31 de julio de 2020

DESEQUILIBRIOS INESTABLES





"Ocurrió que por entonces llevaba casi cinco años conviviendo con un millennial (veintidós años más joven que yo), y a veces me encantaba y otras me exasperaba la manera de vivir de mi pareja y sus amigos, así como la de otros millennials que había conocido y tratado tanto en persona como a través de las redes. En los últimos años había tuiteado mi diversión y frustración bajo la etiqueta «Generación Gallina». Mis comentarios, muy generales, reflexionaban sobre la sensibilidad a flor de piel de los millennials, su sensación de tener derecho a todo, su insistencia en tener siempre la razón a pesar de las en ocasiones abrumadoras pruebas en contra, su incapacidad para considerar las cosas en su contexto, su tendencia general a la reacción excesiva y al optimismo pasivo-agresivo… Por cierto, todas estas faltas se cometían solo a veces, no siempre, y posiblemente venían exacerbadas por los medicamentos que muchos de ellos llevaban tomando desde la infancia por iniciativa de unos papás y unas mamás hiperprotectores que controlaban todos sus movimientos. Estos padres, ya fueran los últimos representantes del baby boom o los primeros de la Generación X, ahora parecían estar rebelándose contra su propia rebeldía porque nunca se habían sentido queridos por sus egoístas y narcisistas padres, auténticos hijos de la explosión de natalidad, y en consecuencia sofocaban a sus retoños y no les enseñaban a enfrentarse a las dificultades de la vida, esas que derivan de cómo funcionan la cosas en realidad: a lo mejor no le gustas a la gente, quizá esta persona no te corresponda, los niños son crueles, el trabajo es una mierda, cuesta destacar en algo, tus días se compondrán de fracasos y decepciones, no tienes talento, la gente sufre, la gente envejece, la gente muere. Y la respuesta de la Generación Gallina consistía en caer en el sentimentalismo y crear discursos victimistas en lugar de lidiar con la fría realidad peleando, asimilándola y superándola, y estar mejor preparado para manejarse en un mundo a menudo hostil o indiferente, al que no le importa que existas."

Bret Easton Ellis 
Blanco (fragmento)









"
Acepto, sin por ello militar en ningún grupo afín, la máxima de que la cantidad de prohibiciones capaces de ahogar a un individuo o sociedad sin generar asfixia irreversible ha de guardar equilibrio con una mínima cantidad de libertad en la que estos puedan seguir reconociéndose. Algunas consideraciones introducen matices nada despreciables. Por ejemplo, cierto grado de inmadurez puede hacer menos tolerable la restricción de algunos movimientos –adolescencia, millennial,…-, o el miedo a provocar daños a los seres queridos puede hacernos más capaces de tolerarlos. Ya sabemos por reiterado que la tendencia del poder de turno a autoproclamarse salvador de todos, especialmente en momentos trascendentes, le hace proclive a dotarse de una autoridad con vocación de incontestable, maximizando sus argumentos hasta los límites de la misma supervivencia de todos. La clarividencia oficial es un valor tan publicitado como inexistente. Bien es cierto que hoy en día, por mor de los medios y la tecnología, la facilidad de los responsables de turno para definir la realidad a su antojo es inmensa y puede conducirnos hasta la paranoia sin solución de continuidad, haciéndonos claudicar de la necesaria militancia hacia nosotros mismos y nuestra cordura, y sin apenas margen para ejercitar ese escepticismo saludable que dosifica la versión oficial de la verdad. Eso que llamamos crítica constructiva. 








Y para no irme por las ramas de nuevo –difícil propósito-, os confieso que, en lo que a mí respecta, el límite de instrucciones limitadoras está siendo propasado en exceso y sin el debido correlato de rectitud y cordura exigibles, hasta provocarme un conflicto de incompatibilidad entre ciertas funciones básicas que regulan la salud misma. Puntualizaré que, a mi modo de ver, resulta más que evidente que la muerte de los ciudadanos no es prioritaria para los legisladores, lo es el no colapsar el sistema sanitario y funerario. Sistemas claramente cuestionables desde el momento en que su organización depende y ha dependido de la gestión de los servicios sociales básicos a cargo de los políticos de turno. Así mismo, tampoco me parece que consideren fundamental la adopción de medidas encaminadas a evitar el contagio. Al menos hasta ese punto en el que entran en conflicto con el turismo y su trascendente efecto sobre la economía. Razón por la que hemos pasado desde el confinamiento más absoluto hasta la libertad incondicional para que cualquiera pueda venir desde cualquier origen sin ningún tipo de precaución. Y sigo refiriéndome a cuestiones que dependen de intereses y estrategias políticas que en muchas ocasiones van más allá de lo nacional y cuyas consideraciones excluyen como prioritario, aunque nos lo vendan así, al bien común. Sobre la desconfianza que me provocan otras muchas verdades oficiales sobre ciertos aspectos técnicos propios de las ciencias de la salud no diré nada ahora. 

Está bien, voy al grano. Más como confesión que como recomendación, os comunico que para contrarrestar parcialmente los efectos erosivos de tantos despropósitos estúpidos sobre mi libertad, he resuelto iniciar una serie de acciones reequilibradoras. Primero he decidido volver a fumar –llevo veinticinco años sin hacerlo-, pero orientado hacia el consumo de marihuana medicinal. He decidido, así mismo, entregarme con absoluta promiscuidad a los besos en la boca, incluida la lengua y con tendencia disoluta. También incluiré el dióxido de cloro dentro de mis abluciones diarias, por más que la FDA y la OMS lo desaconsejen. Usaré una mascarilla no homologada, fabricada en Corea del Norte, hasta que se rompan las gomas y la desinfectaré repetidamente con exabruptos y mindfulness. Tatuaré en mi pecho una frase de Bukowski, por ejemplo: “Hicimos el amor en medio de la tristeza”. Iré a bucear entre pecios y náufragos y violaré las distancias mínimas de seguridad con mi compañero de inmersión, incluso compartiré mi regulador de emergencia con todo aquel que sienta el más mínimo ahogo emocional, sin dudarlo ni un instante. Miraré a los demás como si estuviésemos aún en la antigua realidad y mostraré mi sonrisa a mascarilla descubierta. Me apuntaré a cualquier botellón que tenga a bien organizarse en la arena o allí donde sea posible antes de que las multas ahoguen nuestra ansia de intemperie. Diré más palabrotas que mi abuelo: joder, hostias, mierda, cabrones,… 






La muerte está sobrevalorada, los virus también. Son el pretexto. El poder de los políticos encierra intereses particulares inconfesables y sus leyes obedecen a ese oculto montaje. Y si no me creen simplemente observen adónde van a ir a parar los millones que han prestado a este gobierno para que él lo gaste y nosotros lo devolvamos. 

Es momento de apagar el sonido y atender sólo a los hechos. Miseria, paro, miedo, desesperanza, sufrimiento para la mayoría, enriquecimiento para los mismos de siempre. Una espada de Damocles sobre la paz. Mucho desequilibrio inestable, insoportable, con un gran centro de gravedad y muy poca base. 

Quiero suponer.
"








Imágenes de URBANIST






22 de julio de 2020

CIENCIA & CONCIENCIA


Khalik Allah
















"


No suelo otorgar certidumbre a la realidad por mucho que se muestre evidente, incluso la muerte certificada es a veces pura apariencia. Con el transcurrir de los años se me ha revelado que casi todo lo esencial en el hombre es y se ubica en un espacio invisible. Terreno propicio para la duda donde apenas puede uno asomarse a través de la mirada.



"Por su aspecto, aseado, agradable, afable, nadie habría deducido que la mente de aquél hombre invidente se debatiera en tales dudas: '¿Cuánto tiempo para lavar el dolor, cuánta lluvia para olvidarlo? Quizá tan solo para hacerlo soportable'..."


En mi consulta presencio en numerosas ocasiones una clara polarización, casi un conflicto vital, entre la realidad que el paciente confiesa vivir en su interior, dominando todo su tiempo y esfuerzo, y la que muestra en su vida cotidiana. Desentrañar de manera científica las claves de tales conflictos es mi trabajo y en esa intangible cartografía construyo las redes argumentales del diagnóstico clínico y del tratamiento psiquiátrico. Sin embargo, he de reconocer que adentrarme en el área donde confluyen la invisibilidad y la invidencia representa para mí un desafío tan apasionante como desalentador. Explorar al otro a través de sus ojos es una herramienta que siempre me ha parecido imprescindible para acceder a su mundo emocional.





"... Exploradme los ojos, y, perdidos, 
os herirán las ansias de los náufragos, 
la balumba de nortes ya difuntos, 
el solo bamboleo de los mares..." 

Rafael Alberti
Pamplinas (fragmento)








¿Por qué no me amas? 


Hay una versión de la realidad insidiosa, pertinaz, fría, semejante al saldo de mi cuenta bancaria. Números subiendo y bajando sus cifras a través de la superficie dentada de la contabilidad bancaria, luchando por no ahogarse, como un náufrago emergiendo una y otra vez en la inmensidad de un océano inmisericorde. 

Realidad es una palabra que me parece presuntuosa, arrogante, que hace ostentación de una superioridad impostada. Como esta moda febril que padecemos con la palabra evidencia. Si aceptamos que pueda existir un conflicto de certezas con la apariencia de lo real o lo evidente, aceptemos como mucho mayor su expresión cuando nos situamos directamente en la incertidumbre. Creo que sería oportuno definir en el futuro, si no lo estuviese ya, un espacio donde poder incluir todo aquello que es capaz de compartir en igual medida los atributos de lo real y lo irreal, de lo evidente y lo oculto. Allí me ubico y allí ubico también, sirva de ejemplo, al desamor. 

Indagar sobre el amor es un esfuerzo intelectual y emocional que ya preveo tan sugerente como predestinado al fracaso. Pero hoy no tengo nada mejor que hacer. Entro en este incierto universo, pues, disculpándome de antemano, para buscar las razones por las que no me amas, aunque bien podría resolverlo simplemente eliminando aquellas que en su día justificaron tu amor, o preguntándote. Dudo que pueda ser sencillo en cualquier caso. Para empezar, sin aún tiempo para recapacitar, ya adivino dos atributos que surgen de la alternancia existente entre ambos mundos aparentemente excluyentes, amor y desamor. Una cinética propia de la obsolescencia, que se me antoja inevitable para el análisis, y una complementariedad de los opuestos, esa que tan determinante resulta a la hora de perfilar sus esencias. Así mismo, casi de forma obligada, aparecen dos componentes más: tiempo y movimiento. El amor transitaría a través de aquel, puede que dotándole de unas cualidades ajenas a las que le otorga la física pura, trazando una trayectoria que no escaparía a la tentación de ser analizada según sus leyes. Movimiento, en suma, uniforme o no, variable en su dirección, sentido y aceleración. 

Sin embargo, a poco que nos adentremos en las leyes del movimiento de Newton, enseguida comprobamos que el amor no parece ajustarse a todos los principios de la mecánica clásica. Bien es cierto, y en esas fórmulas podríamos entretenernos, que la primera ley, llamada de la inercia, y la segunda, sobre la relación entre fuerza y aceleración, el amor y el desamor podrían encontrar ciertos paralelismos. Sin embargo, la tercera ley, acción y reacción, parece evidente que no se cumple, por cuanto el amor no genera necesariamente respuesta en el otro. Salvo que, desmontando la premisa de que el amor y el desamor sean opuestos, los reconozcamos como extremos de un mismo parámetro, como pueda suceder con la temperatura, o, más aún, consideremos el proceso amoroso como un cambio de estado de una forma de energía bajo el influjo o la acción de otras. De esta manera desmontaríamos las consideraciones relativas a su obsolescencia, pero no a la complementariedad, al tiempo y al movimiento. Esta implicación conjunta de la física, la química y las matemáticas nos posiciona más cerca de la realidad y nos permite estudiar el proceso amoroso bajo el prisma de la termodinámica. 

Por supuesto que la naturaleza del amor parece abarcar mucho más de lo que pueden explicarnos las ciencias puras. La biología engloba complejos mecanismos, de distinta índole y los sincroniza para una función determinada, casi siempre relacionada con la supervivencia. Por eso no es de extrañar que la biofísica o la bioquímica en sí mismas no sean suficientes para explicar un mecanismo biológico tan complejo. Aunque explorarlas sí que puede aportarnos una perspectiva necesaria. 

Definir el amor como un proceso según el cual un tipo de energía potencial, presente en el individuo, es capaz de transformarse en energía cinética para desarrollar un trabajo, sea del tipo que sea, bajo el efecto de una fuente de energía externa, de la naturaleza que sea, es posible que resulte un planteamiento excesivamente prosaico, pero se ajusta perfectamente a la primera ley de la termodinámica, sin excluir, ya digo, cualquier consideración respecto a la naturaleza de dichas energías y demuestra que, tal y como postula este principio, la energía siempre se conserva (Q=∆U+L; donde Q = Calor entregado, ∆U = Variación de energía interna, L = Trabajo realizado). (¿Planteo la posibilidad de que el sistema amoroso pueda funcionar opcionalmente como un sistema termodinámico cerrado o abierto, adiabático o no?) Además, me parece fascinante poder sugerir que la cantidad de energía amorosa del universo ha de mantenerse siempre constante, al margen de las variaciones que en un sentido u otro puedan acaecer en los sistemas aislados. Pero cumplir esta primera ley es insuficiente para determinar si el proceso puede ocurrir o no. Conceptualmente, y sin entrar en mucho detalle, la segunda ley de la termodinámica resulta mucho más elocuente por cuanto establece si la reacción (amorosa) es espontánea o no en función del grado de degradación de la energía que se produce en dicha reacción (entropía) y del calor liberado o absorbido a presión constante (entalpía), tal como queda reflejado en la fórmula de la variación de energía libre de Gibbs: ∆G=∆H-T∆S, donde G = Gibbs, H = entropía, T = temperatura, S = entalpía. Ya sé que parece complejo, pero un pequeño esfuerzo por comprenderlo puede ser necesario si queremos responder a la cuestión de si el amor o el desamor se producen de manera espontánea o no y en función de qué circunstancias. Observo cómo se van deslizando con cierta sutileza en el análisis parámetros como la temperatura, el volumen y la presión y ello me obliga, antes de hacer un inciso sobre las leyes de los gases ideales, a explorar el posible paralelismo entre estos y una supuesta naturaleza gaseosa del proceso amoroso. 

Para los estudiosos de las ciencias puras toda esta elucubración podría resultar excesivamente simplista, si no francamente tediosa. Lo comprendo. Para quienes se dedican al amor y sus planetas desde todos los prismas del poliédrico humanismo, un despropósito carente de fundamento. Pero creo que hay espacio suficiente para elucubrar desde los límites de la propia capacidad, con cierta rectitud, sin menospreciar a ningún otro planteamiento. Estoy seguro, esto me anima, que cualquier biofísico haría un ejercicio de reduccionismo máximo sin faltar a la verdad al afirmar que todo lo relativo al universo amoroso es fruto del transitar de los electrones, oxidación-reducción, pura electricidad. Pero aún falta mucho para llegar a este punto. 


(Fin de la primera parte)


















"El ha venido a buscarte y está aquí,
canción que te llama y quiere que vuelvas,
canción de dicha y de pesar
a partes iguales, promesa
hecha canción, promesa
de que todo será, allá arriba, distinto
a la última vez...
Hubieras preferido seguir sintiendo nada,
vacío y silencio; la estancada paz
del mar más hondo,
al ruido y la carne de la superficie,
acostumbrada a estos pasillos pálidos y en sombras,
y al rey que pasa por tu lado
sin pronunciar palabra.
El otro es diferente
y casi lo recuerdas.
Dice que canta para ti
porque te ama,
no como eres ahora,
tan fría y diminuta: móvil
y a la vez quieta, como blanca cortina
o soplo en la corriente
de una ventana a medio abrir
junto a una silla donde nadie se sienta.
Te quiere "real",
un cuerpo opaco,
sentir cómo se espesa
(tronco de árbol o ancas)
y el golpe de la sangre tras los párpados
al cerrarlos
la llamarada solar...
sin tu presencia no podrá sentir
este amor suyo...
Mas la súbita revelación
de tu cuerpo enfriándose en la tierra
fue saber que le amas en cualquier lugar
hasta en este sitio sin memoria,
este reino del hambre.
Como una semilla roja en la mano
que olvidaste que aprietas,
llevas tu amor...
El necesita ver para creer
y está oscuro.
Atrás, atrás..., le susurras,
pero quiere que vuelvas
a alimentarlo, Eurídice,
puñado de tul, pequeña venda,
soplo de aire frío,
no se llamará Orfeo
tu libertad..." 

Margaret Atwood
Eurídice




Feliz verano 2020


30 de mayo de 2020

LIBERTAD OLVIDADA


"Un hombre pierde la libertad, o el amor, o la vida, qué más da. 
En la cantina aún quedan rincones donde ahogar la impotencia con un trago. 
Junto a otros. 
Al fondo suena la música… "








"
En ocasiones juego a imaginar. Hoy lo hago intentando ponerme en la piel de aquellos soldados en blanco y negro, trincheras invernales empapadas de barro, niebla y sangre, que muestran los reportajes de la gran guerra. Ganas de sufrir innecesariamente. Haber sobrevivido en unas condiciones inhabitables, hasta el punto de volverse irreconocible ante uno mismo, es una experiencia que adivino similar a la de haber sido violado, como si un enemigo te hubiese desgarrado para siempre en el espacio más íntimo y personal. El intenso frío que se cuela entre los huesos, el olor profundo y vomitivo de la suciedad y la sangre, propias y ajenas, el doloroso cansancio en la espalda y las rodillas, el atronador sobresalto de las detonaciones, la humedad en los pies y las manos, el hambre, la sed, los parásitos, insectos y ratas impertinentes, la punzada constante del miedo en el vientre, la imagen atroz e imborrable de los cuerpos desmembrados,… y la sensación de no ser ya uno mismo, de estar cediendo al horror de la violencia, de estar olvidando a ese otro que uno era, del motivo por el que se lucha o se evita la muerte. 

Hoy he visto un vídeo hecho por un aficionado desde una ventana. En él un anciano anda por la calle sin mascarilla e interpela con gran vehemencia a los vecinos como si se tratase de la voz de la conciencia: “Nada hay más valioso que la libertad – grita-, salid a la calle, no seáis prisioneros del miedo, no seáis cobardes. Yo participé en la gran guerra y… ¿sabéis cuántos murieron para defender nuestra libertad, esta que os están robando?” Me ha sobrecogido. 

Últimamente, antes de esta pandemia, insistentes anuncios de una empresa que vende sistemas de alarma se colaban por todas partes. En ellos se introducía de manera sutil el miedo a ser robado si no se disponía de él. Confieso que la exagerada cantidad de anuncios que había en todos los medios de comunicación me hizo pensar en lo inadecuado de este tipo de publicidad que incide, casi sin darnos cuenta, en las zonas más vulnerables de nuestro subconsciente, sembrando el miedo más allá de lo razonable. 

Algo similar observo ahora respecto de esta pandemia. Desde todas las esferas de poder se alimenta un miedo que nos tiene paralizados. Hemos perdido los derechos fundamentales, por los que tantos ofrecieron su vida, a manos de unos gobernantes que se adjudican ese privilegio precisamente argumentando salvarnos la nuestra. Prohibiciones, multas, controles, amenazas y un estado de opinión que paraliza a una sociedad ya de por sí bastante hipnotizada y pusilánime. El resultado, pérdida de la libertad, del trabajo, de la relación con los seres queridos, del bienestar, con una consecuencia previsible, el rescate por otros países a cambio de aceptar unas condiciones que nos harán aún más esclavos y pobres, la introducción de unos sistemas de control de la ciudadanía que amenazan su intimidad y libertad futuras, algo impensable tan solo hace unos meses. 

¿Era necesario? Pues el número de muertes que está originando esta pandemia, no sabemos si deliberada, es similar al que provoca la epidemia de gripe de otros años. Bien es cierto que su alta contagiosidad ha saturado en poco tiempo el sistema. Pero en ello hay también mucho de imprevisión, de negocio en la privatización, el dimensionado y la utilización de los recursos. Porque poner camas y comprar respiradores y mascarillas es algo que depende del mercado, del dinero y de la logística -penosa-, pero tener personal cualificado para atender adecuadamente a los pacientes no se improvisa, ni se resuelve con dinero de la noche a la mañana. Igual que el adecuado cuidado de la inmunidad de los más vulnerables. 

¿Cuántos muertos vale la libertad? Muchos de aquellos que conocieron la posguerra han fallecido solos en un país de chovinistas, desmembrado por un sistema político que genera innumerables sabandijas enfrentadas, y una sanidad y unos asilos sometidos a la disciplina de las multinacionales de fondos de inversión. Ausencia de una conciencia y horizonte comunes. 

Los países son esclavizados generando deudas impagables, los ciudadanos mediante el miedo. Los que dieron su vida antaño para conquistar nuestra libertad de hoy no se merecen tanta cobardía. 

Imagino una trinchera llena de soldados dispuestos a morir por defender la libertad...
"



17 de mayo de 2020

¿Y POR QUÉ NO? ¡VOLEMOS!



Thomas Hoepker




"No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.

"
Oliverio Girondo











"
Tantas veces
te imaginé al otro lado de la puerta
que al abrirla cada día
cuidaba de no tropezar contigo.

Tantas veces
me acerqué hasta la mirilla
creyendo que habías llamado
que pude llegar a verte.

Tantas veces
me dije que no me querías
para matarte y olvidarte
que se hizo evidente.

De alguna manera 
tu ausencia hoy ya no me inquieta
 a pesar de recordarte aún
tantas veces
"

Claudia Shöder (PS)













"
¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!

Por tu amor me duele el aire,
el corazón
y el sombrero.

¿Quién me compraría a mí
este cintillo que tengo
y esta tristeza de hilo
blanco, para hacer pañuelos?

¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!

"
F. García Lorca









25 de abril de 2020

UNA GRAN MENTIRA






“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.”

Miguel de Cervantes












"El almendro ha florecido sin miradas. Y algunos se han ido para siempre sin tiempo para reparar en ello. Las segundas oportunidades se asoman a los balcones con el anhelo de empezar una nueva primavera llena de flores, libros y niños jugando en los parques. Pero hay un enemigo atroz, invisible e inverosímil que paraliza nuestra capacidad para vivir sin miedo.

Por suerte soy anestesiólogo. Por suerte puedo participar en la lucha. Cuando todos desean salir de sus hogares, yo no encuentro el momento para volver al mío. Estoy encerrado con un ejército de locos, valientes o temerarios, qué más da, que creen que no hay nada más importante en sus vidas que vencer al enemigo común, cueste lo que cueste. Y así, muchos, como perdiendo el juicio, han apostado su vida y la han ganado perdiéndola. Héroes destinados al olvido de un naufragio económico que arrasa con todo. La naturaleza inhumana que también somos.

Los colores del miedo y la gratitud coinciden dentro de nosotros, junto a otros muchos sentimientos, generando distintas tonalidades. Cuando veo a mis vecinos aplaudir cada tarde sé que agradecen sinceramente el sacrificio de quienes, en muchos casos, preferirían que se mantuviesen lejos de ellos y de sus familias. Seguramente esta manifestación externa también sea, puede que prioritariamente, un tipo de duelo, una forma de autoterapia, la manera de gestionar y compartir toda esta frustración y dolor que se nos acumula dentro sin saber qué hacer con ella.

Hoy un compañero me ha enviado una nota pidiéndome que la compartiera. En ella se invita a los ciudadanos a mantener un minuto de silencio, en vez de aplaudir, como queja ante la situación de desprotección en la que nos vemos obligados a trabajar los profesionales de la salud. Creo sinceramente que quien ha tenido esta idea desconoce la naturaleza humana. Una cosa es aplaudir, reactivo y con matices terapéuticos, y otra muy distinta quejarse, proactivo y con tintes políticos o corporativos.

La mayoría prefiere ignorar, a pesar de haber sido repetido hasta la saciedad, que nuestra remuneración salarial es ridícula y que las garantías de seguridad y actuación profesional terminan en la mesa de las gerencias, obedeciendo en gran medida a intereses ajenos a pacientes y profesionales, dentro del margen de lo imprescindible para guardar la apariencia de las formas. La política y la empresa son pura impostura.

Un destacado deportista de una disciplina “menor” se quejaba del enorme desequilibrio que existe entre la atención, económica, que se le da al fútbol y la que reciben otras actividades deportivas en las que también destacamos internacionalmente. El gurú de turno le contestaba que gracias al éxito del fútbol se pueden mantener otros deportes y que gracias a lo que cobran sus figuras se puede mantener el interés por el fútbol. La necesidad de un cambio de paradigma es evidente. Algo similar diría sobre la sacralización de la empresa privada y su capacidad para dar sustento, crear empleo y riqueza. En ambos casos, deporte y empresa, se hace evidente la necesidad de poner límite a ese creciente abismo que se genera entre los unos y los otros.

Quisiera, no obstante, dejar claro que muchas conductas sociales gregarias obedecen a una cultura de país que, tanto para lo malo como para lo bueno, nos define y condiciona en lo humano. Distintos son aquellos que, aprovechando el río revuelto, manifiestan una conducta miserable. Un tipo peculiar de toxicidad, que fomenta esta terrible competitividad y desmedida ambición en la que vivimos, mucho más frecuente y extendida de lo que podría parecer.

Desde el principio he podido apoyar con mi trabajo a las UCIS, tanto de centros privados como públicos, en función de las cambiantes situaciones que se han vivido con el aumento de la carga de trabajo y de las bajas de mis compañeros infectados. Hemos trabajado a destajo y vivido situaciones dramáticas, como corresponde a esta tarea que ejercemos, y ante una enfermedad desconocida, grave y sin un tratamiento eficaz conocido. La diferencia entre los recursos que he visto y sufrido entre los centros públicos y privados ha sido abismal. Puede que no haya sido así en todos los casos, yo hablo de mi experiencia. Baste decir que los protocolos que se han diseñado sobre seguridad podrían constar de 60 folios en la pública, creados por equipos multidisciplinares, mientras que en la privada podrían ser de un renglón: “lo que decida la gerencia”. O que el ratio de profesionales en la pública, tres o cuatro pacientes por especialista, dista mucho del de la privada, hasta seis o más pacientes por especialista. Extenderme en detalles sería aburrido por extenso y técnico. Mostrar mi descontento por la ausencia de lo básico me ha ocasionado ser excluido de algún centro. No sólo han faltado, y faltan, EPIS, respiradores, medicación, colchones antiescaras, humidificadores, test fiables, etc., también y fundamentalmente profesionales. Ni cualquier respirador vale, ni cualquier profesional. La situación llegó a ser dramática por desbordar la ya mermada capacidad de un sistema que lleva años siendo desmantelado.

La televisión muestra camas en el IFEMA, aplausos en las ventanas, agradecimientos por todas partes y alaba el esfuerzo de una sanidad y una sociedad modélicas. Los muertos no se quejan, nunca lo harán. La culpa no es de nadie. Aquella realidad, como tantas otras veces, tiene estructura de anuncio publicitario para vendernos una versión tan falsa como amable. Una gran y vergonzosa mentira. Y nada hace suponer que en el escenario económico pueda suceder algo distinto.

Mi reconocimiento y admiración hacia enfermeras, auxiliares, celadores,... nunca podremos pagarles ni agradecerles lo suficiente el trabajo que han realizado y aún realizan. Frente a la entrega y el sacrificio de unos, la vileza e hipocresía de otros. Tenemos que cambiar si no queremos que todo esto se repita."








"Levantóse en esto don Quijote y, puesta la mano izquierda en la boca, porque no se le acabasen de salir los dientes, asió con la otra las riendas de Rocinante, que nunca se había movido de junto a su amo —tal era de leal y bien acondicionado, y fuese adonde su escudero estaba, de pechos sobre su asno, con la mano en la mejilla, en guisa de hombre pensativo además. Y viéndole don Quijote de aquella manera, con muestras de tanta tristeza, le dijo:

—Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca. Así que no debes congojarte por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe parte dellas."

Miguel de Cervantes 
Don Quijote 
Capítulo XVIII





Related Posts with Thumbnails