Si no se ha hecho ya, que lo desconozco, pienso que alguien podría perder el tiempo escribiendo la peculiar historia de la relación entre el músculo y el cerebro. En ella seguramente encontraríamos un capítulo donde se pondría en evidencia que una buena relación entre ambos, situación excepcional por inusual, propicia la creación de verdaderos espacios de placer. Hablo de arte, naturalmente.
En particular me refiero a esa sucesión de movimientos elegantes, precisos y equilibrados, dotados de una fuerza arrolladora que sólo se somete a los requerimientos del arte, y que pueden presentarse de manera tan evidente como los de los dedos que se adivinan en el mástil del violín cuando suena o como los que se descubren cuando los bailarines consiguen transformar con sus evoluciones las dimensiones espacio y tiempo en pura y llana belleza. La música resalta enormemente esto que digo.
Sin embargo, uno puede disfrutar tanto o más de esos mismos movimientos en ausencia de música...
… como los que desarrolla esta bailarina en su aparente silencio…
… o de los que, como Marco Campedelli, justifican sobre el papel blanco la creación de formidables filigranas caligráficas. Sólo que en estos movimientos, quiero pensar, la ausencia del sonido facilita la participación de otros sentidos dormidos, como pasa con el aroma que desprenden sus herramientas. Al menos a mí sí me lo evocan.
Puede que exagere. O puede que no.












