella

Que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad.
Que me disculpe la necesidad, si a pesar de ello me equivoco.
Que no se enoje la felicidad por considerarla mía.
Que me olviden los muertos que apenas si brillan en la memoria.
Que me disculpe el tiempo por el mucho mundo pasado por alto a cada segundo.
Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo el primero.
Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa.
Perdonadme, heridas abiertas, por pincharme en el dedo.
Que me disculpen los que claman desde el abismo el disco de un minué.
Que me disculpe la gente en las estaciones por el sueño a las cinco de la mañana.
Perdóname, esperanza acosada, por reírme a veces.
Perdonadme, desiertos, por no correr con una cuchara de agua.
Y tú, gavilán, hace años el mismo, en esta misma jaula,
inmóvil mirando fijamente el mismo punto siempre,
absuélveme, aunque fueras un ave disecada.
Que me disculpe el árbol talado por las cuatro patas de la mesa.
Que me disculpen las grandes preguntas por las pequeñas respuestas.
Verdad, no me prestes demasiada atención.
Solemnidad, sé magnánima conmigo.
Soporta, misterio de la existencia, que arranque hilos de tu cola.
No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.
Que me perdone todo por no poder estar en todas partes.
Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos, cada una de ellas.
Sé que mientras viva nada me justifica porque yo misma me lo impido.
Habla, no me tomes a mal que tome prestadas palabras patéticas y que me esfuerce
después para que parezcan ligeras.

Wislawa Szymborska (Polonia, 1923)
Premio Nobel de Literatura 1996

Versión en español de Abel.A. Murcia



2



Una carta de amor

Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo
porque en el fondo es todo,

como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía,

todo eso es tan poco,
yo lo quiero de vos porque te quiero.

Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,

y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de la libertad.

Julio Cortázar



3


Concatenación

"Es un tiempo de sosiego otoñal y elijo recordar junto a una taza de café muy caliente; al instante su sabor me evoca la complicidad casi clandestina de un cigarrillo en compañía; encenderlo, a unas manos intentando proteger la llama del viento; veo aquellos dibujos evanescentes del humo en el aire al soplar la cerilla; como un olvido fugitivo lento e inevitable; y ello a ti. Tú, como las olas, volviendo incansable y tenaz a mi mente obsesiva y líquida; al brillo del agua negra donde se desdibuja mi cara, final del pozo de una pesadilla a contraluz; el vértigo inquietante de un desafío inconcluso al fin. Pero es tras la ventana donde elucubra el otoño, yo solo observo."



...

21 de octubre de 2019

NEUROPLASTICIDAD Y NACIONALISMO



"El señor K. no consideraba necesario vivir en un país determinado. Decía:
-En cualquier parte puedo morirme de hambre.
Pero un día en que pasaba por una ciudad ocupada por el enemigo del país en que vivía, se topó con un oficial del enemigo, que le obligó a bajar de la acera. Tras hacer lo que se le ordenaba, el señor K. se dio cuenta de que estaba furioso con aquel hombre, y no sólo con aquel hombre, sino que lo estaba mucho más con el país al que pertenecía aquel hombre, hasta el punto que deseaba que un terremoto lo borrase de las superficie de la tierra. "¿Por qué razón -se preguntó el señor K.- me convertí por un instante en un nacionalista? Porque me topé con un nacionalista. Por eso es preciso extirpar la estupidez, pues vuelve estúpidos a quienes se cruzan con ella. "

Bertolt Brecht
Historias del señor Keuner (fragmento)







"
OTOÑO-2019

Posdata: 
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que a los jóvenes no se les presentaba otra oportunidad para salir de su entorno y poder “conocer mundo” que la de ir a “hacer la mili”. Así, con el transcurso de los años, se fue generando toda una liturgia tribal del paso de la adolescencia a la madurez ligada a ese acontecimiento. Por esa razón hablar de tal o cual experiencia de la mili de forma recurrente era un tópico casi recalcitrante en muchos varones, un referente impactante, habitualmente el primero y en muchas ocasiones el único, de sus vidas.
De manera similar, en los comienzos monocromos del cine acudir a ver una película era una experiencia extremadamente seductora por cuanto permitía observar el mundo, por primera vez, a través del ojo de una cerradura por la que visibilizar los secretos y vicisitudes de otras vidas apenas sospechadas y siempre fascinadoras. Identificarse con los protagonistas del celuloide analógico era inevitable. Así, el espectáculo de aquellos acontecimientos iba transformando la forma de entender el mundo y la realidad, las expectativas del vivir y los pensamientos. Más aún, ciertos mensajes que circulaban de forma subliminal calaban en el subconsciente sin posibilidad de ser cuestionados. En la vida real nuestro desempeño se corresponde habitualmente con el de actor secundario, papel que nos somete a disciplinas ajenas e intereses ocultos, pero los nuevos sueños que surgían de aquellas experiencias empezaron a otorgarnos el papel de protagonistas, de coroneles, de galanes o princesas. Los guiones más o menos artificiales y sus diálogos, la disciplina militar disfrazada de autoridad, la apariencia idílica de tal o cual situación inverosímil, la competencia por el papel de protagonista y la deshumanización del individuo a favor del argumento, empezaron a ser pilares fundamentales de una forma de vida tan ligada a las películas como a las modas cambiantes que ellas imponían. ¿Cuando se traspasó el límite entre crecer, madurar y el de ser sometidos a la dictadura de la manipulación?
La plasticidad de nuestro cerebro es una cualidad evolutiva indiscutible y una característica apenas estudiada. Que los pensamientos puedan modificar las estructuras neuronales tal y como pueden hacerlo las vivencias mismas, hasta el extremo de que ambas se confundan, es una herramienta muy útil en manos de la voluntad, propia o ajena. El mecanismo de tal proceso es sencillo: primero se crea o se atiende a una necesidad básica -su carga emocional debe ser o hacerse patente- y dirigida a ella se generan pensamientos deliberadamente estructurados y dirigidos al cambio, luego se emiten mensajes que abunden en ello con suficiente frecuencia e intensidad y se acompañan de todo un conjunto de merchandising que sirvan de refuerzo para el objetivo marcado. Ejemplos hay muchos. El más antiguo y elaborado quizá sea el de las iglesias y sus dioses: el infierno y el cielo, el bien y el mal, el castigo y el premio, la sumisión sin cuestionamiento, la liturgia periódica y frecuente, crucifijos y rosarios, la oración repetida hasta la saciedad y la entrega total, la fe. El ejemplo más simple es el de la publicidad: color, belleza, alegría, música, felicidad, repetición, y el producto que hay que comprar para alcanzar todo ello. El ejemplo más trascendente, el que ha sido capaz de dar categoría de inevitable, normal y justa a un tipo de esclavitud, como es el que consiste en someter el bienestar, la dignidad e incluso la vida misma de los pueblos al interés de las economías y clasificar a las personas en función de sus recursos materiales, sus orígenes, su utilidad o su capacidad de consumo. Y, por último, el ejemplo más cercano y actual, este que llamamos "nacionalismo". 
Cambiar nuestro cerebro, sus sinapsis y anatomía, modificando la realidad en función de oscuros intereses ajenos, haciéndonos creer lo imposible, es un arte en manos del poder e incluye casi invariablemente la manipulación del tiempo y del lenguaje, del significado de las palabras y los valores, del hilo argumental de la vida y de la esencia de todo aquello que nos define y nos permite reconocernos como humanos, violando los cimientos éticos básicos sobre los que ser y convivir de forma y manera compatible con la naturaleza misma.
"

12 de octubre de 2019

CUCURRUCUCÚ OTOÑAL






Entro en el local, me dirijo a la barra y me siento a su lado, aunque aún yo no lo sé. Alto, con el pelo largo, muchas arrugas y una cicatriz en el labio inferior que se pierde en una perilla blanca. De pronto, sin mediar palabra, me dice, literalmente, que cuando se acercaba con sus ojos lo suficiente a cualquier punto de su piel surgía siempre un pentagrama inalcanzable en el horizonte de sus curvas. Le miro confundido, continúa. Que jugaba entonces a acercar la mano para interpretar su melodía, primero lento, luego rápido, intentando pillar desprevenidas a las notas, los silencios, los compases, pero que sus dedos siempre acababan naufragando en la clave de sol… de la soledad de ella. Me lo dice gesticulando y como si nos conociésemos de toda la vida cuando llevamos apenas escasos minutos al lado uno del otro, en la misma esquina de la barra, sin mirarnos a los ojos siquiera. Levanta el vaso, bebe, y lo deja bruscamente confundiéndose el sonido grave contra la madera con el agudo repiqueteo de los hielos en el interior y con su silencio ronco y espeso. No hay mucha gente en el local. Ha conseguido llamar mi atención y lo miro como quien mira a un niño que llora, sin comprender, y él continúa con este monólogo de bar, del que soy el único espectador, como si mi papel fuese al mismo tiempo esencial y prescindible. No creo que esté borracho. Levanta ahora el vaso y su mirada a la vez y los dirige hacia mí sin mirarme, con gesto de complicidad, como queriendo hablarle a otro que no soy yo. Una noche de luna llena -me dice- mientras le susurraba al oído un poema que le había escrito, observé que el aire que salía de mi boca volvía hasta mis labios cada vez más y más caliente y perfumado, tanto que llegó a quemarme el paladar con el sabor dulce de su hechizo. Y se llevaba las manos a la garganta como si le doliese. Ella -continuaba- había nacido para estar sola y se dedicaba a dar compañía, por eso su voz sonaba a melodía de saxo en una de esas noches grises de jazz que te inundan de melancolía. En ese momento, con mucho disimulo, intenté abrir mi móvil para grabar aquello que me estaba empezando a parecer increíble y al levantar la cabeza me encontré de repente con sus ojos fijos en mí y me asusté. ¿Tú la conocías, verdad?, me preguntó, y apenas pude articular un tímido y escueto no. Sin embargo, comprendí enseguida que su pregunta no requería respuesta alguna. Sí, claro, todo el mundo la conocía, y levantando la mano hizo un gesto al camarero para que llenara su vaso de nuevo a lo que este respondió señalándole el otro extremo de la sala. Entonces, sin decir nada, se puso en pie, giró lentamente a su izquierda, se colocó su sombrero, se agachó para coger el saxofón y se dirigió a la tarima donde ya le esperaban. El camarero, que se había dado cuenta de la escena, me miró con cierta condescendencia e inclinándose hacia mí me susurró que ella fue su amante, que se llamaba Rebeca, trabajaba allí, murió de una sobredosis y él todavía la espera, así, como quien pone punto final a un dilema con el filo de un bisturí usado. Mientras, a través del murmullo, empezaba a oírse la música al fondo y algunas lágrimas parecían querer asomar a mis ojos. El saxo casi siempre me emociona.
"
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