18 de junio de 2014

BRUMA QUE SOY

" Estabas siempre aquí, en el paisaje. 
Y en él sigues, en medio de este asombro 
del tiempo que tan sólo es lo que fuimos, 
un cielo quedo sobre el mar del día. 

Súbitamente en despedida vives, 
libre de sueños, simple visitante 
de aquello que te apresa y de su inmóvil 
y efímero remanente, leve y humano. 

Las regatas al sol de la penumbra 
donde abría ventanas. Y desde entonces 
acudo al campo de tréboles, esperándote. 

Lo que ya fue persiste en lo que aún tengo: 
la ropa en el tendal, el muro, las palomas, 
todo es perenne al abrigo de nuestra mirada. "

Alberto Costa e Silva
Soneto a Vera











“Estábamos escuchando una canción de jazz tranquilamente mientras yo le pintaba las uñas al ritmo de la música, “a time for love” de Shirley Horn, cuando en un momento determinado y entre dos notas vocales se ha deslizado una especie de quejido de contrabajo que no existe en la versión original y que resulta muy incómodo. Me he distraído y he manchado su butaca preferida. Le digo que ese efecto seguramente se deba a un arañazo en el vinilo que, por lo demás, tiene ya más que justificado por su edad una impronta accidental de tales características. Mientras, intento disimular la mancha sin éxito. Pero ella dice que no, e insiste con una vehemencia que parece querer reprobar mi torpeza. Bendita terquedad, me digo. Soy músico y podría asegurar casi con toda certeza que tengo razón, pero ante mis argumentos técnicos ella despliega una serie de consideraciones emocionales y estéticas que terminan por transformar una simple canción de jazz en el “himno perfecto para un sentimiento complejo imposible de definir con palabras” y en la que aquel imprescindible sonido representa precisamente el clímax máximo. Me regaña. Y, además, por si no hubiera quedado suficientemente claro, se acerca y me lo repite al oído en tono condescendiente mientras me sujeta por la cintura con fuerza. El olor de una cercanía tan sensual mientras escucho esa música canalla de fondo, esa voz desgarrada abriéndose paso entre la despiadada discusión del piano, el bajo y la batería, me ha sugerido el vértigo de lo que podría ser caer libremente por un agujero negro y me han asaltado el desasosiego y la ingravidez. O al menos es así como lo imagino en este momento cuando el calor de la adrenalina sube por mis venas. En medio de tal aturdimiento, sin apenas pensar, le he dicho que estoy harto de tener que darle siempre la razón y me he dirigido al disco como alma que lleva el diablo, lo he cogido bruscamente y lo he tirado por la ventana. En aquel instante previo a soltarlo de mis manos ya comprendía el amargo tamaño de mi error y me invadían la culpa y la impotencia. Es entonces cuando, sin tiempo para decir palabra, entre gritos y lamentos, se acerca corriendo gesticulando como si fuera a mandarme tras el vinilo por esa misma ventana, cierro mis ojos para aguantar el envite, y se arroja sobre mí maldiciéndome y besándome con una furia y pasión desmedida. Shirley Horn sigue sonando al fondo, sus labios me despiertan súbitamente de la pesadilla y compruebo que no ha sido más que una alucinación. Hacía tiempo que no nos amábamos así. Me gusta esta música, puede que sea por eso. Me gusta ella, quizá por el mismo motivo. Me gusta entretenerme en las uñas de sus pies de jazz.”




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