24 de agosto de 2019

FONDOS DE ARENA Y SOMBRAS







“Miras por la ventana y apenas adivinas la realidad que se oculta bajo la superficie de ese estático oleaje de tejados y azoteas. Observas unos ojos e intuyes un mundo de profundidades y corrientes inaccesibles tras el agua cristalina de la mirada. Un mar de fondo acuna inadvertidamente a los cardúmenes que buscan en la estación o en el aeropuerto su destino común bajo el acecho de algunos tiburones... No me cabe duda, para explorar los océanos resulta imprescindible dominar todas las técnicas del buceo.” 

(Obstinación y melancolía.)







"
Este verano hago algunas inmersiones en un océano con paisaje volcánico. Arrecifes, rocas, cuevas, arena, corrientes… El ordenador se ocupa de casi todo: la profundidad, el tiempo, la temperatura, la reserva de oxígeno y me avisa si asciendo muy rápido o si he de realizar alguna parada de seguridad antes de subir a la superficie. Yo solo he de vivir el momento presente, respirar sereno, disfrutar el placer de la ingravidez y el silencio, la belleza de una luz y una naturaleza sobrecogedoras, dejarme llevar por la corriente, ser acunado por el mar de fondo, olvidar… y soñar. 


Máximo es mi efímero compañero de buceo de hoy, aparenta 70 años e insiste en el hecho de ser florentino antes que italiano. Quiere que nos tuteemos en el idioma que hemos inventado. Cuando le comento que he venido para conocer el coral negro y me ha sorprendido su color verde claro, él me asegura que en su país hay un coral blanco que en realidad es marrón oscuro. Marco, nuestro divemaster francés, asiente con la cabeza. La indiferencia del océano en cuestiones cromáticas es asombrosa y equiparable a la del tiempo respecto de él mismo y creo que, de alguna manera, ambos -segundos y olas- podrían tutearse como distintas manifestaciones de un mismo acontecimiento. 


Reparo ante la inmensidad del azul y su belleza y lo supongo carente de cualquier tipo de urgencia. Que su espuma acaricie la roca deshaciéndola, lenta e inadvertidamente, para depositarla en el fondo en forma de arena se me antoja una metáfora de la vida misma. Sin prisa. A veces, pienso, lo que nos erosiona aparenta ser tan insignificante que no alcanzamos a comprender ni dónde radica su fuerza ni dónde nuestra vulnerabilidad. 


Os cuento todo esto mientras ceno en el magnífico Golden Gate, en Funchal -al lado del Palacio de San Lorenzo y frente al Banco De Portugal y la estatua de João Gonçalves Zarco-, un pez espada con banana y maracuyá, especialidad aquí en Madeira, delicioso. Los buceadores estamos condenados a viajar casi siempre solos en busca de experiencias que se encuentran bajo el nivel del mar pero sin tener que renunciar a los placeres de la superficie, por supuesto. Hace tiempo me acompañaba una persona que ha crecido lo suficiente como para estar esperando un hijo en otra vida, que no es la mía. Esta mañana, en la segunda inmersión, me he detenido en el fondo frente a una foca de casi tres metros que dormía en la arena y he permanecido inmóvil hasta que despertó y subió a la superficie a respirar. Hablé con ella de nuevo insistiéndole en lo emocionante del momento, como antaño ante los tiburones, aun sabiendo que no estaba, aun sabiendo que estará siempre. Cosas del corazón. Ahora, en la mesa, mientras ceno, rememoro a todas aquellas otras personas con quienes viajé en el pasado compartiendo mesa e ilusiones. Pero el único que me escucha en silencio está en el plato y me lo estoy comiendo. Quizá la vida sea eso también. 


Recuerdo un viaje a las cataratas del Niágara. Creo que ella tenía ocho años. Frente al torrente de agua, en todo su estruendo, yo le insistía en lo increíble que me parecía mientras ella tiraba de mi mano reclamando mi atención sobre la belleza de un perro callejero. En este agosto me encuentro en un lugar paradisiaco: sol, mar, belleza, horizonte, silencio,... ajeno a todo cuanto me rodea, tumbado con los ojos cerrados, disfruto en la soledad de mi habitación del placer de la distancia, siento su mano y entiendo a la hija de entonces. Tarde. 


Recapitulo pues, inevitable y dolorosamente, sobre todas las cosas importantes que no he comprendido mientras las vivía y decido, como Sylvia Plath, que yo tampoco volveré a hablar con dios nunca más. Pero a diferencia de ella no porque haya fracasado en un intento por suplantarlo; ¿mi razón?, el dolor que me provocan las innumerables ausencias, la mía incluida, que rebosan de mi caja de sombras y cuyo causante no puede ser otro sino él mismo. Si, al menos, dios existiera, todo este desatino tendría algún sentido. Si, al menos, pudiera expresar mi desconsuelo por tanta torpeza con la fuerza de Pablo de Rokha,... “Girando y girando sobre mi caparazón como un loco incapaz de detenerse en su celda, caracola menguante a cada vuelta, en la ilusión de que la espiral contiene un punto final infranqueable. Un átomo o un universo, qué más da. Allí, quizá, la esperanza en el reencuentro o en otra oportunidad. Lo reconocible me abandona, pierde la nitidez o adquiere la cualidad del delirio dejando a su paso la sombra de lo inexistente, lo inútil, lo innecesario o lo hueco. No me escuches, conciencia, déjate llevar por la embriaguez y cede al olvido. Déjate morir de odio e impotencia, duerme para poder despertar de nuevo: 


Ya no habito el sueño de nadie, 
Ninguna música evoca mi recuerdo, 
Temo que llegado el momento 
La muerte olvide buscarme. 

Mientras, en este rincón 
Donde escondo mi anonimato, 
Pienso con certeza 
Que ya nunca se pronunciará mi nombre. 

Juego a ser feliz 
Sin molestar a nadie 
Doblegándome 
Al tiempo y a las olas. 

Sin prisa.” 

"


Carpe diem





"¡No me hieras! -clamó una ola a otra- 
¿Por qué siempre me zahieres? 
Déjame en paz. 

Yo a nadie ofusco 
pero soy arrastrada. 
El mar nos colma y 
toda rebeldía es inútil. "

Juhan Liiv 
(Olas)



14 de julio de 2019

ESCAPAR DEL LABERINTO





“Cierro los ojos y todo el mundo cae muerto. 

Levanto los párpados y todo nace de nuevo. 
(Creo que te inventé dentro de mi cabeza).

Sylvia Plath











Un mundo exterior y otro interior, cada uno con su propio laberinto, y el que se origina entre ambos. Puedes huir del uno al otro para ocultarte y en cualquiera de los dos quedar atrapado para siempre, salvo que, volviéndose todos ellos inhabitables, elijas escapar. Me detengo por un momento en esta idea, equilibrio imposible que arrastra la voluntad de vivir por el camino sin retorno de la última desesperanza. Especialmente cuando la poesía es la protagonista. 

Hacía zapping y una guapa, elegante y distinguida economista era entrevistada a las puertas de la bolsa de valores de Wall Street. Con voz seductora y total aplomo decía que si la inmensa mayoría de la población mundial no está en la miseria es gracias a los emprendedores que mueven el mundo, como ella. Estuve a punto de creérmelo, la belleza me aturde. Casi al mismo tiempo, en otro canal, destacados gurús de la economía y la política celebraban, como si les hubiera tocado la lotería, la caída de un gobierno que había fracasado en su empeño por hacer realidad un cambio de paradigma improbable: Grecia. El cerebro derecho, me dije, ese lugar que maneja un idealizado concepto del Estado al servicio del hombre, parece no entender el inmenso poder de los números que mandan hoy en día, porque cualquier pretensión ajena a su inercia choca con una realidad intolerante. Es evidente que la destrucción de la capa de ozono de la dignidad propiciada por ciertas formas de economía no nos afecta a todos por igual. Unos, como yo, nos iremos de vacaciones algunos días en la breve ensoñación de libertad que nos permite lo que hemos podido ahorrar durante todo el año, algunos, los menos, ya viven en permanente estado vacacional sin percatarse de ello y otros, los más, ni siquiera han oído hablar de que tal cosa exista ocupados como están en sobrevivir. Vuelvo a caer en la misma espiral de siempre, un remake muy cansino, ya lo sé, es el efecto que provoca la mezcla de impotencia y escepticismo con el que somos sedados para poder conciliar el sueño cada noche. Otra opción, muy utilizada para la supervivencia emocional, es acudir a la protección divina, un tipo de bálsamo connivente con las corporaciones y que alivia el dolor ocultándolo en un universo paralelo. Tiene mucho predicamento pero no me va, sinceramente. Por último, también se puede escapar de tan asfixiante despropósito de una forma más drástica y definitiva a través del suicidio, es esta una reacción química compleja que no aconsejo, ni descarto. Las leyes que rigen la física y la química del universo me resultan tan respetables como, en gran medida, desconocidas. Hoy quiero recordar a algunas mujeres que se decidieron por él. 

La primera que me viene a la cabeza es Sylvia Plath.

Siempre la imagino enojada, manifestando su decisión de no volver a hablar con dios al saber la muerte de su padre -".../Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti; Al menos cuando la primavera llega ruge nuevamente. Cierro los ojos y el mundo muere./...". El alma poética destila sutiles aromas para perseverar en una esencia de la realidad inalcanzable para mí pero que me seduce irremediablemente. Por otro lado, no puedo aceptar la impunidad de ese dios que nos lanza a la caja de las sombras, ni creo humanamente aceptable justificarlo con simplistas argumentaciones sacerdotales. Aclaro, para quien ya me conozca, que no me contradigo, considero mi agnosticismo como una manera amable de ejercer la libertad a la hora de perder el tiempo, así me puedo permitir elucubrar si me place sobre cualquier asunto por absurdo e inverosímil que sea. Cuando al fin descubrimos que Sylvia sufrió una enfermedad maníaco depresiva, que tomaba psicofármacos y que su suicidio aconteció al poco de su divorcio caemos en la tentadora inercia de catalogar tal final como de fracaso personal. El gas puso fin a su vida. A pesar de todo, yo discrepo de tal interpretación. 

Sobre la transgresora Alfonsina Storni 


-.../Tengo sueño mujeres, tengo un sueño profundo. Oh, humanos, en puntillas el paso deslizad; mi corazón susurra: me haga silencio el mundo, y mi alma musita fatigada: ¡callad!.../- se ha escrito y cantado tanto que la realidad se desdibuja entre lo verosímil y la leyenda. En mi desautorizada opinión, dos cuestiones salvan a tan idolatrado personaje de las posibles contradicciones, dos acontecimientos irrefutables, esenciales y leales a sí mismos: sus poemas y su adiós. Un ser apasionado que prioriza la estética serena de su final merece mi admiración. Venero al mar y la determinación de adentrarse entre las olas representa, en mi opinión, la esperanza última en una metamorfosis del regreso al origen para poder renacer. Pero no, no os animo al suicidio. Bien distinto es, a pesar de la similitud, arriesgarse a morir ahogado en el mar o en el océano para alcanzar un espejismo de supervivencia. Este es un tipo de suicidio sobrevenido y provocado por otros, aunque ahora pienso que de alguna manera quizá todos lo sean. 

Sobre Adeline [Virginia Woolf],


 -El sol no había nacido todavía. Hubiera sido imposible distinguir el mar del cielo, excepto por los mil pliegues ligeros de las ondas que le hacían semejarse a una tela arrugada. Poco a poco, a medida que una palidez se extendía por el cielo, una franja sombría separó en el horizonte al cielo del mar, y la inmensa tela gris se rayó con grandes líneas que se movían debajo de su superficie, siguiéndose una a otra persiguiéndose en un ritmo sin fin.- su bipolaridad y atormentada vida, en una época tan convulsa, tengo poco que añadir. Baste leer sobre su vida para compartir, aunque sea mínimamente, algo de esa profunda depresión que le condujo al río Ouse. Suicidarse en un río no es equiparable a hacerlo en el mar, por supuesto: las olas, el horizonte y sus luces, el olor y el sonido, la sal que arrastra el viento hasta la boca, sin calles ni puentes, la desnudez y la ausencia, la posibilidad de adentrarse lentamente, acaso sin más violencia que la espuma. No obstante, arrojarse desde un puente habiendo llenado previamente sus bolsillos con piedras pone de manifiesto la sinergia entre una gran desesperación y un fuerte carácter. Se lo reconozco, pero me parece que nada tiene que ver con el afán de renacer de Alfonsina o el de reivindicar la propia deidad de Sylvia, el suicidio de Virginia es pura huida a ninguna parte. Como el dormir, como el rezar. 

Clavarse un cuchillo y tirarse al Rin como Karoline von Günderrode


-Ay, amigo, la tarde veo enrojecer más hondo en el Oeste, con una sonrisa sería, irse apagando con triste sonrisa; Oh, debo entonces preguntar por qué se vuelve todo turbio y oscuro. Pero guarda silencio y llora en mí burbujas de rocío.-, dispararse un tiro en el corazón en el reclinatorio de la catedral de Notre Dame como Antonieta Rivas Mercado


-Crueldad azul de las montañas frías –recorte perenne de su pasmo fijo de su goce o dolor, pureza pura –montañas en perfil, dimensión única –espinas del recuerdo prisionera –casco diáfano del horizonte mío –el cielo impenetrable, penetrado -¿es mi alma el filo de vuestro perfil, perfil del horizonte?...-, tomar una sobredosis de morfina como María Polydouri 


- Sólo porque me tuviste entre tus brazos una noche, y me besaste en la boca, sólo por eso soy hermosa igual que un lirio abierto y aún guarda el alma aquel escalofrío, sólo porque me tuviste entre tus brazos.-, el alcoholismo y el tiro en la cabeza de Violeta Parra


-Maldigo del alto cielo la estrella con su reflejo, maldigo los azulejos destellos del arroyuelo, maldigo del bajo suelo la piedra con su contorno, maldigo el fuego del horno porque mi alma está de luto,...-, ahogarse con el monóxido de su Jaguar rojo como Anne Sexton


-.../Ahora que he escrito tantas palabras, Y dejado tantos amores, para tantos, Y he sido completamente lo que siempre fui – Una mujer de excesos, de celos y codicia, El esfuerzo me parece inútil/....-, el ahorcamiento de Marina Tsvetaeva


- Rainer, quiero encontrarme contigo, quiero dormir junto a ti, adormecerme y dormir. Simplemente dormir. Y nada más. No, algo más: hundir la cabeza en tu hombro izquierdo y abandonar mi mano sobre tu hombro izquierdo, y nada más. No, algo más: aún en el sueño más profundo, saber que eres tú. Y más aún: oír el sonido de tu corazón. Y besarlo. -, la pertinaz Florbela Espanca


que lo consigue al tercer intento - .../¡Quiso Dios hacer de ti la ambrosía De esta pasión extraña, ardiente, increíble! Erguir en mí la antorcha inextinguible, ¡Como un cincel grabando una agonía!/... -, la amiga de Cortázar Alejandra Pizarnik


que optó por los barbitúricos - .../Tú lloras debajo del llanto, tú abres el cofre de tus deseos y eres más rica que la noche. Pero hace tanta soledad que las palabras se suicidan./... -, arrojándose de un octavo piso como Ana Cristina Cesar


- No, la poesía no puede esperar. El velero toca las tierras heladas del extremo sur. Escapo a los aullidos en el coche. Hoy ¿vos sabés de eso? ¿sabés de hoy? ¿Sabés que cuando digo hoy, hablo precisamente de ese extremo ríspido, de este punto que parece el último posible?... -, son otros ejemplos de mujeres poetas que decidieron escapar del laberinto del dolor, la tristeza, la frustración o el desconsuelo. Achacar tales finales a una enfermedad mental, a una sensibilidad especial, a una vida tortuosa, al desamor, etc., es una simpleza impropia de cualquier inteligencia que se precie. El equilibrio del universo interior del espíritu poético es de una fragilidad excepcional y su relación con el mundo exterior se ve condicionada por ello de forma determinante. Elegir el suicidio, y no a la inversa, es un gesto de audacia reservado para valientes. Eso creo. Algo difícil de entender en esta sociedad sometida a la esclavitud de las modas, al consumo y al dinero, adoctrinada por los medios y las religiones y que considera digno aguardar la muerte abandonándose a la inercia de una decrepitud vegetal, rodeada de tubos, seres extraños y medicamentos. Descansen estas poetas en la paz y belleza de sus escritos. 

Es hora de escapar. Disfrutad intensamente del descanso antes de volver a vuestro laberinto. 

Felices vacaciones



4 de junio de 2019

MAÑANA



"La muerte fluye como una entelequia, la perfección máxima de un acontecimiento tan intrínseco a sí mismo como autosuficiente. Para quien muere, a lo sumo, una revelación, un instante eterno de propia ausencia quizá, un camino sin retorno a la esencia absoluta del todo, el regreso al inicio. Para el observador, la metamorfosis de un cataclismo emocional en algún caso, el vértigo de un precipicio al espejismo invisible del sueño y la impotencia siempre. 


Vivo con la muerte y ello me hace ser especialmente respetuoso con ella, aunque os confieso que sin ningún tipo de temor. Ya sé que es un tema que despierta cierta aversión y tristeza y que por lo general casi todo el mundo intenta evitar. Con la excepción de aquellos que, moviéndose en los límites entre la materia y el espíritu, insisten en aliviar la dura carga de su aparente dureza alimentando aquello que cada uno guarda en su interior como antídoto del dolor, la belleza." 

Como esta de Silvia Pérez Cruz:




1 de mayo de 2019

PABLO


"Tal vez sea eso la tarde, un martillazo
en los ojos. Y la ciudad
una manada de bisontes en estampida."

Tal vez sea eso la tarde (fragmento)
Juan Bello Sánchez







PABLO

Pablo era un niño rubio, de piel muy blanca, con unos pelos en la coronilla difíciles de peinar porque estaban siempre estirados y se resistían a obedecer al peine. Sus ojos, claros y verdes, miraban torcido y le hacían especialmente gracioso cuando sonreía. Sus padres le pintaron de rojo la punta de la nariz cuando era muy muy pequeño pero no consiguieron corregir ese cruce de la mirada. Cualquiera al conocerlo habría dicho que era muy simpático porque, además de su aspecto, tenía muchas ocurrencias que divertían a cuantos le conocían.

En una ocasión Pablo hizo una redacción en el colegio en la que dijo que la distancia a su casa era de un año luz de galletas de chocolate y que su edad era de un quilómetro a la pata coja. Acompañaba su particular forma de medir con dibujos de espirales y flechas por toda la hoja para delimitar el tamaño del texto respecto al del cuaderno. A la profesora, la señorita Rosa, ya no le sorprendía nada de todo esto porque estaba acostumbrada al peculiar comportamiento de Pablo y a sus contestaciones. Otro día le observó moviendo de manera extraña los dedos sobre el pupitre como si estuviese jugando. Al preguntarle qué estaba haciendo, él respondió, con la asertividad de un agente de tráfico, que el pupitre tenía noventa y siete uñas de dedo gordo por cuarenta y ocho del meñique sin los guantes de punto de su abuela Marga. Otras veces, cuando le preguntaban sobre las notas que había sacado en clase, él siempre contestaba en bolsas de caramelos de miel y regaliz negro de cincuenta céntimos. Y así, claro, nadie se enteraba de nada.

En efecto, Pablo fue siempre un niño algo extraño. Algunos incluso se atrevieron a decir que estaba poseído por un espíritu extraterrestre. Lo cierto es que ya desde muy pequeñito su comportamiento llamaba la atención por inusual y a menudo despertaba la curiosidad de todos los que le rodeaban. Por ejemplo, cuando aún era un bebé y sostenía el biberón entre sus manos éstas cambiaban de posición constantemente como si estuviera tomando conciencia de su tamaño. Cuando empezó a gatear se dedicaba a explorar todo lo que se encontraba en su camino. Podía ser la sombra de la mesa de la cocina o a la del sillón del abuelo o la alfombra del cuarto de baño, él movía sus manos de manera sucesiva como si estuviese midiendo las distancias mientras apretaba el chupete entre los labios. Era frecuente que en la conversación de los mayores, entre risas, se hiciera referencia continua a las extrañas cosas que Pablo había hecho tal o cual día. Lo medía todo, pero a su manera. Una vez la profesora le preguntó qué iba a ser de mayor y Pablo contestó que tenía la colección de cromos de azúcar tapándole el ojo bueno pero que le gustaría ir a la luna a poner semáforos. Y cuando daba estas contestaciones, pues claro, uno no sabía si te estaba tomando el pelo, si es que era muy listo o si no se enteraba de nada. Pero te miraba con esos ojos cruzados, casi verdes, sonreía y te seducía con su enorme simpatía. Por eso nadie se enfadaba con él por las contestaciones que daba. Nadie excepto los otros niños.

Según crecía, Pablo iba chocando cada vez más y más con los demás niños, pues no le comprendían y se reían de él. A Pablo no le gustaba nada de nada que intentaran ridiculizarle sus compañeros de clase, pero su amigo Quique, que le conocía desde siempre, le quitaba importancia y le decía que él era mucho más listo que los otros y que le tenían envidia. Porque, claro, es que Pablo sacaba muy buenas notas a pesar de sus rarezas. Sin embargo esta situación le ponía muy triste y las palabras de su amigo no conseguían consolarle.

Un día su mamá le observó mirando fijamente por la ventana, ensimismado, como si estuviera preocupado, se acercó y le preguntó si estaba contando las farolas de la calle; Pablo le contestó que no, que ya las tenía contadas y que eran cuatro volteretas hacia delante encendidas y dos hormigas apagadas hacia atrás. Entonces, ¿qué te pasa?, le preguntó. Con la cara muy triste le contó que los niños de clase se reían de él y que Quique le defendía y que a veces se peleaba con ellos por su culpa. Bea, la mamá de Pablo, que así se llamaba, ya imaginaba que antes o después la forma de ser tan peculiar de su hijo le pondría difícil relacionarse con los otros niños, pero que fuese capaz de expresar su problema de manera tan clara y confiada le pareció un buen augurio. Tengo una idea, Pablo, por qué no haces una tabla de equivalencias con las unidades de medida que usas para que ellos te puedan entender mejor, le dijo. Al instante a Pablo se le iluminó la cara y cambió su expresión porque le pareció una idea muy buena. Voy al cuarto, mamá, cuando la tenga hecha te la enseño a ver qué te parece. Muy bien, le dijo ella.

Pablo tardó tres días en terminar su tabla de equivalencias porque decía que había muchísimas medidas que traducir y que siempre se le olvidaba alguna. Pero por fin pudo enseñársela a su mamá. Iba por el pasillo gritando “ya lo tengo, ya lo tengo, mamá” así que se le podía oír desde lejos según se iba acercando. Llegó alborotado hasta el jardín, con los ojos muy abiertos, deseando ver lo que opinaba su mamá. Vamos a ver. Cuando Bea empezó a leer aquellas equivalencias por un momento estuvo a punto de echar una carcajada explosiva, pero al ver a Pablo tan ilusionado se contuvo para no molestarle. Hizo un gran esfuerzo y se aguantó. Vaya, vaya, que buen trabajo has hecho, Pablo, le dijo. Veamos, aquí pone:

- Tres cajas pequeñas de canicas de cristal equivalen a dos plumieres de lápices de colores.

- Cruzar el pasillo despacio con la luz apagada y los ojos cerrados equivale a ir dos veces al quiosco saltando con los pies juntos.

- Dos minutos de helado de fresa de tres bolas, a despertar por la mañana con besos y abrazos.

- Cantar la tabla del siete a la pata coja, a chupar la cebolla hasta que te lloren los ojos.

- …

Y así continuaba en cada una de sus tres hojas llenas de equivalencias que su mamá leyó con todo el interés y amor del mundo mientras Pablo asentía con la cabeza a cada una de ellas. Ajajá, le dijo Bea, es la tabla de equivalencias más bonita que he visto nunca y cogiendo a Pablo con sus manos le dio un abrazo y un beso enormes, mientras se le llenaban los ojos de agua de mar.

En aquel momento llegó Javier, el papá de Pablo, y al verlos abrazados les preguntó que qué les pasaba. Pablo salió corriendo para enseñarle las hojas que había escrito y Bea le miró con una de esas miradas de complicidad que las mamás mandan a veces a los papás y que quieren decir que el horizonte está rojo porque el sol se va a dormir para que le rasquen la espalda con una nube de algodón. Bajando de su corcel de un salto echó una rodilla al suelo para saludar a Pablo. Mira papá, he hecho lo que me dijo mamá, mira ¿qué te parece? A ver, a ver… y sentándolo en su otra rodilla comenzó a leer en voz alta cuando, de repente, empezó a sonar el cuco del reloj de pared que había en la torre más alta y que siempre sonaba a la hora de dormir. Déjamelo hasta mañana, hijo, lo leeré con tranquilidad y después te digo. Vete a la cama. Buenas noches. Y le besó en la frente, a esa altura donde se cruza su mirada verde clara, acariciándole los pelos en punta de su coronilla.

Esa noche, mientras su papá se quitaba la armadura de hojalata dorada y hablaba con su mamá sobre cuál sería la mejor manera de encauzar la creatividad de su hijo para acercarlo a la realidad sin herir su sensibilidad, Pablo soñaba ilusionado con sus compañeros de clase. Jugaban juntos saltando sobre los charcos y sonreían a carcajadas mientras aparecía en el cielo, cubriendo todo el patio, un arcoíris de cuarenta y cinco colores de pintura de dedo, y su amigo Quique, vestido de astronauta, borraba con una esponja las nubes negras con sus truenos y relámpagos y su maestra Rosa, con un delantal amarillo de manga larga, iluminaba con letras de flores todas las sombras de pesadillas.

Todo esto que te digo parece como un cuento que estuviera midiendo la ternura de un instante, y que bien podría equivaler a decir un buenas noches cariño.

Y Pablo se durmió.











19 de abril de 2019

INCIERTA INCERTIDUMBRE



“El silencio y el agua
tienen la misma forma
forma de secreto
del lugar donde se esconden.”


Isabel Bono



Saul Leiter





Algunos acontecimientos tienen la capacidad de evocar emociones concretas, como si estas estuviesen atrapadas en aquellos. A manera de una simbiosis. Ya sabemos que las cosas que nos suceden son, también y fundamentalmente, lo que nos hacen sentir. Indagar en esta evocación podría servir para rescatar viejas historias personales olvidadas. Yo, por ejemplo, os confieso que tuve enuresis nocturna durante más tiempo del habitual. Recuerdo que muchas veces me levantaba a orinar con la satisfacción de haberlo controlado al fin para, momentos después, despertar mojado con la frustración del sueño. Pues bien, aún ahora, en algunas ocasiones, puedo reconocer aquella desagradable sensación de incertidumbre, estar o no soñando, mientras orino. Me considero, pues, justamente sentenciado al auto-escepticismo, una dolencia con matices propicios –¡alabado sea dios!- a la textura de lo humano.

La verdad que jamás ha sido tocada por la duda es como un espíritu arrogante, sombrío y seguro, como el diablo. Lo dice Umberto [Eco] y no seré yo quien le lleve la contraria. Que la incertidumbre me salve de pertenecer al lado oscuro es una proposición que encuentro amable, brillante y sugerente, a la que sin duda me apunto.

El principio de una incertidumbre es ante todo un principio, valga la redundancia, algo que en esencia y al margen del tono imperativo de cualquier ley asienta en la naturaleza misma de la duda: el comienzo de un apasionante desafío de búsqueda y/o una revelación con vocación de reversibilidad: la de unos perfiles imposibles para un acontecimiento nítido. Me gusta ese precipicio. En contraposición, intuyo que una certeza no puede ser mucho más que un final, lo cual, dicho sea de paso y a la postre, no suele resistir el paso del tiempo más de lo que los espejismos pueden resistir a la distancia. Salvo en lo relativo al diablo, claro. Por esta razón si me dieran a elegir entre cabeza de ratón o cola de león yo elegiría sin lugar a duda ser al mismo tiempo la cola del gato de Schrödinger y la cabeza del electrón de Heisenberg. Así, de esta sencilla manera, puedo revelar al tiempo este pedante innato que soy, la gran admiración que profeso hacia la provocación estética de la mecánica cuántica y mi más rotundo de los sometimientos al onanismo de la duda.

A pesar de las apariencias, digo, quiero creer que estamos ya en primavera, al menos a este lado del hemisferio. En otras zonas del planeta, donde todo el año se mantiene prácticamente el mismo clima, no suelen disfrutar de esta sensación nuestra de retorno a la vida y a la luz. De nuevo -¡ay!- surge con fuerza ese vértigo presente en los opuestos y su fascinante elocuencia: luz y oscuridad, frío y calor, vida y muerte… Contrastes imprescindibles para ofrecer a nuestro cerebro un espacio donde disfrutar del placer de reconocerse vivo y frágil. Imagino que si en un futuro lejano desaparecieran estos cambios estacionales perderíamos esa capacidad y dudo que pudiéramos sustituirla por otra semejante. Ubicarse en un proceso de cambio cíclico, como este del clima, donde se hace imprescindible la memoria de lo pasado y su proyección futura, exige desarrollar una conciencia de continuidad no carente de incertidumbre y abonar el contraste de las percepciones, eso que alimenta lo que llamamos experiencia a nivel colectivo e individual. Tiempo, percepción y disparidad sincronizados dentro de una cartografía de la duda diseñada para adaptarse, anticiparse y sobrevivir.

Todo este preámbulo tan innecesario viene a colación, o eso creo, porque he recordado un acontecimiento que viví en mi juventud, el principio de una incertidumbre que me ha acompañado en el transcurso de la vida. Así que, en el caso de que usted padezca una mezcla más o menos heterogénea de aburrimiento, masoquismo y/o curiosidad, le ofrezco la posibilidad de seguir leyendo. Cada cual es libre de perder el tiempo como mejor le plazca.

Resulta que en el grupo de amigos de mi adolescencia, en esa etapa en la que vivir era sinónimo de explorar, hubo uno, Víctor, que desarrolló un cáncer renal incurable. Mientras la enfermedad le iba transformando en palidez amarillenta, cabeza sin pelo y sonrisa triste, la entereza y el ánimo que nos regalaba en cada visita crecían y le fueron rodeando de un halo invisible de grandiosidad que acabó contagiándonos a todos de una admiración y respeto inusuales. Su muerte nos zarandeó a todos. Más que por el gran vacío que nos dejó, que también, por una desconocida y extraña sensación de impotencia al haber perdido para siempre algo que, sospechábamos, no habíamos sabido valorar y retener adecuadamente, por esa incertidumbre sobre la posibilidad de sobrevivir íntegros tras aquella pérdida y por la insospechada vulnerabilidad ante eso que llaman la muerte. No me refiero a la muerte como realidad, ni como concepto al uso, me refiero a la muerte como amenaza, como inminencia permanente de una revelación cruel, inexcusable e invisible con la que deberíamos sobrevivir a partir de entonces. Durante mucho tiempo me arrepentí de todo lo que nunca le supe decir a Víctor.

Pasado algún tiempo, Pedro, otro amigo de la pandilla, me confesó que tendría que marcharse lejos con sus padres para siempre y que quería despedirse de mí. Recuerdo que en aquel momento me sobrecogió el mismo sentimiento de pérdida brusca e inevitable que había experimentado con la desaparición de Víctor y vi en Pedro a un amigo insustituible a quien no había tenido la ocasión de confesar lo importante que había sido para mí. Pero Pedro estaba allí aún y yo tenía ahora una oportunidad, quizá la última, para compartir con él mis sentimientos antes de su marcha y no tener que arrepentirme después. Entonces le abrí mi corazón y le confesé emocionado lo importante de su amistad, el afecto con el que le recordaría siempre, lo difícil que sería para mí no tenerle cerca ya nunca más y lo mucho que lamentaba no poder acometer con él tantos y tantos proyectos que en aquel momento imaginaba juntos. Cuando estaba a punto de echarme a llorar él sonrió burlonamente, todo había sido una broma. Pero no volvimos a vernos.

Ahora, en ocasiones, me siento deliberadamente junto a alguien, conocido o desconocido, en silencio, con la conciencia de que quizá no volvamos a vernos, y encuentro argumentos suficientes para no hablar de ello porque pienso que el mañana es tan solo un artificio de la mente cuando se asoma a la incertidumbre. Y me despido para siempre del presente diciendo un hasta mañana ficticio. Y si me sorprende una desaparición irreparable, exploro los segundos del último encuentro y la equívoca certidumbre de entonces en busca de una pista que me prevenga en el futuro, mientras alimento mi desapego por todo tipo de verdad y lloro de impotencia.

En estos momentos los alcorques se llenan de semillas y el sol amanece por entre los rascacielos de mi terraza, y llueve, y entonces pienso que seguramente algún niño se estará orinando ahora en la cama mientras sueña que es primavera. 

Quizá sea yo.

Aún.

Related Posts with Thumbnails