25 de diciembre de 2013

ECOS NAVIDEÑOS



FELIZ NAVIDAD






NEIL HILBORN


“La primera vez que la vi…
Todo en mi cabeza se silenció
Todos los ticks, las imágenes constantes desaparecieron.
Cuando tienes trastorno obsesivo compulsivo en realidad no tienes momentos callados.
Inclusive en la cama estoy pensando:
¿Cerré las puertas? Sí
¿Me lavé las manos? Sí
¿Cerré las puertas? Sí
¿Me lavé las manos? Sí
Pero cuando la vi, la única cosa en la que pude pensar fue en la curva de la horquilla de sus labios.
O la pestaña en su mejilla–
La pestaña en su mejilla–
La pestaña en su mejilla.
Sabía que debía hablar con ella
La invité a salir seis veces en treinta segundos.
Ella dijo que sí después de la tercera,
pero ninguna de las veces que pregunté se sintió bien así que tenía que seguir haciéndolo.
En nuestra primera cita,
pasé más tiempo organizando mi comida por colores de lo que pasé comiéndola o hablando con ella.
Pero le encantó.
Le encantaba que tuviera que besarla para despedirme 16 veces, o 24 si era miércoles.
Le encantaba que me tomaba todo el tiempo caminar hacia casa porque había muchas grietas en la banqueta.
Cuando nos mudamos juntos ella dijo que se sentía segura,
como si nadie nos fuera a robar porque definitivamente había cerrado la puerta 18 veces,
Yo siempre veía su boca cuando hablaba–
Cuando hablaba–
Cuando hablaba–
Cuando hablaba–
Cuando hablaba;
Cuando me dijo que me amaba, su boca se curveaba hacia arriba en los bordes.
En la noche ella se acostaba en la cama y me veía apagar todas las luces, y prenderlas, y apagarlas, y prenderlas, y apagarlas, y prenderlas, y apagarlas, y prenderlas, y apagarlas, y prenderlas, y apagarlas, y prenderlas, y apagarlas, y prenderlas, y apagarlas, y prenderlas, y apagarlas, y prenderlas, y apagarlas, y prenderlas, y apagarlas.
Ella cerraba los ojos y se imaginaba que los días y las noches pasaban frente a ella.
Algunas mañanas empezaba a besarla para despedirme y ella sólo se iba porque estaba haciéndola llegar tarde al trabajo.
Cuando me detenía en las grietas de la banqueta ella seguía caminando.
Cuando me decía que me amaba su boca era una línea recta.
Me dijo que estaba tomando mucho de su tiempo.
La semana pasada empezó a dormir en casa de su madre.
Me dijo que nunca debió dejarme apegarme tanto a ella; que todo esto fue un error,
pero… ¡¿Cómo podría ser un error que no tenga que lavarme las manos después de tocarla?!
El amor no es un error y me está matando que ella pueda salirse de esto y yo no.
No puedo–
No puedo salir y encontrar a alguien nuevo porque siempre pienso en ella.
Usualmente, cuando me obsesiono con algo, veo gérmenes escabulléndose en mi piel.
Me veo a mí mismo siendo atropellado por una infinita línea de coches.
Y ella fue la primera cosa hermosa en la que alguna vez me he estancado.
Quiero despertar todas las mañanas pensando en la manera en la que agarra el volante.
Cómo mueve las manijas de la regadera como si estuviera abriendo una caja fuerte.
En cómo sopla las velas–
cómo sopla las velas–
cómo sopla las velas–
cómo sopla las velas–
cómo sopla…
Ahora sólo pienso en quién más está besándola.
No puedo respirar porque él sólo la besa una vez­– ¡No le importa si es perfecto!
La quiero de regreso tanto que…
Dejo la puerta sin cerrar.
Dejo las luces prendidas”.













ECOS NAVIDEÑOS



“Entré en la nave central y le vi sentado junto a la ventana, escribiendo. La sombra de los barrotes dibujaba rallas grises en su rapada cabeza donde apenas se adivinaba un pelo canoso y fuerte. Inclinaba su cuerpo exageradamente sobre el papel como si tuviera dificultad para ver las letras o como si quisiera besarlas y su cuello mostraba un tatuaje rojo ya borroso. Pudo ser un nombre. A cada momento chupaba el bolígrafo y la tinta le manchaba los labios del mismo azul que tenía en los dedos. Me fijé en él porque destacaba entre los demás por su serenidad. Desentonaba claramente en aquel ambiente enrarecido e impersonal en el que multitud de internos iban de un lado para otro sin un destino claro. Me acerqué con ciertas reservas y le pregunté si podía enseñarme lo que estaba escribiendo. Sin mirarme, cambiando bruscamente el semblante y ostensiblemente asustado, extendió el brazo con el papel y me lo ofreció. “¡Yo no fui!”, me dijo, y se alejó rápidamente, como queriendo evitar un castigo y sin darme apenas tiempo para dirigirle alguna palabra. La anécdota me llamó poderosamente la atención entonces y si no lo publiqué fue porque no me pareció encontrar en aquel escrito nada digno de mención. No obstante creo oportuno compartirlo ahora, sea como mera curiosidad.



En el papel, manuscrito, un encabezado en mayúsculas decía “TOBOGÁN DE PALABRAS URGENTES” y después continuaba así:

















“Él no tenía razón. Más que un divertido juego de velocidad, el tobogán fue para mí un juego de percepción, al principio, un experimento, después. Ver pasar el mundo resbalar atropelladamente sin ninguna posibilidad de ser atrapado me sumergía en un vértigo indescriptible, lo recuerdo muy bien, y luego la urgencia por describirlo mientras aún permanecía en mí la fascinación. Mi padre no se explicaba por qué yo salía corriendo. Pero aquello representaba un precipicio que me exigía construir inmediatamente un puente de palabras para poder atravesarlo. Fue por aquel entonces cuando la percepción y las palabras comenzaron a engañarme. Te lo he dicho muchas veces, te lo dije en mi última carta. También te dije hace tiempo que desde entonces los toboganes se burlan de mí de una forma cruel. Puede que esté enloqueciendo.

Ahora, por ejemplo, cuando leo un mapamundi tengo la impresión de estar ante una asombrosa cartografía de grietas abiertas de donde brotan océanos de agua salada, como si de hemorragias no cohibidas se tratara. No es como los labios, no. Ellos están juntos pero no son uno, una es la boca. Yo hablo de los bordes de una herida. De acantilados sobrevenidos tras un seísmo y condenados a cicatrizar irremisiblemente en un tiempo imposible. Las imágenes se deshacen al caer del tiempo y vuelven a reconstruirse al llegar al suelo. Como cuando nosotros rodábamos agarrados el uno al otro.

Quizá, me digo, no se busquen como tú y yo hicimos, bien por ignorar su recíproca ausencia, bien por confiar en su inviolable continuidad. Entre tanto, aparentando resolver tal incertidumbre, observo cómo entre ambos acecha la sangre rutilante como si este fuera su destino fatal a evitar y la inadvertida vocación de borde se revela como ineludible. Mas podría esa quiebra ser sólo conjetura, como la alucinación de un abismo para invidentes, porque el impulso natural que los conduce al reencuentro los hace inmunes a la distancia. Tampoco importa si después queda una cicatriz donde hubo lisura, nueva conciencia de reciprocidad con ellos mismos. Yo mismo me reconozco a veces en los bordes de múltiples heridas abiertas. Otras, incluso lo hago en imposibles geografías de ausencias improbables.

Ante tan prescindible elucubración, imagino a dios recreando el concepto de espacio urgente. Idea que define a una distancia con propiedades reservadas hasta ahora al tiempo. Y a la voluntad. Si la sangre no se acumula rápidamente en ese apremiante espacio entre los bordes, si no lo hiciesen las palabras urgentes, la reparación sería imposible. Te lo dije aquella tarde: “los acantilados conocen el poder que restaura los precipicios, a diferencia del mar que ahonda en la herida con cada marea, porque en ellos asientan los puentes”. Y me escuchabas con devoción aunque ambos sabíamos que siempre fuiste tú quien supo cerrar las heridas que yo abría. Salvo quizá la última.

No sé porqué te escribo todo esto ahora. Déjame que lo adivine. En algún momento me convertí en un borde huérfano, de esos que increpan con amargura a una ausencia insoportable, un borde que reniega de su propia naturaleza, niño intentando subir por un tobogán contra la gravedad. Me siento consternado, zarandeado por esta distancia nuestra y bajo el vértigo de una velocidad infame por la que nos precipitamos sin que yo pueda atraparte con mis palabras. Cada visita tuya parece la última. Y el vaivén de tu menudo cuerpo se va apagando sin que yo pueda evitarlo. Te dije que no volvieras y sin embargo sigues haciéndolo cada veinticinco de diciembre… 



‘Te veo alejar/Desde esta ventana/Y resbalar por tu espalda/Mi adiós/Llevas el peso/Arrastran tus hombros/El desamor áspero/Del olvido/Imaginando pétalos/El color y la forma/Hebras imposibles/De firme esperanza/Deslizas tu dolor/Cae embravecido/Choca al suelo y estalla/En espuma de anhelo/No más desconsuelo/Mi valiente borde/No mires abismos/Contornos o recipientes/Soy yo/Somos tú/En trance muerte sedienta/Mi fría memoria ausente/Te deja escapar/Dedos inútiles de manos rotas/Por donde pierdo tu aliento/A nuestro pesar/Para siempre…’



Mi puente… mi borde… mi tobogán… mi herida…”
















Las pinturas son de Benjamín García

5 comentarios:

César dijo...

He sacado en claro que al amor todo lo cura, incluso a un maníaco compulsivo.
Poco más tarde he comprendido que el amor es una lata, es una lata, es una lata..y puede oxidarse.
Hay que engrasarlo, hay que engrasarlo, hay que engrasarlo, hay que engrasarlo...
Felices Fiestas y días de diario...!

Berni dijo...

Deseo, compulsión, vértigo, fascinación, abismo...palabras que convergen en una sola: Amor.

Espero que el año entrante nos sigas deleitando con tus magníficas composiciones de literatura, fotografía y arte con mayúsculas. Y que tú disfrutes, como creo que hasta ahora haces, tanto en su creación, como con el hecho de compartirlas con todos los que visitamos este excepcional blog.
Feliz 2014 para ti, Javier, y para todos los seguidores de Ámbitos propios.
Gracias

Anónimo dijo...

Una semana de vacaciones en Navidad, con la familia, casi siempre alrededor de la mesa, agota un poco.
¡Y ya en en nuevo año, quiero enviar mi agradecimiento a este blog y a todos sus seguidores cuya compañía ha sido tan amena y enriquecedora durante todo el año 2013!.
Muchas gracias Javier, por el trabajo tan variado, tan cuidado, y tan especial de este entrañable blog.
Deseo que en este nuevo años, se cumplan sus sueños, que cada día sea tan bonito, tan intenso y tan lleno de felicidad que colme sus ilusiones y anhelos.
Los mismos deseos para todos los amigos y visitantes de este blog.
FELIZ AÑO 2014.
Un fuerte abrazo.
María de la Cal.

José Alfonso Romero P.Seguín dijo...

La tentación de ser precipicio, de ser un rompiente, sin otra orilla que el desnudo horizonte se bate furiosa con la imperiosa necesidad de ser accesible al paso de los demás hombres, de ser posible de cruzar en todas las direcciones para que nadie pueda alegar ignorancia frente a nuestro desamparo, para que nadie nos pueda ignorar o suicidarse desde la altura de nuestra necedad.
Entre el miedo a la invasión del intruso y el terror de ahuyentar al amigo no se interpone sino la voluntad, la libre aceptación de la visita, pero qué es la voluntad en el lenguaje de las puertas, nada. Las puertas son la negación de la voluntad, no la tienen, abren y cierran y todo lo creado lo sabe, también lo imaginado, luego si cierras sabrán que lo haces y si las abres sabrán que lo has hecho. Y nosotros no queremos que sepan, queremos que entren sin saber y que sin saber se queden fuera.
“Puentes de palabras” qué otra cosa tenemos lejos del farallón de carne que somos, solo la palabra es capaz de explicarnos hasta ese elemental extremo de hacernos visible y posible para los demás. Están, es cierto, las caricias, la gestualidad, pero que son ellas sino palabras dichas con otras bocas, bocas de otras necesidades.
FJavier, la belleza es en ti una obsesión compulsiva, la frecuentas con la naturalidad con que lo hace aquel que padece esa neurosis y como es así a ti acudo y me repito, y me repito, y me repito.
Gracias amigo.
Recibe un fraternal abrazo.

40añera dijo...

El Amor ese compendio de todo lo sentido y por sentir...
el amor el que todo lo lo cura y todo lo enferma...
el amor que eleva y hunde...
EL AMOR..

UN BESO CABALLERO

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