Empieza el año con muchos deberes pendientes. Leo por todas partes balances abrumadoramente pesimistas. No quiero resignarme.
Necesitamos visualizar que no hay tanta distancia entre la gente que canta en la calle, en cualquier rincón del mundo. Ni tantas diferencias en los ritmos que marcan lo esencial de nuestras vidas. Las distintas voces, los distintos instrumentos, las distintas miradas no sólo no representan una amenaza, añaden valor y tienden a integrarse en perfecta armonía.
Frente a los que nos imponen una rígida interpretación del mundo basada en las amenazas y el miedo, yo elijo dejarme seducir por los que se empeñan en una versión sostenible del ser humano. Idealismo imprescindible justificado al comienzo de una etapa; muy voluntarioso, de acuerdo, pero no menos necesario.
Fomentar esta opción exige desmontar la voraz inercia del binomio violencia-privilegios. Algo aparentemente imposible, que sólo se muestra verosímil desde la convicción y la determinación más férreas. Algunos prefieren llamarlo “fe”. Lo único exigible, en cualquier caso, es un pequeño paso, un minúsculo gesto en esa dirección.
Más allá de las palabras, visualizarlo me parece imprescindible.
Sirva este video como minúscula muestra de mi voluntariosa e infantil locura en este principio de año.
