21 de septiembre de 2020

OLEAJE ESMERILADO DE AUSENCIAS









"De lona y níquel, peces de las nubes,
bajan al mar periódicos y cartas.
(Los carteros no creen en las sirenas
ni en el vals de las olas, sí en la muerte.
Y aún hay calvas marchitas a la luna
y llorosos cabellos en los libros.
Un polisón de nieve, blanqueando
las sombras, se suicida en los jardines.
¿Qué será de mi alma, que hace tiempo
bate el récord continuo de la ausencia?
¿Qué de mi corazón, que ya ni brinca,
picado ante el azar y el accidente?
Exploradme los ojos, y, perdidos,
os herirán las ansias de los náufragos,
la balumba de nortes ya difuntos,
el solo bamboleo de los mares.
Cascos de chispa y pólvora, jinetes
sin alma y sin montura entre los trigos;
basílicas de escombros, levantadas
trombas de fuego, sangre, cal, ceniza.
Pero también, un sol en cada brazo,
el alba aviadora, pez de oro,
sobre la frente un número, una letra,
y en el pico una carta azul, sin sello.
Nuncio -la voz, eléctrica, y la cola-
del aceleramiento de los astros,
del confín del amor, del estampido
de la rosa mecánica del mundo.
Sabed de mí, que dije por teléfono
mi madrigal dinámico a los hombres:
¿Quién eres tú, de acero, estaño y plomo?
-Un relámpago más, la nueva vida."

Rafael Alberti
Pamplinas









"Me agarro al cabo con fuerza intentando mantener el equilibrio mientras la embarcación salta como un caballo salvaje. La costa se pierde a lo lejos en el horizonte tras cada ola y la corriente y el viento nos alejan del punto de amarre. La respiración y los latidos se vuelven audibles atenuando el ruido del viento sobre la cara. Mascarilla, aletas, botella abierta, … Entonces, antes de saltar al agua, intento detener el tiempo unos instantes, respirar profundo con el abdomen, tengo que ahorrar esfuerzo y aire. Se adivina un agua turbia y poca visibilidad, lo más seguro en estos casos, me digo, es desplazarse agarrado al cabo que rodea el exterior de la embarcación. Nuestro guía da las últimas instrucciones al grupo y designa a los compañeros, pero no se le oye con nitidez: "bajad despacio por el cabo y permaneced en el fondo hasta que estemos todos". Las olas escupen su espuma salada hasta la boca, nos miramos, ha llegado el momento. No, no hay miedo. Sé por experiencia que en estas condiciones la profundidad es el lugar más seguro. Además, el miedo es el peor compañero de inmersión, te hace consumir demasiado aire, cansarte, poner en peligro la vida de los demás y, en el mejor de los casos, impedirte disfrutar del placer que hay en esta experiencia casi sobrenatural de ingravidez y silencio. Es mi turno. Me arrojo al agua lanzándome de espaldas como quien se deja caer en un abismo, enseguida me dirijo a proa en busca del cabo de amarre. La visibilidad es escasa y al llegar encuentro a los demás apelotonados intentando mantenerse sujetos, entonces me alejo del peligro buscando la profundidad y allí espero, acunado por el mar de fondo, la llegada de mi compañero de inmersión. 

A muchos esta escena les parecerá angustiosa. Ya de por sí el miedo a no poder respirar lo es. Cosas del instinto. Cuando la naturaleza se muestra violenta se hace más evidente aún nuestra gran vulnerabilidad. Un medio adverso para el hombre capaz de activar los mecanismos de un estrés que es necesario controlar. La adrenalina disminuye nuestro campo visual, aumenta nuestro consumo de oxígeno, pone en marcha mecanismos endocrinos y metabólicos orientados a la huida o a la lucha y nos impide pensar con nitidez. Todo ello configura un panorama muy peligroso en el buceo. No dudo que también lo sea en otras situaciones. De alguna manera podríamos considerar que esta actividad representa un tipo de terapia conductual encaminada a entrenarse en la evitación o el control del miedo. Sus claves son: un adecuado conocimiento de la técnica y del medio, cierta experiencia y entrenamiento, la capacidad para abstraerse y concentrase de forma metódica en cada paso, ser riguroso con las reglas, vivir intensamente el momento presente y mantener una actitud placentera. Silencio, ingravidez, relajación, un paseo, entre seres asombrosos, en paisajes inverosímiles, dejándose llevar por las emociones hasta olvidar que se está buceando. Como un paseo en coche cuando la conciencia se traslada al paisaje. 

Os cuento todo esto por dos razones. Una es que la mampara de mi ducha imita un cristal empañado, lleno de gotas de agua. Al mirar a su través se produce un efecto lupa que amplifica y deforma la visión del cuarto de baño. Por alguna extraña razón mirando a través de una de ellas, hoy, me ha venido a la cabeza ese mismo efecto cuando se produce en las gafas de buceo y se me han disparado los recuerdos. La cabeza es así de caprichosa. 

La otra razón es que encuentro un cierto paralelismo entre el manejo del miedo en el buceo y su manejo en esta pertinaz pandemia, por un lado, y entre la deformidad que se provoca en la realidad cuando se observa a través de las gotas de agua y la que provocan los medios de comunicación. 

Que el 98 % de las personas con COVID-19 se curan por sí solas no lo digo yo, lo dice Larry Corey, máximo responsable de la investigación farmacológica contra el coronavirus en EEUU. Aunque aún es pronto para cotejar datos, sabemos que la gripe estacional afecta cada año entre un 10 % y un 20 % de la población mundial, causando alrededor de 3 a 5 millones de casos graves y entre 290.000 a 650.000 muertes en todo el mundo (datos de 2018). La fiabilidad de los datos está en consonancia con la fiabilidad de los políticos y los países, por lo que es muy difícil saber si alguna vez conoceremos la verdad de las cifras. No es lo mismo fallecer DE coronavirus que hacerlo CON coronavirus. La gripe estacional se acerca y el batiburrillo de virus y de complicaciones no hará sino evidenciar más aún las carencias que tenemos como país y cuyos responsables prefieren hacernos ver lo culpables que somos de que todo esto suceda mientras ellos velan por nuestra salud. Las noticias van dirigidas más a crear un estado de opinión propicio a la obediencia ciega que a informar con criterio. Hay que mantener suficiente cantidad de miedo circulando como para que nadie se salte las normas que cada minifundio va improvisando. Bajo el telón de fondo de la consabida economía, con su crisis, sus parados, sus inciertas y mal repartidas consecuencias, la realidad se deforma lo suficiente como para no ser reconocible. La mirada sigue estando dirigida a una vacuna milagrosa, cuando la evidencia demuestra que lo único que funciona contra este virus es la inmunidad. Mejorar la situación inmunológica de la población, más la de riesgo, debería de ser prioritario. El confinamiento es una medida política, el aislamiento respiratorio lo es médica. Encerrar a personas sanas no es sano, impedir que los niños jueguen juntos tampoco lo es. Prohibir a los ancianos ver a sus seres queridos y recibir el cariño de sus nietos se me antoja que tendrá un efecto pernicioso sobre sus vidas peor que el del mismo virus. 

El miedo a la enfermedad y a la muerte nos enferma y nos mata. Muchos sanitarios están de baja atenazados por el miedo incontrolable que sienten. Otros lo están porque el desprecio con el que han sido tratados a través de contratos y sueldos vergonzosos no les compensa del sacrificio personal que se les exige. Los intereses de esta hipoteca que representa el miedo son crecientes y nos despojan de lo esencialmente humano que hay en la cercanía de los demás, mientras el poder engorda su ego con la libertad que nos quita. 

Respiremos profundo, dejemos que el miedo se transforme en serenidad y prudencia, no en esclavitud. Ahuyentemos el temor a la enfermedad y a la muerte, cuidemos a los más débiles y vivamos sin perder de vista una obviedad esmerilada: que la constitución y las leyes están para servir al pueblo y no para servirse de él. No hay forma de desmontar ni la incertidumbre ni la perplejidad, lo sé, pero podemos respirar hondo, con el abdomen, serenarnos y vivir este tipo de esclavitud que nos imponen los poderosos sin gastar adrenalina. El estrés afecta negativamente a la inmunidad. Tomad vit. D y vit. C, a dosis farmacológicas, Mg., Selenio y Zinc, dormid bien, haced un poco de ejercicio de musculación y purificad vuestra vida buceando en un mar lleno de afectos y ternuras. Que nada nos distraiga del placer de estar vivos. Sin miedo."








31 de julio de 2020

DESEQUILIBRIOS INESTABLES





"Ocurrió que por entonces llevaba casi cinco años conviviendo con un millennial (veintidós años más joven que yo), y a veces me encantaba y otras me exasperaba la manera de vivir de mi pareja y sus amigos, así como la de otros millennials que había conocido y tratado tanto en persona como a través de las redes. En los últimos años había tuiteado mi diversión y frustración bajo la etiqueta «Generación Gallina». Mis comentarios, muy generales, reflexionaban sobre la sensibilidad a flor de piel de los millennials, su sensación de tener derecho a todo, su insistencia en tener siempre la razón a pesar de las en ocasiones abrumadoras pruebas en contra, su incapacidad para considerar las cosas en su contexto, su tendencia general a la reacción excesiva y al optimismo pasivo-agresivo… Por cierto, todas estas faltas se cometían solo a veces, no siempre, y posiblemente venían exacerbadas por los medicamentos que muchos de ellos llevaban tomando desde la infancia por iniciativa de unos papás y unas mamás hiperprotectores que controlaban todos sus movimientos. Estos padres, ya fueran los últimos representantes del baby boom o los primeros de la Generación X, ahora parecían estar rebelándose contra su propia rebeldía porque nunca se habían sentido queridos por sus egoístas y narcisistas padres, auténticos hijos de la explosión de natalidad, y en consecuencia sofocaban a sus retoños y no les enseñaban a enfrentarse a las dificultades de la vida, esas que derivan de cómo funcionan la cosas en realidad: a lo mejor no le gustas a la gente, quizá esta persona no te corresponda, los niños son crueles, el trabajo es una mierda, cuesta destacar en algo, tus días se compondrán de fracasos y decepciones, no tienes talento, la gente sufre, la gente envejece, la gente muere. Y la respuesta de la Generación Gallina consistía en caer en el sentimentalismo y crear discursos victimistas en lugar de lidiar con la fría realidad peleando, asimilándola y superándola, y estar mejor preparado para manejarse en un mundo a menudo hostil o indiferente, al que no le importa que existas."

Bret Easton Ellis 
Blanco (fragmento)









"
Acepto, sin por ello militar en ningún grupo afín, la máxima de que la cantidad de prohibiciones capaces de ahogar a un individuo o sociedad sin generar asfixia irreversible ha de guardar equilibrio con una mínima cantidad de libertad en la que estos puedan seguir reconociéndose. Algunas consideraciones introducen matices nada despreciables. Por ejemplo, cierto grado de inmadurez puede hacer menos tolerable la restricción de algunos movimientos –adolescencia, millennial,…-, o el miedo a provocar daños a los seres queridos puede hacernos más capaces de tolerarlos. Ya sabemos por reiterado que la tendencia del poder de turno a autoproclamarse salvador de todos, especialmente en momentos trascendentes, le hace proclive a dotarse de una autoridad con vocación de incontestable, maximizando sus argumentos hasta los límites de la misma supervivencia de todos. La clarividencia oficial es un valor tan publicitado como inexistente. Bien es cierto que hoy en día, por mor de los medios y la tecnología, la facilidad de los responsables de turno para definir la realidad a su antojo es inmensa y puede conducirnos hasta la paranoia sin solución de continuidad, haciéndonos claudicar de la necesaria militancia hacia nosotros mismos y nuestra cordura, y sin apenas margen para ejercitar ese escepticismo saludable que dosifica la versión oficial de la verdad. Eso que llamamos crítica constructiva. 








Y para no irme por las ramas de nuevo –difícil propósito-, os confieso que, en lo que a mí respecta, el límite de instrucciones limitadoras está siendo propasado en exceso y sin el debido correlato de rectitud y cordura exigibles, hasta provocarme un conflicto de incompatibilidad entre ciertas funciones básicas que regulan la salud misma. Puntualizaré que, a mi modo de ver, resulta más que evidente que la muerte de los ciudadanos no es prioritaria para los legisladores, lo es el no colapsar el sistema sanitario y funerario. Sistemas claramente cuestionables desde el momento en que su organización depende y ha dependido de la gestión de los servicios sociales básicos a cargo de los políticos de turno. Así mismo, tampoco me parece que consideren fundamental la adopción de medidas encaminadas a evitar el contagio. Al menos hasta ese punto en el que entran en conflicto con el turismo y su trascendente efecto sobre la economía. Razón por la que hemos pasado desde el confinamiento más absoluto hasta la libertad incondicional para que cualquiera pueda venir desde cualquier origen sin ningún tipo de precaución. Y sigo refiriéndome a cuestiones que dependen de intereses y estrategias políticas que en muchas ocasiones van más allá de lo nacional y cuyas consideraciones excluyen como prioritario, aunque nos lo vendan así, al bien común. Sobre la desconfianza que me provocan otras muchas verdades oficiales sobre ciertos aspectos técnicos propios de las ciencias de la salud no diré nada ahora. 

Está bien, voy al grano. Más como confesión que como recomendación, os comunico que para contrarrestar parcialmente los efectos erosivos de tantos despropósitos estúpidos sobre mi libertad, he resuelto iniciar una serie de acciones reequilibradoras. Primero he decidido volver a fumar –llevo veinticinco años sin hacerlo-, pero orientado hacia el consumo de marihuana medicinal. He decidido, así mismo, entregarme con absoluta promiscuidad a los besos en la boca, incluida la lengua y con tendencia disoluta. También incluiré el dióxido de cloro dentro de mis abluciones diarias, por más que la FDA y la OMS lo desaconsejen. Usaré una mascarilla no homologada, fabricada en Corea del Norte, hasta que se rompan las gomas y la desinfectaré repetidamente con exabruptos y mindfulness. Tatuaré en mi pecho una frase de Bukowski, por ejemplo: “Hicimos el amor en medio de la tristeza”. Iré a bucear entre pecios y náufragos y violaré las distancias mínimas de seguridad con mi compañero de inmersión, incluso compartiré mi regulador de emergencia con todo aquel que sienta el más mínimo ahogo emocional, sin dudarlo ni un instante. Miraré a los demás como si estuviésemos aún en la antigua realidad y mostraré mi sonrisa a mascarilla descubierta. Me apuntaré a cualquier botellón que tenga a bien organizarse en la arena o allí donde sea posible antes de que las multas ahoguen nuestra ansia de intemperie. Diré más palabrotas que mi abuelo: joder, hostias, mierda, cabrones,… 






La muerte está sobrevalorada, los virus también. Son el pretexto. El poder de los políticos encierra intereses particulares inconfesables y sus leyes obedecen a ese oculto montaje. Y si no me creen simplemente observen adónde van a ir a parar los millones que han prestado a este gobierno para que él lo gaste y nosotros lo devolvamos. 

Es momento de apagar el sonido y atender sólo a los hechos. Miseria, paro, miedo, desesperanza, sufrimiento para la mayoría, enriquecimiento para los mismos de siempre. Una espada de Damocles sobre la paz. Mucho desequilibrio inestable, insoportable, con un gran centro de gravedad y muy poca base. 

Quiero suponer.
"








Imágenes de URBANIST






22 de julio de 2020

CIENCIA & CONCIENCIA


Khalik Allah
















"


No suelo otorgar certidumbre a la realidad por mucho que se muestre evidente, incluso la muerte certificada es a veces pura apariencia. Con el transcurrir de los años se me ha revelado que casi todo lo esencial en el hombre es y se ubica en un espacio invisible. Terreno propicio para la duda donde apenas puede uno asomarse a través de la mirada.



"Por su aspecto, aseado, agradable, afable, nadie habría deducido que la mente de aquél hombre invidente se debatiera en tales dudas: '¿Cuánto tiempo para lavar el dolor, cuánta lluvia para olvidarlo? Quizá tan solo para hacerlo soportable'..."


En mi consulta presencio en numerosas ocasiones una clara polarización, casi un conflicto vital, entre la realidad que el paciente confiesa vivir en su interior, dominando todo su tiempo y esfuerzo, y la que muestra en su vida cotidiana. Desentrañar de manera científica las claves de tales conflictos es mi trabajo y en esa intangible cartografía construyo las redes argumentales del diagnóstico clínico y del tratamiento psiquiátrico. Sin embargo, he de reconocer que adentrarme en el área donde confluyen la invisibilidad y la invidencia representa para mí un desafío tan apasionante como desalentador. Explorar al otro a través de sus ojos es una herramienta que siempre me ha parecido imprescindible para acceder a su mundo emocional.





"... Exploradme los ojos, y, perdidos, 
os herirán las ansias de los náufragos, 
la balumba de nortes ya difuntos, 
el solo bamboleo de los mares..." 

Rafael Alberti
Pamplinas (fragmento)








¿Por qué no me amas? 


Hay una versión de la realidad insidiosa, pertinaz, fría, semejante al saldo de mi cuenta bancaria. Números subiendo y bajando sus cifras a través de la superficie dentada de la contabilidad bancaria, luchando por no ahogarse, como un náufrago emergiendo una y otra vez en la inmensidad de un océano inmisericorde. 

Realidad es una palabra que me parece presuntuosa, arrogante, que hace ostentación de una superioridad impostada. Como esta moda febril que padecemos con la palabra evidencia. Si aceptamos que pueda existir un conflicto de certezas con la apariencia de lo real o lo evidente, aceptemos como mucho mayor su expresión cuando nos situamos directamente en la incertidumbre. Creo que sería oportuno definir en el futuro, si no lo estuviese ya, un espacio donde poder incluir todo aquello que es capaz de compartir en igual medida los atributos de lo real y lo irreal, de lo evidente y lo oculto. Allí me ubico y allí ubico también, sirva de ejemplo, al desamor. 

Indagar sobre el amor es un esfuerzo intelectual y emocional que ya preveo tan sugerente como predestinado al fracaso. Pero hoy no tengo nada mejor que hacer. Entro en este incierto universo, pues, disculpándome de antemano, para buscar las razones por las que no me amas, aunque bien podría resolverlo simplemente eliminando aquellas que en su día justificaron tu amor, o preguntándote. Dudo que pueda ser sencillo en cualquier caso. Para empezar, sin aún tiempo para recapacitar, ya adivino dos atributos que surgen de la alternancia existente entre ambos mundos aparentemente excluyentes, amor y desamor. Una cinética propia de la obsolescencia, que se me antoja inevitable para el análisis, y una complementariedad de los opuestos, esa que tan determinante resulta a la hora de perfilar sus esencias. Así mismo, casi de forma obligada, aparecen dos componentes más: tiempo y movimiento. El amor transitaría a través de aquel, puede que dotándole de unas cualidades ajenas a las que le otorga la física pura, trazando una trayectoria que no escaparía a la tentación de ser analizada según sus leyes. Movimiento, en suma, uniforme o no, variable en su dirección, sentido y aceleración. 

Sin embargo, a poco que nos adentremos en las leyes del movimiento de Newton, enseguida comprobamos que el amor no parece ajustarse a todos los principios de la mecánica clásica. Bien es cierto, y en esas fórmulas podríamos entretenernos, que la primera ley, llamada de la inercia, y la segunda, sobre la relación entre fuerza y aceleración, el amor y el desamor podrían encontrar ciertos paralelismos. Sin embargo, la tercera ley, acción y reacción, parece evidente que no se cumple, por cuanto el amor no genera necesariamente respuesta en el otro. Salvo que, desmontando la premisa de que el amor y el desamor sean opuestos, los reconozcamos como extremos de un mismo parámetro, como pueda suceder con la temperatura, o, más aún, consideremos el proceso amoroso como un cambio de estado de una forma de energía bajo el influjo o la acción de otras. De esta manera desmontaríamos las consideraciones relativas a su obsolescencia, pero no a la complementariedad, al tiempo y al movimiento. Esta implicación conjunta de la física, la química y las matemáticas nos posiciona más cerca de la realidad y nos permite estudiar el proceso amoroso bajo el prisma de la termodinámica. 

Por supuesto que la naturaleza del amor parece abarcar mucho más de lo que pueden explicarnos las ciencias puras. La biología engloba complejos mecanismos, de distinta índole y los sincroniza para una función determinada, casi siempre relacionada con la supervivencia. Por eso no es de extrañar que la biofísica o la bioquímica en sí mismas no sean suficientes para explicar un mecanismo biológico tan complejo. Aunque explorarlas sí que puede aportarnos una perspectiva necesaria. 

Definir el amor como un proceso según el cual un tipo de energía potencial, presente en el individuo, es capaz de transformarse en energía cinética para desarrollar un trabajo, sea del tipo que sea, bajo el efecto de una fuente de energía externa, de la naturaleza que sea, es posible que resulte un planteamiento excesivamente prosaico, pero se ajusta perfectamente a la primera ley de la termodinámica, sin excluir, ya digo, cualquier consideración respecto a la naturaleza de dichas energías y demuestra que, tal y como postula este principio, la energía siempre se conserva (Q=∆U+L; donde Q = Calor entregado, ∆U = Variación de energía interna, L = Trabajo realizado). (¿Planteo la posibilidad de que el sistema amoroso pueda funcionar opcionalmente como un sistema termodinámico cerrado o abierto, adiabático o no?) Además, me parece fascinante poder sugerir que la cantidad de energía amorosa del universo ha de mantenerse siempre constante, al margen de las variaciones que en un sentido u otro puedan acaecer en los sistemas aislados. Pero cumplir esta primera ley es insuficiente para determinar si el proceso puede ocurrir o no. Conceptualmente, y sin entrar en mucho detalle, la segunda ley de la termodinámica resulta mucho más elocuente por cuanto establece si la reacción (amorosa) es espontánea o no en función del grado de degradación de la energía que se produce en dicha reacción (entropía) y del calor liberado o absorbido a presión constante (entalpía), tal como queda reflejado en la fórmula de la variación de energía libre de Gibbs: ∆G=∆H-T∆S, donde G = Gibbs, H = entropía, T = temperatura, S = entalpía. Ya sé que parece complejo, pero un pequeño esfuerzo por comprenderlo puede ser necesario si queremos responder a la cuestión de si el amor o el desamor se producen de manera espontánea o no y en función de qué circunstancias. Observo cómo se van deslizando con cierta sutileza en el análisis parámetros como la temperatura, el volumen y la presión y ello me obliga, antes de hacer un inciso sobre las leyes de los gases ideales, a explorar el posible paralelismo entre estos y una supuesta naturaleza gaseosa del proceso amoroso. 

Para los estudiosos de las ciencias puras toda esta elucubración podría resultar excesivamente simplista, si no francamente tediosa. Lo comprendo. Para quienes se dedican al amor y sus planetas desde todos los prismas del poliédrico humanismo, un despropósito carente de fundamento. Pero creo que hay espacio suficiente para elucubrar desde los límites de la propia capacidad, con cierta rectitud, sin menospreciar a ningún otro planteamiento. Estoy seguro, esto me anima, que cualquier biofísico haría un ejercicio de reduccionismo máximo sin faltar a la verdad al afirmar que todo lo relativo al universo amoroso es fruto del transitar de los electrones, oxidación-reducción, pura electricidad. Pero aún falta mucho para llegar a este punto. 


(Fin de la primera parte)


















"El ha venido a buscarte y está aquí,
canción que te llama y quiere que vuelvas,
canción de dicha y de pesar
a partes iguales, promesa
hecha canción, promesa
de que todo será, allá arriba, distinto
a la última vez...
Hubieras preferido seguir sintiendo nada,
vacío y silencio; la estancada paz
del mar más hondo,
al ruido y la carne de la superficie,
acostumbrada a estos pasillos pálidos y en sombras,
y al rey que pasa por tu lado
sin pronunciar palabra.
El otro es diferente
y casi lo recuerdas.
Dice que canta para ti
porque te ama,
no como eres ahora,
tan fría y diminuta: móvil
y a la vez quieta, como blanca cortina
o soplo en la corriente
de una ventana a medio abrir
junto a una silla donde nadie se sienta.
Te quiere "real",
un cuerpo opaco,
sentir cómo se espesa
(tronco de árbol o ancas)
y el golpe de la sangre tras los párpados
al cerrarlos
la llamarada solar...
sin tu presencia no podrá sentir
este amor suyo...
Mas la súbita revelación
de tu cuerpo enfriándose en la tierra
fue saber que le amas en cualquier lugar
hasta en este sitio sin memoria,
este reino del hambre.
Como una semilla roja en la mano
que olvidaste que aprietas,
llevas tu amor...
El necesita ver para creer
y está oscuro.
Atrás, atrás..., le susurras,
pero quiere que vuelvas
a alimentarlo, Eurídice,
puñado de tul, pequeña venda,
soplo de aire frío,
no se llamará Orfeo
tu libertad..." 

Margaret Atwood
Eurídice




Feliz verano 2020


30 de mayo de 2020

LIBERTAD OLVIDADA


"Un hombre pierde la libertad, o el amor, o la vida, qué más da. 
En la cantina aún quedan rincones donde ahogar la impotencia con un trago. 
Junto a otros. 
Al fondo suena la música… "








"
En ocasiones juego a imaginar. Hoy lo hago intentando ponerme en la piel de aquellos soldados en blanco y negro, trincheras invernales empapadas de barro, niebla y sangre, que muestran los reportajes de la gran guerra. Ganas de sufrir innecesariamente. Haber sobrevivido en unas condiciones inhabitables, hasta el punto de volverse irreconocible ante uno mismo, es una experiencia que adivino similar a la de haber sido violado, como si un enemigo te hubiese desgarrado para siempre en el espacio más íntimo y personal. El intenso frío que se cuela entre los huesos, el olor profundo y vomitivo de la suciedad y la sangre, propias y ajenas, el doloroso cansancio en la espalda y las rodillas, el atronador sobresalto de las detonaciones, la humedad en los pies y las manos, el hambre, la sed, los parásitos, insectos y ratas impertinentes, la punzada constante del miedo en el vientre, la imagen atroz e imborrable de los cuerpos desmembrados,… y la sensación de no ser ya uno mismo, de estar cediendo al horror de la violencia, de estar olvidando a ese otro que uno era, del motivo por el que se lucha o se evita la muerte. 

Hoy he visto un vídeo hecho por un aficionado desde una ventana. En él un anciano anda por la calle sin mascarilla e interpela con gran vehemencia a los vecinos como si se tratase de la voz de la conciencia: “Nada hay más valioso que la libertad – grita-, salid a la calle, no seáis prisioneros del miedo, no seáis cobardes. Yo participé en la gran guerra y… ¿sabéis cuántos murieron para defender nuestra libertad, esta que os están robando?” Me ha sobrecogido. 

Últimamente, antes de esta pandemia, insistentes anuncios de una empresa que vende sistemas de alarma se colaban por todas partes. En ellos se introducía de manera sutil el miedo a ser robado si no se disponía de él. Confieso que la exagerada cantidad de anuncios que había en todos los medios de comunicación me hizo pensar en lo inadecuado de este tipo de publicidad que incide, casi sin darnos cuenta, en las zonas más vulnerables de nuestro subconsciente, sembrando el miedo más allá de lo razonable. 

Algo similar observo ahora respecto de esta pandemia. Desde todas las esferas de poder se alimenta un miedo que nos tiene paralizados. Hemos perdido los derechos fundamentales, por los que tantos ofrecieron su vida, a manos de unos gobernantes que se adjudican ese privilegio precisamente argumentando salvarnos la nuestra. Prohibiciones, multas, controles, amenazas y un estado de opinión que paraliza a una sociedad ya de por sí bastante hipnotizada y pusilánime. El resultado, pérdida de la libertad, del trabajo, de la relación con los seres queridos, del bienestar, con una consecuencia previsible, el rescate por otros países a cambio de aceptar unas condiciones que nos harán aún más esclavos y pobres, la introducción de unos sistemas de control de la ciudadanía que amenazan su intimidad y libertad futuras, algo impensable tan solo hace unos meses. 

¿Era necesario? Pues el número de muertes que está originando esta pandemia, no sabemos si deliberada, es similar al que provoca la epidemia de gripe de otros años. Bien es cierto que su alta contagiosidad ha saturado en poco tiempo el sistema. Pero en ello hay también mucho de imprevisión, de negocio en la privatización, el dimensionado y la utilización de los recursos. Porque poner camas y comprar respiradores y mascarillas es algo que depende del mercado, del dinero y de la logística -penosa-, pero tener personal cualificado para atender adecuadamente a los pacientes no se improvisa, ni se resuelve con dinero de la noche a la mañana. Igual que el adecuado cuidado de la inmunidad de los más vulnerables. 

¿Cuántos muertos vale la libertad? Muchos de aquellos que conocieron la posguerra han fallecido solos en un país de chovinistas, desmembrado por un sistema político que genera innumerables sabandijas enfrentadas, y una sanidad y unos asilos sometidos a la disciplina de las multinacionales de fondos de inversión. Ausencia de una conciencia y horizonte comunes. 

Los países son esclavizados generando deudas impagables, los ciudadanos mediante el miedo. Los que dieron su vida antaño para conquistar nuestra libertad de hoy no se merecen tanta cobardía. 

Imagino una trinchera llena de soldados dispuestos a morir por defender la libertad...
"



17 de mayo de 2020

¿Y POR QUÉ NO? ¡VOLEMOS!



Thomas Hoepker




"No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.

"
Oliverio Girondo











"
Tantas veces
te imaginé al otro lado de la puerta
que al abrirla cada día
cuidaba de no tropezar contigo.

Tantas veces
me acerqué hasta la mirilla
creyendo que habías llamado
que pude llegar a verte.

Tantas veces
me dije que no me querías
para matarte y olvidarte
que se hizo evidente.

De alguna manera 
tu ausencia hoy ya no me inquieta
 a pesar de recordarte aún
tantas veces
"

Claudia Shöder (PS)













"
¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!

Por tu amor me duele el aire,
el corazón
y el sombrero.

¿Quién me compraría a mí
este cintillo que tengo
y esta tristeza de hilo
blanco, para hacer pañuelos?

¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!

"
F. García Lorca









25 de abril de 2020

UNA GRAN MENTIRA






“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.”

Miguel de Cervantes












"El almendro ha florecido sin miradas. Y algunos se han ido para siempre sin tiempo para reparar en ello. Las segundas oportunidades se asoman a los balcones con el anhelo de empezar una nueva primavera llena de flores, libros y niños jugando en los parques. Pero hay un enemigo atroz, invisible e inverosímil que paraliza nuestra capacidad para vivir sin miedo.

Por suerte soy anestesiólogo. Por suerte puedo participar en la lucha. Cuando todos desean salir de sus hogares, yo no encuentro el momento para volver al mío. Estoy encerrado con un ejército de locos, valientes o temerarios, qué más da, que creen que no hay nada más importante en sus vidas que vencer al enemigo común, cueste lo que cueste. Y así, muchos, como perdiendo el juicio, han apostado su vida y la han ganado perdiéndola. Héroes destinados al olvido de un naufragio económico que arrasa con todo. La naturaleza inhumana que también somos.

Los colores del miedo y la gratitud coinciden dentro de nosotros, junto a otros muchos sentimientos, generando distintas tonalidades. Cuando veo a mis vecinos aplaudir cada tarde sé que agradecen sinceramente el sacrificio de quienes, en muchos casos, preferirían que se mantuviesen lejos de ellos y de sus familias. Seguramente esta manifestación externa también sea, puede que prioritariamente, un tipo de duelo, una forma de autoterapia, la manera de gestionar y compartir toda esta frustración y dolor que se nos acumula dentro sin saber qué hacer con ella.

Hoy un compañero me ha enviado una nota pidiéndome que la compartiera. En ella se invita a los ciudadanos a mantener un minuto de silencio, en vez de aplaudir, como queja ante la situación de desprotección en la que nos vemos obligados a trabajar los profesionales de la salud. Creo sinceramente que quien ha tenido esta idea desconoce la naturaleza humana. Una cosa es aplaudir, reactivo y con matices terapéuticos, y otra muy distinta quejarse, proactivo y con tintes políticos o corporativos.

La mayoría prefiere ignorar, a pesar de haber sido repetido hasta la saciedad, que nuestra remuneración salarial es ridícula y que las garantías de seguridad y actuación profesional terminan en la mesa de las gerencias, obedeciendo en gran medida a intereses ajenos a pacientes y profesionales, dentro del margen de lo imprescindible para guardar la apariencia de las formas. La política y la empresa son pura impostura.

Un destacado deportista de una disciplina “menor” se quejaba del enorme desequilibrio que existe entre la atención, económica, que se le da al fútbol y la que reciben otras actividades deportivas en las que también destacamos internacionalmente. El gurú de turno le contestaba que gracias al éxito del fútbol se pueden mantener otros deportes y que gracias a lo que cobran sus figuras se puede mantener el interés por el fútbol. La necesidad de un cambio de paradigma es evidente. Algo similar diría sobre la sacralización de la empresa privada y su capacidad para dar sustento, crear empleo y riqueza. En ambos casos, deporte y empresa, se hace evidente la necesidad de poner límite a ese creciente abismo que se genera entre los unos y los otros.

Quisiera, no obstante, dejar claro que muchas conductas sociales gregarias obedecen a una cultura de país que, tanto para lo malo como para lo bueno, nos define y condiciona en lo humano. Distintos son aquellos que, aprovechando el río revuelto, manifiestan una conducta miserable. Un tipo peculiar de toxicidad, que fomenta esta terrible competitividad y desmedida ambición en la que vivimos, mucho más frecuente y extendida de lo que podría parecer.

Desde el principio he podido apoyar con mi trabajo a las UCIS, tanto de centros privados como públicos, en función de las cambiantes situaciones que se han vivido con el aumento de la carga de trabajo y de las bajas de mis compañeros infectados. Hemos trabajado a destajo y vivido situaciones dramáticas, como corresponde a esta tarea que ejercemos, y ante una enfermedad desconocida, grave y sin un tratamiento eficaz conocido. La diferencia entre los recursos que he visto y sufrido entre los centros públicos y privados ha sido abismal. Puede que no haya sido así en todos los casos, yo hablo de mi experiencia. Baste decir que los protocolos que se han diseñado sobre seguridad podrían constar de 60 folios en la pública, creados por equipos multidisciplinares, mientras que en la privada podrían ser de un renglón: “lo que decida la gerencia”. O que el ratio de profesionales en la pública, tres o cuatro pacientes por especialista, dista mucho del de la privada, hasta seis o más pacientes por especialista. Extenderme en detalles sería aburrido por extenso y técnico. Mostrar mi descontento por la ausencia de lo básico me ha ocasionado ser excluido de algún centro. No sólo han faltado, y faltan, EPIS, respiradores, medicación, colchones antiescaras, humidificadores, test fiables, etc., también y fundamentalmente profesionales. Ni cualquier respirador vale, ni cualquier profesional. La situación llegó a ser dramática por desbordar la ya mermada capacidad de un sistema que lleva años siendo desmantelado.

La televisión muestra camas en el IFEMA, aplausos en las ventanas, agradecimientos por todas partes y alaba el esfuerzo de una sanidad y una sociedad modélicas. Los muertos no se quejan, nunca lo harán. La culpa no es de nadie. Aquella realidad, como tantas otras veces, tiene estructura de anuncio publicitario para vendernos una versión tan falsa como amable. Una gran y vergonzosa mentira. Y nada hace suponer que en el escenario económico pueda suceder algo distinto.

Mi reconocimiento y admiración hacia enfermeras, auxiliares, celadores,... nunca podremos pagarles ni agradecerles lo suficiente el trabajo que han realizado y aún realizan. Frente a la entrega y el sacrificio de unos, la vileza e hipocresía de otros. Tenemos que cambiar si no queremos que todo esto se repita."








"Levantóse en esto don Quijote y, puesta la mano izquierda en la boca, porque no se le acabasen de salir los dientes, asió con la otra las riendas de Rocinante, que nunca se había movido de junto a su amo —tal era de leal y bien acondicionado, y fuese adonde su escudero estaba, de pechos sobre su asno, con la mano en la mejilla, en guisa de hombre pensativo además. Y viéndole don Quijote de aquella manera, con muestras de tanta tristeza, le dijo:

—Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca. Así que no debes congojarte por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe parte dellas."

Miguel de Cervantes 
Don Quijote 
Capítulo XVIII





8 de marzo de 2020

PROGNOSIS


“En una vida anterior 
tuve la fortuna de poder disfrutar de la hospitalidad de las gentes de Damasco, 
de la belleza de sus pequeñas calles y enormes mezquitas, 
antes de la barbarie. 
Luego, cuando en Estambul vi a las mujeres sirias tiradas en el suelo 
con sus hijos en brazos pidiendo limosna, 
absolutamente desangeladas e ignoradas, 
quedé consternado.
No,
no miro el tiempo que ha transcurrido
ni me asomo a su abismo,
es él quien se abalanza sobre mí como una losa en movimiento pendular.
No,
no rememoro aquellos primeros instantes de feliz ignorancia,
ni tantos otros que le siguieron,
son ellos quienes me arrojan contra la pared fría y desnuda del sabor a fracaso.
No,
no escucho a Albinoni porque tenga pájaros en la cabeza,
ni suspiro por falta de aire,
es esta aurora boreal que tengo anclada entre los ojos.”










"
En la frontera entre los generosos y educados prohombres, bienhechores de la prosperidad y el progreso, y los incómodos indigentes, empecinados en pedir y pedir insaciablemente, es obligado desplegar a los agentes del orden, del orden que preserva el mantenimiento de los privilegios, una especie de salud que llamamos cultura de occidente. Decía un mendigo, al que decidió entrevistar algún periodista en busca de morbo, que lo peor para él había sido descubrir que absolutamente todo lo que existía tenía dueño y que le resultaba casi imposible encontrar un lugar donde poder descansar sin temor a ser echado. Es ya un clásico esto de la tendencia del hombre a adueñarse de todo así que no creo que merezca la pena insistir en ello. Sin embargo, reconozco que algunos acontecimientos no por archirepetidos dejan de asombrarme tanto como el primer día: ver despegar un avión, el nacimiento de un niño, el último aliento del moribundo, la floración de mi orquídea,… y esa hipócrita inconsciencia del hombre desarrollado que se cree lo que no es y se reconoce dueño de lo que no le pertenece. 

A fuerza de girar la cabeza para otro lado hemos provocado una tortícolis social que se traduce en la incapacidad para mirar de frente la realidad de manera coherente con aquello que decimos defender. Se nos llena la boca con palabras como democracia, justicia, libertad, igualdad,… y somos incapaces de darnos cuenta de que nos hemos transformado en charlatanes de feria vomitando coartadas y excusas. “Que nada ni nadie ponga en peligro mi propiedad privada, lo mío es mío, me lo he ganado a pulso, con mi esfuerzo y mi sacrificio, con mi iniciativa y mi talento, y siguiendo las normas y cauces establecidos, representa el futuro de mis hijos y el bienestar de mi familia. Ninguna lucha o reivindicación puede ser más noble.” Mientras, hemos acuñado en el subconsciente, individual y colectivo, el valor de una moneda de cambio en el mercado de la bolsa de valores éticos y no concebimos otra cotización que lo cuestione. Una de las contraseñas para desmontar los argumentos sobre los que navegamos podría ser África, aunque hay muchas otras, y no existe por el momento ninguna aplicación que garantice reconducirnos eficazmente desde este tipo de inteligencia colectiva tan sucia y contaminada. El esfuerzo por ver a un ser humano donde hay un individuo de piel oscura, con hambre y poca ropa, rezando de manera extraña, se hace tan inoportuno como desproporcionado e incómodo. Desconozco si el síndrome tiene un nombre propio, pero el caldo de cultivo donde crece tiene síntomas y signos muy claros: demagogia, maniqueísmo, superficialidad, política, intereses e ignorancia. 

“Que haya millones de personas sin hogar, en campos de concentración o desplazándose de un lugar para otro, es una noticia más en los medios de comunicación, antes de los deportes o del tiempo, también es el resultado de unos intereses y conflictos ajenos, entre países subdesarrollados, a los que ya destino, con gran esfuerzo, una parte de mis legítimos y escasos ingresos a través de una ONG encargada de dar la ayuda necesaria. Que miles de personas mueran ahogadas en el Mediterráneo es una desgracia terrible, pero inevitable, engañadas por mafias contra las que no podemos hacer nada, gente desesperada que no se da cuenta de que en nuestra sociedad civilizada y próspera no tienen cabida. Su religión, su cultura, sus costumbres, son un peligro, una amenaza para el orden y la seguridad que tanto nos ha costado conseguir. Yo no tengo la culpa.” 

No me extrañaría que en estos momentos el valor del papel higiénico ya superase al del dólar. La ausencia de suministro de productos básicos, desde esos paraísos de la deslocalización donde trabajan esclavos, puede que genere el desabastecimiento de casi todo. Fabricar dinero y repartirlo como una ayuda social, con el fin de evitar la retracción del consumo, o la drástica disminución de los intereses al crédito, no servirán de mucho si no hay qué comprar. Que el dinero no sirva para casi nada en estos momentos se ve agravado por el hecho de que la Reserva Federal lo fabrique a discreción. Las obras de arte seguirán siendo un refugio de la riqueza, sirva de ejemplo, incrementando su valor hasta unos límites en los que la banca no sea capaz de respaldarlos. Los millonarios retiran sus dineros y se apartan a islas y lugares privados donde esperar a que acampe el temporal. Muchos otros buscan acomodo en la nueva próxima emisión de bitcoin, pero ese es un mundo reservado a unos pocos tecnócratas iluminados. Y el poco dinero que tenga la gente humilde valdrá, seguirá valiendo, aún mucho menos de lo que ya vale. Pero todo esto es accesorio y superfluo para muchos millones de excluidos. 

Ante estas aparentes reflexiones la pandemia de coronavirus me parece un mal menor, incluso una sugerente manera con la que la naturaleza intenta desmontar fronteras, mercados, certezas, egoísmos e hipocresías, como si quisiera decirnos que de poco sirve ser dueño de todo cuando la evidencia puede golpearnos con tal dosis de realidad. Pero por el momento no albergo la esperanza de que abramos los ojos a otra mirada. Seguimos en lo de “tonto el último” y “ande yo caliente…” Las mascarillas no sirven para nada, salvo para seguir engañándonos y que nadie nos reconozca cuando saltemos por encima de quienes queden tirados en el camino. “No hay ningún hombre culpable, es la naturaleza humana.” 

¡Anda ya!

"






“La sensibilidad de un piano
 no siempre es compatible con el mundo exterior,
 tiempo y maltrato pueden destruirlo.
 Pero si fue adecuadamente afinado antes del óbito,
 no lo dude,
 se trata de un suicidio.”


21 de diciembre de 2019

MIENTRAS LLUEVE


"El placer contiene en sí el germen del dolor, pues produce una posibilidad de conciencia que no sólo destruye su plenitud sino que pone de manifiesto su insuficiencia e introduce una duda que lo socava. Esta conciencia que reflexiona sobre el placer es el origen de la moral y recorrerá un camino penoso: la inminencia de la sanción, el remordimiento, el desconsuelo y el sentimiento de lo irreversible."



Vladimir Jankelevitch
La mala conciencia (fragmento)







Admiro la capacidad de la gente sencilla para desentrañar las claves ocultas de los asuntos más cotidianos; eso que suele plasmarse en los refranes. Bien es cierto que, analizado a fondo, ningún acontecimiento resulta ser realmente tan simple como pudiera parecer en un principio, y que la apariencia de las personas es habitualmente un rasgo poco confiable a la hora de revelar su esencia. Un maestro me decía que la realidad es muy compleja y lo complejo no es manejable, por eso nos vemos obligados a simplificar. Me prevengo pues de la gente que aparenta ser lo que no es, de los mensajes de aspecto inofensivo que surgiendo desde la cotidianidad más tribal contienen una carga inductora tan poderosa como sutil, y de la simplificación excesiva. No suelo conseguirlo.






Un claro ejemplo de lo que intento explicar podría representarlo el señor Kleiber (Max; Zúrich; 1893; botánico y filósofo). Profesor universitario especializado en nutrición y energía quien, con un aspecto de inocente elocuencia, definió una ley que lleva su nombre, que responde a la fórmula:

Y = Y 0 x Mb

y que cumplen desde los hongos y bacterias hasta las sequoias o las ballenas azules. Y, como podréis imaginar, crear una fórmula matemática que cumplan todos los seres vivos no es nada fácil. Lo que viene a decir con ella es que la tasa en que un organismo produce energía para vivir a partir de las calorías consumidas (la tasa metabólica) es proporcional a la masa de su cuerpo elevada a la potencia 3/4, lo que llevaría a una disminución exponencial progresiva. Max llega a esta ley cuando, como es habitual en la ciencia, busca una explicación a lo que observa. Y lo que ve es que los animales y plantas más pequeños tienen vidas más cortas que los más grandes y que consumen proporcionalmente más cantidades de alimentos. Es decir, que cuanto más grande es un animal menos energía por gramo de tejido necesita para mantener su homeostasis. No obstante, se necesita incorporar el factor tiempo para modular dicha observación pues, según transcurre, la masa de los organismos aumenta más de lo que disminuye su capacidad metabólica. Esto me permite presentaros a otro hombre de apariencia sencilla, Margalef (Ramón; Barcelona; 1919), quien estableció un principio que lleva su nombre y que postula que los seres vivos serían cada vez más eficientes para generar estructura con la cada vez más exigua energía que disipan por unidad de masa. (Os dejo un vídeo del investigador Ernesto Prieto Gratacós que puede aportar algo de luz en este asunto).






De esta ley surgen importantes claves a la hora de adaptar la dosificación de fármacos del ratón al hombre, por ejemplo, una cuestión sobresaliente en investigación, o la aplicación de la teoría fractal en el desarrollo de los seres vivos. Pero lo que realmente llamó mi atención, antes de llegar a todo este enredo, fue algo mucho más banal, la coincidencia de dos acontecimientos que suceden casi al unísono. Por un lado descubrir que los latidos del corazón de un ratón, durante su año de vida, son los mismos que los del corazón de un elefante en sus setenta años de existencia. Por otro, haber escuchado en las noticias la expresión “fue asesinado de un tiro en la espalda”. Ya sé que ambas cuestiones aparentan pertenecer a mundos completamente ajenos el uno del otro, pero por alguna razón mi cerebro no opina lo mismo.





Estaba con la radio encendida sin darme cuenta, hasta que escuché: “murió de un disparo por la espalda”. Quedé sobrecogido por la frase pero sin el más mínimo interés por los detalles de la noticia. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral. Me pregunté: cuando la muerte te sorprende por la espalda, ¿también puedes ver pasar toda tu vida ante los ojos en un instante?





El ánimo de los científicos por explicar matemáticamente la vida es incansable. A la ley de Kleiber se le han ido añadiendo otros condicionantes además del tiempo, como la eficiencia o el porcentaje de agua según la edad, para poder entender por qué, dado que la forma de los seres vivos y su evolución responden también a esta ley, un árbol no necesita corazón y un tigre sí. No sé si es adecuado suponer que a la muerte también podría corresponderle una fórmula matemática que la explicase. No lo descarto.





Por supuesto, como ya dije, la realidad es más compleja que todo esto. Tanto es así, que los mismos científicos desconocen cuáles son las matemáticas capaces de postular sus hipótesis más vanguardistas. Mencionaré como ejemplo la que hace referencia a la teoría de cuerdas y sus once dimensiones, siete de ellas inobservables, capaces de permitirnos avanzar a la hora de dar explicación, al menos de eso se trata, a la complejidad que en esencia somos. Y, por supuesto, la fórmula matemática que lo evidencie. Quizá, pienso, los nuevos paradigmas que nos permitan progresar en el futuro desmonten cuantos cimientos han sido y son hasta la fecha básicos en la concepción que tenemos del mundo a los ojos de la ciencia.





Y por qué no, si aquello que nos constituye en lo más infinitamente pequeño se corresponde con estados vibracionales, por qué no traer a colación a la vibración misma en lo que sí es observable. Así, cambiando de tercio, se me antoja que las noticias y la publicidad pertenecerían al mismo tipo de vibración y que sería lógico suponer que una, de características individuales, podría encadenar otras de tipo colectivo, a modo de acontecimiento fractal. Además, el tamaño de la vibración origen sí sería importante aquí, pues cuanto mayor, más fácil resultaría provocar el crecimiento de las vibraciones efecto. El tiempo y la eficiencia también juegan a su favor.





Escuchaba las noticias, repito, como escucho habitualmente los anuncios, sin prestar atención alguna. Como quien soporta inadvertidamente un ruido que solo evidencia su presencia cuando cesa. Pero en un punto se interrumpe tal vibración, es, como ya dije, cuando dicen “un tiro por la espalda”. 





Quiero imaginar la escena a cámara lenta. El individuo camina sumido en sus pensamientos y ajeno a los acontecimientos que pronto acabarán con su vida. De pronto, bruscamente, al ruido ensordecedor de un disparo le sigue una punzada intensa en la espalda y un empuje brusco hacia delante. Detengo la imagen. La expresión de su cara es más de sorpresa que de dolor, aún no ha muerto, aún no es consciente de estar muriendo, aún no ha vuelto al presente desde el lugar donde se encontraba con sus pensamientos. A continuación, en menos de un segundo, su expresión será de dolor, quedará tendido en el suelo y quizá nunca llegue a ser consciente porque habrá quedado sin vida mientras caía. ¿Acaso en esa eternidad de apenas un segundo pudo saber qué le estaba pasando? He conocido pacientes que se mantenían despiertos con el corazón parado mientras se les colocaba un marcapasos externo de urgencia. Así, no sería tampoco descabellado suponer que quizá ese hombre, en su caer sin vida, se mantuviera consciente por unos instantes. En cualquier caso, el margen de tiempo que permite una caída no parece ser suficiente como para analizar la realidad de lo que está pasando. El sonido, el dolor, el empuje, el desequilibrio, puede que sean percibidos sin apenas margen para ser interpretados. Un ¡ay! sin continuidad posible. O no.





¿En qué instante del morir uno recupera aquella historia de su vida? ¿Antes? ¿Mientras? ¿Inmediatamente después? ¿Siempre sucede? ¿Es necesario ser consciente de la inminencia del final? ¿Sucede en esos segundos de inconsciencia tras la muerte en los que aún uno puede ser recuperado para la vida? Es lógico suponer que sea así, pues este acontecimiento se extrae de experiencias narradas por quienes han estado en trance de morir. No obstante, ¿es una experiencia atribuible al cerebro? ¿Lo es a la conciencia? No descarto, por sugerente, que la conciencia sea otra dimensión a considerar. Una dimensión más en esa teoría de las cuerdas. Una dimensión más de esa vibración de las partículas o del universo cuando nos alejamos de la simplificación.





Creo, por último, que un disparo certero por la espalda, máxime si el blanco es el cerebro, no permitiría que la conciencia se percatase de la muerte. Puede que la energía de la bala, su tamaño y tipo, así como las características de la corteza cerebral, su oxigenación o su resistencia a la hipoxia fuesen determinantes en el desenlace de esta farsa que he construido e, incluso, que pudiera desarrollarse una fórmula matemática capaz de expresarlo todo con tanta precisión como la física lo hace de la trayectoria del disparo mismo. Y de la caída de la víctima. 






En 1754, el matemático Abraham de Moivre (1667; Vitry-le-François; Champagne; Francia), hombre sencillo, conocido por la fórmula que lleva su nombre y que vincula los números complejos y la trigonometría y por su trabajo sobre la distribución normal y la teoría de la probabilidad, predijo mediante un cálculo estadístico la fecha de su propia muerte y acertó. 



Me sorprende tal ubicación para la vulnerabilidad.






"Con las primeras violetas viene,
tan acostumbrado al ruido del tiempo,
él, nuestro sueño inhabitable,
transitando solo,
de nube en nube,
nuestro sueño confundido con el mar,
con el sediento desierto,
después de haber besado con labios infinitos
el último horizonte de la vida. ,

Viene desnudo, pensativamente,
bajo el peso de una palabra
horadando su conciencia de lirio incesante,
el sueño que forja palabras verdaderas,
palabras perennes,
el sueño agobiado por una palabra
que nunca osó pronunciar,
ni siquiera frente a un espejo,
la palabra que desde niño
enturbia secamente su voz segura,
su jadeante aliento,
como una flor desfallecida
entre las fauces de un grito,
palabra que se derrumba,
entre músicas sin aposento,
entre silencios velocísimos
devorando palabras nunca dichas.

Y retorna desnudo, sueño muerto,
el ritmo de angustiosos poemas,
poemas virginales de la muerte
y los amigos que por él oraban
en el funeral radiante de sombras,
apenas recuerdan su vaporoso tránsito,
y las ortigas, sin lastimar su piel transparente,
han olvidado aquellas manos soñadoras
antaño heridas por sus aguijones.

Orlaba el laurel su frente de sueño rubio,
y ahora se avergüenza, tímido,
de las frágiles alas suscitando sus vivos vuelos,
porque la única palabra que hubiere querido decir,
no pudo decirla nunca,
-Dios sabe qué misterios anudan los sueños-,
palabra aún por inventar
definitiva como el amor o como el odio.

Porque había un viento negro,
una mañana de tétricos, nocturnos vientos,
y su palabra quedó muerta,
insepulta en los abismos insondables,
germinando en el corazón del sueño,
y hoy regresa,
él, el sueño,
para pronunciar su palabra severamente,
la misteriosa,
cuando ignora que le cercan viejos huracanes,
oh sueño inmortal,
sueño muerto del poeta.
El Señor le ha concedido su póstumo retorno,
bajo el sol que irradia sobre el parque
el fuego vivo nutriendo las estatuas,
pero él, sueño agitado desde el origen de los cielos,
siente que su palabra se anega en silencio calcinante,
y que su voz es nada,
y que su cántico es inútil,
porque no encuentra su palabra última,
y el sueño sonríe,
acariciando húmedas violetas matinales,
para soñarse a sí mismo,
lejos, cada vez más lejos
de este ruido feroz de las horas."


Germán Bleiberg
Retorno Póstumo




Las fotografías son del fotógrafo Matt Blanck
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