De nuevo vuelve a la actualidad el tema de la analgesia epidural para el parto. Esta vez a través de una magnífica charla que dio Maribel, una compañera anestesióloga, al servicio de neonatología del hospital y que terminó en un interesantísimo debate sobre la conveniencia o no de utilizar otras técnicas alternativas para controlar el dolor del parto. Hace unos días tuve la ocasión de participar vía internet en otra acalorada discusión sobre el mismo tema.
Lo que quiero ahora no es entrar en los detalles técnicos del asunto, ni hacer ningún tipo de análisis sobre sus ventajas e inconvenientes. Existen varias posibles alternativas que cuentan con sus respectivos defensores y detractores, indicaciones y contraindicaciones, y, cómo no, opiniones para todos los gustos. Yo también tengo la mía.
El motivo de retomarlo ahora es compartir una impresión personal fruto de todos estos encuentros y que creo podría aportar un granito de arena al planteamiento del debate. Y quizá brindar algo de información útil a algunos futuros padres.

Es indudable que estamos viviendo una “moda”, cada vez más extendida, que aboga por otros sistemas más “naturales” para el control del dolor del parto que el que parece ofrecer la analgesia epidural. Y para ello se argumentan múltiples cuestiones relacionadas con la propia técnica y sus efectos indeseables en un marco argumental que incluye la mayoría de las veces, sin solución de continuidad, otros muchos problemas independientes de la técnica en sí y más relacionados con la evolución del propio parto y sus inherentes posibles complicaciones. Al mismo tiempo, se alaban con cierta desmesura las supuestas bondades de otros sistemas mucho menos eficaces en el control del dolor. Pues bien, mi impresión es que esta moda obedece a una reacción ante la situación actual que los padres viven generalmente en los paritorios y lo que realmente se esconde tras esta discusión es el legítimo deseo de que el necesario y anhelado control del dolor del parto no represente una renuncia a vivir la experiencia de la maternidad sin tanta “intromisión” médica. Yo creo, por tanto, que esta huída del llamado “parto medicalizado” busca en realidad una experiencia mucho más natural, “ecológica”, en la que se recupere el protagonismo perdido en la mayoría de los centros hospitalarios a favor del personal sanitario más que en una auténtica condena a la técnica epidural propiamente dicha.
En mi humilde opinión la única técnica realmente eficaz para el control del dolor del parto es la analgesia epidural. La mayoría de los inconvenientes que se le achacan son más atribuibles a su aplicación y posterior control que a la técnica en sí; además permite un margen de seguridad para la madre y el feto, y para la actuación de emergencia ante las posibles complicaciones que con tanta frecuencia se presentan, mucho más amplio que con cualquier otra alternativa.
Conseguir recuperar para los padres el ambiente y el protagonismo que les corresponde para hacer del acontecimiento del parto una experiencia de dimensión personal e íntima, similar a la que se experimentaría al realizarla en su propio domicilio, no está reñido con la técnica epidural, depende de crear unas unidades y servicios con suficientes medios materiales y humanos, donde se disponga de la tranquilidad y el tiempo necesarios para no tener que modificar innecesariamente un proceso que lleva su tiempo y que exige mucho trabajo en equipo, buenas dosis de paciencia, estrecho control y cuidado y un trato más confortable y cercano.