1 de mayo de 2019

PABLO


"Tal vez sea eso la tarde, un martillazo
en los ojos. Y la ciudad
una manada de bisontes en estampida."

Tal vez sea eso la tarde (fragmento)
Juan Bello Sánchez







PABLO

Pablo era un niño rubio, de piel muy blanca, con unos pelos en la coronilla difíciles de peinar porque estaban siempre estirados y se resistían a obedecer al peine. Sus ojos, claros y verdes, miraban torcido y le hacían especialmente gracioso cuando sonreía. Sus padres le pintaron de rojo la punta de la nariz cuando era muy muy pequeño pero no consiguieron corregir ese cruce de la mirada. Cualquiera al conocerlo habría dicho que era muy simpático porque, además de su aspecto, tenía muchas ocurrencias que divertían a cuantos le conocían.

En una ocasión Pablo hizo una redacción en el colegio en la que dijo que la distancia a su casa era de un año luz de galletas de chocolate y que su edad era de un quilómetro a la pata coja. Acompañaba su particular forma de medir con dibujos de espirales y flechas por toda la hoja para delimitar el tamaño del texto respecto al del cuaderno. A la profesora, la señorita Rosa, ya no le sorprendía nada de todo esto porque estaba acostumbrada al peculiar comportamiento de Pablo y a sus contestaciones. Otro día le observó moviendo de manera extraña los dedos sobre el pupitre como si estuviese jugando. Al preguntarle qué estaba haciendo, él respondió, con la asertividad de un agente de tráfico, que el pupitre tenía noventa y siete uñas de dedo gordo por cuarenta y ocho del meñique sin los guantes de punto de su abuela Marga. Otras veces, cuando le preguntaban sobre las notas que había sacado en clase, él siempre contestaba en bolsas de caramelos de miel y regaliz negro de cincuenta céntimos. Y así, claro, nadie se enteraba de nada.

En efecto, Pablo fue siempre un niño algo extraño. Algunos incluso se atrevieron a decir que estaba poseído por un espíritu extraterrestre. Lo cierto es que ya desde muy pequeñito su comportamiento llamaba la atención por inusual y a menudo despertaba la curiosidad de todos los que le rodeaban. Por ejemplo, cuando aún era un bebé y sostenía el biberón entre sus manos éstas cambiaban de posición constantemente como si estuviera tomando conciencia de su tamaño. Cuando empezó a gatear se dedicaba a explorar todo lo que se encontraba en su camino. Podía ser la sombra de la mesa de la cocina o a la del sillón del abuelo o la alfombra del cuarto de baño, él movía sus manos de manera sucesiva como si estuviese midiendo las distancias mientras apretaba el chupete entre los labios. Era frecuente que en la conversación de los mayores, entre risas, se hiciera referencia continua a las extrañas cosas que Pablo había hecho tal o cual día. Lo medía todo, pero a su manera. Una vez la profesora le preguntó qué iba a ser de mayor y Pablo contestó que tenía la colección de cromos de azúcar tapándole el ojo bueno pero que le gustaría ir a la luna a poner semáforos. Y cuando daba estas contestaciones, pues claro, uno no sabía si te estaba tomando el pelo, si es que era muy listo o si no se enteraba de nada. Pero te miraba con esos ojos cruzados, casi verdes, sonreía y te seducía con su enorme simpatía. Por eso nadie se enfadaba con él por las contestaciones que daba. Nadie excepto los otros niños.

Según crecía, Pablo iba chocando cada vez más y más con los demás niños, pues no le comprendían y se reían de él. A Pablo no le gustaba nada de nada que intentaran ridiculizarle sus compañeros de clase, pero su amigo Quique, que le conocía desde siempre, le quitaba importancia y le decía que él era mucho más listo que los otros y que le tenían envidia. Porque, claro, es que Pablo sacaba muy buenas notas a pesar de sus rarezas. Sin embargo esta situación le ponía muy triste y las palabras de su amigo no conseguían consolarle.

Un día su mamá le observó mirando fijamente por la ventana, ensimismado, como si estuviera preocupado, se acercó y le preguntó si estaba contando las farolas de la calle; Pablo le contestó que no, que ya las tenía contadas y que eran cuatro volteretas hacia delante encendidas y dos hormigas apagadas hacia atrás. Entonces, ¿qué te pasa?, le preguntó. Con la cara muy triste le contó que los niños de clase se reían de él y que Quique le defendía y que a veces se peleaba con ellos por su culpa. Bea, la mamá de Pablo, que así se llamaba, ya imaginaba que antes o después la forma de ser tan peculiar de su hijo le pondría difícil relacionarse con los otros niños, pero que fuese capaz de expresar su problema de manera tan clara y confiada le pareció un buen augurio. Tengo una idea, Pablo, por qué no haces una tabla de equivalencias con las unidades de medida que usas para que ellos te puedan entender mejor, le dijo. Al instante a Pablo se le iluminó la cara y cambió su expresión porque le pareció una idea muy buena. Voy al cuarto, mamá, cuando la tenga hecha te la enseño a ver qué te parece. Muy bien, le dijo ella.

Pablo tardó tres días en terminar su tabla de equivalencias porque decía que había muchísimas medidas que traducir y que siempre se le olvidaba alguna. Pero por fin pudo enseñársela a su mamá. Iba por el pasillo gritando “ya lo tengo, ya lo tengo, mamá” así que se le podía oír desde lejos según se iba acercando. Llegó alborotado hasta el jardín, con los ojos muy abiertos, deseando ver lo que opinaba su mamá. Vamos a ver. Cuando Bea empezó a leer aquellas equivalencias por un momento estuvo a punto de echar una carcajada explosiva, pero al ver a Pablo tan ilusionado se contuvo para no molestarle. Hizo un gran esfuerzo y se aguantó. Vaya, vaya, que buen trabajo has hecho, Pablo, le dijo. Veamos, aquí pone:

- Tres cajas pequeñas de canicas de cristal equivalen a dos plumieres de lápices de colores.

- Cruzar el pasillo despacio con la luz apagada y los ojos cerrados equivale a ir dos veces al quiosco saltando con los pies juntos.

- Dos minutos de helado de fresa de tres bolas, a despertar por la mañana con besos y abrazos.

- Cantar la tabla del siete a la pata coja, a chupar la cebolla hasta que te lloren los ojos.

- …

Y así continuaba en cada una de sus tres hojas llenas de equivalencias que su mamá leyó con todo el interés y amor del mundo mientras Pablo asentía con la cabeza a cada una de ellas. Ajajá, le dijo Bea, es la tabla de equivalencias más bonita que he visto nunca y cogiendo a Pablo con sus manos le dio un abrazo y un beso enormes, mientras se le llenaban los ojos de agua de mar.

En aquel momento llegó Javier, el papá de Pablo, y al verlos abrazados les preguntó que qué les pasaba. Pablo salió corriendo para enseñarle las hojas que había escrito y Bea le miró con una de esas miradas de complicidad que las mamás mandan a veces a los papás y que quieren decir que el horizonte está rojo porque el sol se va a dormir para que le rasquen la espalda con una nube de algodón. Bajando de su corcel de un salto echó una rodilla al suelo para saludar a Pablo. Mira papá, he hecho lo que me dijo mamá, mira ¿qué te parece? A ver, a ver… y sentándolo en su otra rodilla comenzó a leer en voz alta cuando, de repente, empezó a sonar el cuco del reloj de pared que había en la torre más alta y que siempre sonaba a la hora de dormir. Déjamelo hasta mañana, hijo, lo leeré con tranquilidad y después te digo. Vete a la cama. Buenas noches. Y le besó en la frente, a esa altura donde se cruza su mirada verde clara, acariciándole los pelos en punta de su coronilla.

Esa noche, mientras su papá se quitaba la armadura de hojalata dorada y hablaba con su mamá sobre cuál sería la mejor manera de encauzar la creatividad de su hijo para acercarlo a la realidad sin herir su sensibilidad, Pablo soñaba ilusionado con sus compañeros de clase. Jugaban juntos saltando sobre los charcos y sonreían a carcajadas mientras aparecía en el cielo, cubriendo todo el patio, un arcoíris de cuarenta y cinco colores de pintura de dedo, y su amigo Quique, vestido de astronauta, borraba con una esponja las nubes negras con sus truenos y relámpagos y su maestra Rosa, con un delantal amarillo de manga larga, iluminaba con letras de flores todas las sombras de pesadillas.

Todo esto que te digo parece como un cuento que estuviera midiendo la ternura de un instante, y que bien podría equivaler a decir un buenas noches cariño.

Y Pablo se durmió.











19 de abril de 2019

INCIERTA INCERTIDUMBRE



“El silencio y el agua
tienen la misma forma
forma de secreto
del lugar donde se esconden.”


Isabel Bono



Saul Leiter





Algunos acontecimientos tienen la capacidad de evocar emociones concretas, como si estas estuviesen atrapadas en aquellos. A manera de una simbiosis. Ya sabemos que las cosas que nos suceden son, también y fundamentalmente, lo que nos hacen sentir. Indagar en esta evocación podría servir para rescatar viejas historias personales olvidadas. Yo, por ejemplo, os confieso que tuve enuresis nocturna durante más tiempo del habitual. Recuerdo que muchas veces me levantaba a orinar con la satisfacción de haberlo controlado al fin para, momentos después, despertar mojado con la frustración del sueño. Pues bien, aún ahora, en algunas ocasiones, puedo reconocer aquella desagradable sensación de incertidumbre, estar o no soñando, mientras orino. Me considero, pues, justamente sentenciado al auto-escepticismo, una dolencia con matices propicios –¡alabado sea dios!- a la textura de lo humano.

La verdad que jamás ha sido tocada por la duda es como un espíritu arrogante, sombrío y seguro, como el diablo. Lo dice Umberto [Eco] y no seré yo quien le lleve la contraria. Que la incertidumbre me salve de pertenecer al lado oscuro es una proposición que encuentro amable, brillante y sugerente, a la que sin duda me apunto.

El principio de una incertidumbre es ante todo un principio, valga la redundancia, algo que en esencia y al margen del tono imperativo de cualquier ley asienta en la naturaleza misma de la duda: el comienzo de un apasionante desafío de búsqueda y/o una revelación con vocación de reversibilidad: la de unos perfiles imposibles para un acontecimiento nítido. Me gusta ese precipicio. En contraposición, intuyo que una certeza no puede ser mucho más que un final, lo cual, dicho sea de paso y a la postre, no suele resistir el paso del tiempo más de lo que los espejismos pueden resistir a la distancia. Salvo en lo relativo al diablo, claro. Por esta razón si me dieran a elegir entre cabeza de ratón o cola de león yo elegiría sin lugar a duda ser al mismo tiempo la cola del gato de Schrödinger y la cabeza del electrón de Heisenberg. Así, de esta sencilla manera, puedo revelar al tiempo este pedante innato que soy, la gran admiración que profeso hacia la provocación estética de la mecánica cuántica y mi más rotundo de los sometimientos al onanismo de la duda.

A pesar de las apariencias, digo, quiero creer que estamos ya en primavera, al menos a este lado del hemisferio. En otras zonas del planeta, donde todo el año se mantiene prácticamente el mismo clima, no suelen disfrutar de esta sensación nuestra de retorno a la vida y a la luz. De nuevo -¡ay!- surge con fuerza ese vértigo presente en los opuestos y su fascinante elocuencia: luz y oscuridad, frío y calor, vida y muerte… Contrastes imprescindibles para ofrecer a nuestro cerebro un espacio donde disfrutar del placer de reconocerse vivo y frágil. Imagino que si en un futuro lejano desaparecieran estos cambios estacionales perderíamos esa capacidad y dudo que pudiéramos sustituirla por otra semejante. Ubicarse en un proceso de cambio cíclico, como este del clima, donde se hace imprescindible la memoria de lo pasado y su proyección futura, exige desarrollar una conciencia de continuidad no carente de incertidumbre y abonar el contraste de las percepciones, eso que alimenta lo que llamamos experiencia a nivel colectivo e individual. Tiempo, percepción y disparidad sincronizados dentro de una cartografía de la duda diseñada para adaptarse, anticiparse y sobrevivir.

Todo este preámbulo tan innecesario viene a colación, o eso creo, porque he recordado un acontecimiento que viví en mi juventud, el principio de una incertidumbre que me ha acompañado en el transcurso de la vida. Así que, en el caso de que usted padezca una mezcla más o menos heterogénea de aburrimiento, masoquismo y/o curiosidad, le ofrezco la posibilidad de seguir leyendo. Cada cual es libre de perder el tiempo como mejor le plazca.

Resulta que en el grupo de amigos de mi adolescencia, en esa etapa en la que vivir era sinónimo de explorar, hubo uno, Víctor, que desarrolló un cáncer renal incurable. Mientras la enfermedad le iba transformando en palidez amarillenta, cabeza sin pelo y sonrisa triste, la entereza y el ánimo que nos regalaba en cada visita crecían y le fueron rodeando de un halo invisible de grandiosidad que acabó contagiándonos a todos de una admiración y respeto inusuales. Su muerte nos zarandeó a todos. Más que por el gran vacío que nos dejó, que también, por una desconocida y extraña sensación de impotencia al haber perdido para siempre algo que, sospechábamos, no habíamos sabido valorar y retener adecuadamente, por esa incertidumbre sobre la posibilidad de sobrevivir íntegros tras aquella pérdida y por la insospechada vulnerabilidad ante eso que llaman la muerte. No me refiero a la muerte como realidad, ni como concepto al uso, me refiero a la muerte como amenaza, como inminencia permanente de una revelación cruel, inexcusable e invisible con la que deberíamos sobrevivir a partir de entonces. Durante mucho tiempo me arrepentí de todo lo que nunca le supe decir a Víctor.

Pasado algún tiempo, Pedro, otro amigo de la pandilla, me confesó que tendría que marcharse lejos con sus padres para siempre y que quería despedirse de mí. Recuerdo que en aquel momento me sobrecogió el mismo sentimiento de pérdida brusca e inevitable que había experimentado con la desaparición de Víctor y vi en Pedro a un amigo insustituible a quien no había tenido la ocasión de confesar lo importante que había sido para mí. Pero Pedro estaba allí aún y yo tenía ahora una oportunidad, quizá la última, para compartir con él mis sentimientos antes de su marcha y no tener que arrepentirme después. Entonces le abrí mi corazón y le confesé emocionado lo importante de su amistad, el afecto con el que le recordaría siempre, lo difícil que sería para mí no tenerle cerca ya nunca más y lo mucho que lamentaba no poder acometer con él tantos y tantos proyectos que en aquel momento imaginaba juntos. Cuando estaba a punto de echarme a llorar él sonrió burlonamente, todo había sido una broma. Pero no volvimos a vernos.

Ahora, en ocasiones, me siento deliberadamente junto a alguien, conocido o desconocido, en silencio, con la conciencia de que quizá no volvamos a vernos, y encuentro argumentos suficientes para no hablar de ello porque pienso que el mañana es tan solo un artificio de la mente cuando se asoma a la incertidumbre. Y me despido para siempre del presente diciendo un hasta mañana ficticio. Y si me sorprende una desaparición irreparable, exploro los segundos del último encuentro y la equívoca certidumbre de entonces en busca de una pista que me prevenga en el futuro, mientras alimento mi desapego por todo tipo de verdad y lloro de impotencia.

En estos momentos los alcorques se llenan de semillas y el sol amanece por entre los rascacielos de mi terraza, y llueve, y entonces pienso que seguramente algún niño se estará orinando ahora en la cama mientras sueña que es primavera. 

Quizá sea yo.

Aún.

17 de enero de 2019

“NO ME ESCRIBAS” (Último adagio: Nostalgia)






“Sais-tu pourquoi un visage, un geste, vus du train qui s’arrête à la fin du voyage... reviennent un jour te visiter et te dire de leurs lèvres sans voix le mot qui peut-être aurait pu te sauver?” 

(“¿Sabes por qué una cara, un gesto, vistos desde el tren que se detiene al final del viaje… vuelven un día a visitarte y a decirte de sus labios sin voz la palabra que posiblemente habría podido salvarte?”)
Álvaro Mutis













La primera de las notas decía:

“…depuis ici là-haut toutes les vagues me semblent égales et l'océan rit de moi chaque matin. Je lance des pierres pour entendre son gémissement et elles sont avalées. Mais les bouteilles non, il ne peut pas avec celles-ci, ils restent sur la surface jusqu'à ce qu'ils disparaissent sur l'horizon. Il est dans ce moment quand je me sens connecté avec l'autre bord, bien que déjà presqu'il ait oublié ce qui existe dans elle…”
(“… desde aquí arriba todas las olas me parecen iguales y el océano se ríe de mí cada mañana. Lanzo piedras para oír su quejido y se las traga. Pero las botellas no, no puede con ellas, permanecen en la superficie hasta que desaparecen en el horizonte. Es en ese momento cuando me siento conectado con la otra orilla, aunque ya casi haya olvidado lo que existe en ella…”)


Andar a la deriva en busca de un destino es la epifanía de un previsible naufragio. Emprender esta travesía de forma deliberada –si ello fuera factible-, o intentar evitarla, no mitiga las consecuencias, acaso las empeora. Deduzco que solo puede ser una isla, desierta o no, –quizá siempre la misma- el origen, etapa o desenlace lógico de tal viaje, o todo ello a la vez. Esta conjetura me sugiere una consideración cartográfica, una temporal y una conceptual. La primera se resuelve en la esencia del movimiento que dibuja la trayectoria tras una meta, de traslación, de rotación o, incluso, de su ausencia más absoluta. La segunda es la red de densidades posibles en las que todo lo que sucede adquiere suficiente apariencia de continuidad como para ser o dejar de ser de una manera coherente. La tercera, más categórica, establece que el orden, trayectoria y momento de los acontecimientos no modifica lo sustancial, que cada vida es a la postre un tipo de naufragio ineludible. Anaïs Nin:


"Aller sur la lune, ce n'est pas si loin. Le voyage le plus lointain, c'est à l'intérieur de soi-même." 
("Ir a la luna no es ir tan lejos. El viaje más lejano es al interior de uno mismo.") 


Aparentemente desprevenido, Charles –Bukowski- confiesa que “ninguna parte” y “apenas nada” son epílogos de “muy lejos” y “tanto tiempo”. Recapitulación introspectiva llena de sentido. Su oportuno poema representa, como es evidente, un gesto de cínica esperanza, como una nota en la botella arrojada al mar o, en su caso, a ese océano de cerveza y sexo desde donde indagar alguna respuesta que permita sobrevivir con dignidad a uno mismo:


“We have come so far and gone nowhere.
We have lived so long and hardly at all”

(“Hemos llegado tan lejos y no hemos ido a ninguna parte.
Hemos vivido tanto tiempo y apenas nada”)


De manera similar, y tras innumerables viajes, abunda en la misma idea José –Santos Chocano- quien reconoce con resignación que en su infortunio prevalece el cansancio junto a ese poso de vacío –“he vivido poco”- que queda en el fondo de su vaso repleto de vida. Adivino en todo ello un inevitable viaje de deriva a la añoranza:


“…
Hace ya diez años
que recorro el mundo. 
¡He vivido poco! 
¡Me he cansado mucho!”


La nostalgia es una isla desierta. Cualquier náufrago lo sabe. Por eso yo lo sé.

Las rutinas propias del azar y de las olas, los hilos invisibles de sus corrientes, desnudan a la casualidad de su atributo de probable. Ir a la deriva bien podría obedecer a las estrictas leyes matemáticas que rigen todos los innumerables rumbos que llevan al horizonte. Cuando Henri Charrière –Papillon- decide escapar de la Isla del Diablo arrojándose al mar desde un acantilado, sobre una balsa hecha de cocos, estudia durante días y noches las furiosas olas y su ritmo y descubre que hay un ciclo que se repite cada siete y que la última no rompe contra las rocas como las demás. En ella escapa. Bien es cierto que escapar de una isla a lomos de una ola es un acto que exige valor y determinación y que refleja la necesidad imperiosa de explorarse en otros lugares donde sea posible el reencuentro. La melancolía, en cambio, no observa las olas, mira las nubes, respira cansancio y cobardía, y tiene los matices de una tristeza sobrevenida, de una desolación, de una rendición ineludible, de un ocaso.

La nostalgia puede ser el suicidio incruento de quien naufraga en el desamparo o la desesperanza.

Raramente el hombre escapa a su destino (“Che l'uomo il suo fugge di raro”; Ludovico Ariosto) y posiblemente nada lo haga, por eso acepto como obligado que el azar haya hecho llegar a mis manos varios mensajes anónimos. Cada uno enrollado cuidadosamente dentro de su botella: misma tinta, misma letra, mismo discurso. Sobre las desconocidas propiedades cíclicas de la naturaleza y las leyes que las rigen, a quienes atribuyo que todas hayan seguido el mismo camino, no diré nada. “El destino se ríe de las probabilidades” (Edward Bulwer-Lytton) y, a veces, el destino y las probabilidades se ríen juntos. Que la puerta final de esta correspondencia sea la mía constituye un hecho incuestionable. Que proceda de un náufrago, también.

En tono triste y melancólico pero claramente reflexivo el autor mezcla en sus notas la nostalgia con el cansancio y no busca, aparentemente, ninguna respuesta ajena a sí mismo. Lo imagino estudiando las olas y sus ritmos, probando la evolución de sus mensajes en el agua, mirando las botellas arrastradas por la corriente y luchando por vencer el miedo de arrojarse a ellas o de ceder y resignarse al cautiverio. Lo imagino escribiendo recuerdos y sentimientos como si fueran eslabones de la cadena que lo mantiene inmóvil y lanzándolos al mar para aligerar su peso. Lo imagino aturdido, viendo pasar los días y las noches, construyendo pensamientos para evitar la locura, y arrojándolos en la esperanza de poder atenuar así la soledad y el silencio. “La vida es leche materna de amarga viudez donde yace la esperanza” –Ion Heliade Radulescu; Epitafio (fragmento). La última nota decía:


“Estoy cansado, muy cansado… de ir a todas partes y no llegar a ningún sitio, de esta interminable y monótona sucesión de minutos y horas, días y noches, olas y nubes… de ser el único culpable y la única víctima… de arrojar botellas para que luego me las devuelva la playa. Sin que hayan sido abiertas. Harto de mirar el horizonte, desde la aurora al ocaso, en ese punto donde el resplandor de las vías se confunde con el sol, sin que aparezca mi tren. Quiero poder reconocerme de nuevo, recuperar la esperanza de saber dónde estoy y a qué distancia me encuentro de esos otros sueños que yo era. Me aterrorizan las olas y la soledad y temo que llegue el día en el que ya no sepa distinguirlas. Quiero escapar. Quizá haya llegado el momento de arrojarme desde el acantilado para no sucumbir a la nostalgia. Sí, lo haré.”


Y por primera vez la firmaba. Con mi nombre. Comprendí.

Esta mañana por fin he subido las persianas y he abierto de par en par las ventanas. Que todos los rincones se llenen de aire y de luz. He cogido mi cámara de fotos y he salido a la calle dispuesto a fotografiar a la niebla y al frío. No volveré a dejar botellas en el buzón. Wisława Szymborska (Despedida de un paisaje - fragmento):


“…
Puedo incluso imaginarme
que otros, no nosotros,
estén sentados ahora mismo
sobre el abedul derribado.

Una cosa no acepto.
Volver a ese lugar.
Renuncio al privilegio
de la presencia.

Te he sobrevivido suficiente
como para recordar desde lejos.”







6 de diciembre de 2018

SOL INVERNAL





"La gélida contradicción es
impulsada por la oscura tierra,
deriva en un umbrío cielo sin
estrellas parpadeantes.

El viento oscila misteriosamente
en el silencio de la profunda noche,
descansa mi alma en la noche
de amargo invierno.

Coronas de flores adornan la
mañana de mi vida en la soledad
de un país extranjero, anhelo
el amor despreciado en la
clausura del corazón.

Eco de una distancia que alborea
hacia la delicia del campo que
evade la ausencia del otoño.

La primavera rejuvenecida sólo
es invierno eterno, noche perpetua,
dolor y lágrimas. "


Adelbert von Chamisso

Invierno y noche









"
Estoy en quirófano. A la cabecera de un paciente anestesiado. La temperatura es de 16 grados centígrados y mi pijama de manga corta es de verano. Tengo mucho, muchísimo frío. La cirugía se prolonga más de lo previsto y con el intermitente ritmo monótono del ruido de fondo del monitor entro en un estado de semi-hibernación. Cierro los ojos, recuerdo el blog, y alguna parte de mi cerebro elucubra esta ensoñación... 



“Apenas ha empezado diciembre pero en el rellano de mi escalera y tras mis ventanas es pleno invierno desde hace ya varios meses. El frío y la lluvia arrecian, de día y de noche, y el viento entra por las rendijas, se arremolina, mueve el felpudo con fuerza y golpea la puerta llenando los rincones de manchas de agua y destemplanza. Para algunos, pienso, el invierno quizá sea un camino a la intemperie donde todo resulta ajeno y desapacible, para mí es más bien un entorno hostil con amenazas de muerte, tormentas de dolor y fiebres de nostalgia. Sólo encuentro algún consuelo en el café caliente y denso que sirve el bar de la esquina, un lugar sucio y decadente, cuando me atrevo a salir a la calle. Yo, que venía de una larga calidez de primavera, ya había olvidado hasta dónde puede llegar la intensidad del frío y esa conciencia punzante de piel que provoca al tocarte, como alfileres de desprecio. Me está resultando especialmente duro y veo que amenaza con prolongarse más allá de la memoria. Para colmo, al tragar siento un dolor intenso que me desgarra la garganta. Quiero suponer que será a causa del duelo de suspiros que arrastro, a los restos de nicotina que se me pegaron al cuello en alguna otra vida, o a la mala costumbre que tengo de chupar la mina del lapicero mientras dibujo arcoíris en las servilletas del bar. Disfruto elucubrando con la negrura irregular del café que dejan mis labios en el papel, con esa sombra negra, como la mía ausente hoy, junto a las líneas desnudas que parecen evocar su propia tristeza. Las guardo amontonadas en el bolsillo trasero de mi pantalón vaquero. Juego con esas formas caprichosas como quien lo hace ensimismado con las nubes, imaginando seres alados con quienes escapar a otros mundos. Recuerdo que alguna vez me sorprendió ver desde un avión cómo el sol brillaba exultante sobre océanos de nubarrones negros que lo cubrían todo, imaginé a los habitantes bajo aquella espesa negritud ignorando, como yo ahora, la existencia del sol ausente. Este invierno va a ser duro, lo presiento. Lo está siendo ya desde hace casi un año. Se me clava en el pecho el aire que entra por los rincones húmedos y me viene a la memoria el colchón empapado de la niñez donde acurrucaba tembloroso mi inocencia cada noche buscando el consuelo de un calor desconocido que sólo se revelaba en el sueño. Ese mismo que acaso alguna vez presentí recostado en tu nube, deslumbrado por esa esquiva mirada tuya de arcoíris y contraluces resbalando por mi espalda. Llueve y desde la ventana ya nada queda libre de ser reflejo tenue de la calle mientras los coches pasan vacíos, escupiendo en las aceras con sus hisopos de liturgia fantasmal. Alcorques rebosantes de desprecio y arrogancia. Este invierno está siendo especialmente largo y triste. Huele al cartón mojado de la indigencia y escuece como los dedos dormidos de frío frente a los escaparates de guantes de cuero. Sobre las nubes de café que guardo en mi bolsillo imagino un sol deseoso de poner color a mis arcoíris de papel, y así entretengo en la barra del bar mi ansia por escapar del invierno. Rechino y mis dientes tiritan. No, no quiero sentir la lluvia, no quiero que la lluvia me moje, no la quiero hoy. Necesito, ahora, sobre mi piel urgente, otra primavera imposible.” 



... la intervención prosigue. Intento abrir los ojos. El vaho que sale por mi boca se congela en la mascarilla. Me duelen los dedos de los pies y la nuca. Siento mi ritmo cardiaco cada vez más lento. Temo lo peor. Apenas puedo gritar: [¡enfermera!]. 
Muero.
"










"Este gesto del invierno hacía mí,
frío y aplicado.
Sí, hay algo en el invierno
de la medicina tierna.
De otro modo, cómo de repente,
de la oscuridad y el tormento,
la enfermedad confiada
le dirige sus manos.
Oh amable, seguí con tu brujería,
de nuevo rozará mi frente
el beso santo del anillo helado.
Y es cada vez más fuerte la tentación
de encontrar el engaño con la confianza,
mirarle los ojos a los perros,
abrazar los árboles,
perdonar como jugando,
y habiendo perdonado
perdonar todavía a alguien,
confundirse con el día invernal,
con su óvalo vacío,
ser siempre para él
su matiz pequeño.
Reducirse a no existir,
para implorar detrás de las paredes
no una sombra mía sino la luz,
por mí tapada.
En qué me diferencio
de la mujer con la flor
o de la muchacha que ríe
y juega al anillo.
¿Y el anillito no llega hasta sus manos?
Me distingo de la habitación con el empapelado,
donde estoy sentada sobre el final del día
y la mujer con los puños de cibelina
aparta de mí su mirada arrogante.
Cómo compadezco su mirada altiva,
y temo, temo espantarla,
cuando ella se inclina
sobre el cenicero de cobre
para sacudir la ceniza.
¡Oh, Dios mío!
Cómo le compadezco,
su hombro, su hombro deprimido,
y su cuello blanquito y fino,
que siente calor bajo las pieles.
Y temo que de repente comience a llorar,
que sus labios griten terriblemente,
que esconda las manos en las mangas
y que las perlas golpeen el suelo. "


Bella Ajmadúlina
Invierno

17 de noviembre de 2018

UN UNIVERSO EN EL ESPEJO


"Había oído hablar de las sorprendentes irisaciones de la aurora sobre el mar Jónico cuando se la contempla desde la cima del Etna."
Marguerite Yourcenar






“Te me vas y te quedas en aire que respiro, en ausencia y presencia que nada me entorpece, como un llevarte dentro aladamente en alto.”
Qué fácil este ahora (Fragmento)
Concepción Gutiérrez Torrero





"La noche avanza como un gran dios que hechiza en el 
miedo
más allá de los bosques y las sombrías trampas,
más allá del salvaje amor de la hembra humillada.
En esta noche de mirada de lobo
cómo duele el silencio que reposa como muchacha febril
detrás de los cristales de las casas."

Esta noche
Orietta Lozano







"
Supuse que se trataba de un lector empedernido e inquieto cuando leí su tuit: “Por favor, plantad árboles y tened hijos, pero no escribáis más”. Lo comprendí. La manera de redactar en las redes sociales parece escapar muchas veces a los más elementales principios de la semiótica. Yo conozco a otros, en el extremo opuesto, que temen escribir por miedo a no estar a la altura. Una altura que se marcan ellos mismos. Recuerdo una interesante entrevista a Rojas Marcos en la que trataba sobre la resiliencia. “Hablar es la clave –decía- contar lo que uno siente”. ¿Y si no hay nadie a quien contarle?, le preguntaba el periodista, “sitúese frente al espejo, el beneficio no está en ser escuchado, sino en verbalizar sus sentimientos y emociones en voz alta”. De manera similar, deduzco, escribir podría ser considerado una actividad terapéutica en sí misma, como leer, con independencia del talento, de la calidad técnica o de que exista o no alguien al otro lado del mensaje. No quiero decir con esto que podamos ser desconsiderados con aquellos a quienes nos dirigimos, en el fondo o en la forma, incluso cuando se trata tan solo de un simple espejo. No lo rompamos. 







¿Y si quien se inhibe a la hora de narrar algún acontecimiento lo hace por miedo a no ser creído y ser ridiculizado por ello? Os confieso que por esta razón he evitado siempre referirme a algunos hechos extraños que a menudo me suceden. Temo el ridículo. Aunque pienso ahora que quizá nadie me lea y pueda beneficiarme tan solo por el hecho de compartirlos. Bien, probaré, haré una excepción hoy. Esto me sucedió el año pasado, a principios de diciembre. Lo anoté así entonces: 


“Me he levantado a primera hora y he ido al baño como de costumbre. Medio dormido y a oscuras. En la penumbra del camino me cruzo con un gran espejo sobre el lavabo. Al hacerlo hoy me ha parecido observar por el rabillo del ojo un reflejo luminoso inusual al que no he dado importancia. A la vuelta, según me iba espabilando, he mirado directamente por ver si se repetía y descubrir de dónde podría venir. No llevaba las gafas puestas y los ojos de los miopes a veces provocan destellos propios. Nada, no hay reflejo. Cuando ya me retiraba me ha dado la absurda impresión de que la tenue imagen del espejo, la mía, se movía con cierta lentitud, con cierto retraso. No he querido creérmelo, lo he achacado a la ausencia de mis lentes y he ido a por ellas sin poder evitar sentirme, he de confesarlo, algo intranquilo por la sensación. Y heme aquí, con las gafas, la luz encendida y mirándome fijamente en el espejo moviéndome de forma ridícula y observando mi imagen. Hay que ver la de tonterías que uno hace a veces, me decía a mí mismo, cuando de repente, en un instante, algo me ha sobrecogido. Como si un jarro de agua fría cayera por mi espalda o un calambre me recorriera desde los talones hasta la nuca: ¡no doy crédito a lo que veo, la imagen en el espejo no lleva las gafas puestas! Aproximo mi cara y la cara reflejada muestra la misma expresión de asombro que yo. Me llevo la mano temblorosa a la cara y la imagen me sigue, pero yo toco mis lentes y él no. Acerco mi mano al espejo para tocarlo y ambos nos tocamos. La conciencia de que no soy yo me invade. Es fría.” 


Soy un hombre racional y os supongo, tal y como yo estaría en vuestro caso, buscando explicaciones al uso. O dejando de leer. Se trata de un sueño, alucinación, has bebido, drogado, tienes una enfermedad mental, nos tomas el pelo, etc. Lo comprendo. De hecho, aún no he encontrado una respuesta convincente para mí mismo de la mayoría de estas extrañas experiencias que a veces me suceden. Confieso mi agnosticismo en asuntos paranormales o sobrenaturales y durante mucho tiempo dudé de mi propia cordura, hoy ya no. 






Advierto que este es el momento adecuado para que me deje de leer aquel que se pueda sentir ofendido o atemorizado por aquellas cosas que parecen refutar a la razón. Porque lo que sigue no busca explicar nada ordenadamente, ni convencer, ni alarmar, solo compartir imposibles acontecimientos ante ese espejo de la resiliencia, al que se refiere Rojas Marcos, con el fin de sobreponerme a cuanto en mí hallo inverosímil. 


“Respiro hondo e intento tranquilizarme, el asombro me impide pensar. Cierro los ojos y tomo conciencia del momento. Los abro. Sigue ahí. Estamos inmóviles. Sólo movemos los ojos. Soy yo, en efecto, pero sin gafas. Voy repasando la imagen de manera ordenada y la imagen lo hace conmigo. No puedo evitar el temor de que en cualquier momento pueda tomar la iniciativa. Su mirada impresiona de mayor claridad, no sólo por la ausencia de lentes, no tiene las ojeras que yo tengo. Sus lisas manos, la ausencia de mi cicatriz, el pelo. Enseguida me doy cuenta de otros detalles, esa imagen soy yo pero más joven. Ese fui yo, sin duda. ¡Por dios!” 


Recuerdo a un profesor de matemáticas en el colegio explicando el concepto de infinito. Todos en clase comentaron y muchos mostraron su escepticismo. “Yo os lo voy a enseñar”, nos dijo ante nuestra atenta mirada. Entonces cogió dos espejos y los puso uno frente al otro. “Podéis asomaros para verlo”. Después se dirigió al encerado y escribió el signo que representa la imagen del infinito espacio de luz que guardaban esos espejos entre sí. Para quienes sentimos fascinación por el universo sabemos que cuando divisamos una galaxia situada a miles de millones de años luz estamos viendo una imagen del pasado lejano porque, durante el inmenso tiempo que ha tardado en llegar su imagen, la galaxia puede haber desaparecido. Eso me hizo pensar, ya entonces, que aquellos dos espejos enfrentados por el profesor no solo guardaban infinitas imágenes. En las distancias más lejanas, al fondo del espejo, allí donde nadie podría estar observando, la imagen tardaría años luz en llegar, un tiempo infinito, y cuando por fin lo hiciese el espejo podría ya no existir. Así, aquello que sujetaba en sus manos el profesor no sólo contenía un espacio infinito, también encerraba un tiempo infinito. 


“En el silencio de la noche, poco antes del amanecer, le he hablado a mi imagen del espejo como si fuese otro. Al primer intento no pude, quedé mudo, moví los labios y creo que la imagen no se inmutó. Me vino entonces la idea de que quizá estuviese presente alguien más, alguien responsable de aquella situación. Miré alrededor, nadie. “¿Eres… yo?”, le dije con un leve hilo de voz. Y no movió los labios, no los movió. Os lo juro. Di un salto atrás mientras exclamaba un ¡AY! de pavor. En ese instante la luz se apagó y yo me quedé ciego, con el resplandor de la luz en la retina cambiando de color. No veía nada y no quería ni imaginar que algo pudiera tocarme en aquel momento. Permanezco inmóvil, creo que sin respirar. Entonces vuelve la luz al cuarto de baño. Estoy pálido y tembloroso. Todo parece haber terminado. Respiro.” 


Ya sé que esto no tiene sentido. Yo al menos no se lo encuentro. Pienso que las ilusiones, más aún las pesadillas, deberían de quedar circunscritas al sueño nocturno sin ninguna posibilidad de escapar de allí. Despertar debería de ser un acontecimiento categórico, nítido y certero, para no enloquecer innecesariamente, como la aurora sobre el mar en verano, como un adiós definitivo, como la ausencia irrefutable de aliento en el espejo cuando certifica la muerte infinita.
 "







"Cuando la luna es de melón una tajada en la ventana y en redor es la calina cerrada la puerta y la casa encantada por las azules ramas de glicinas y en la fuente de arcilla hay agua fría y la nieve del paño y arde una bujía de cera tal que en la niñez, mariposas zumban la calma, que no oye mi palabra, retumba entonces de lo negro de rincones rembrandtianos algo se ovilla de pronto y se esconde allí a mano, pero no me estremezco, ni me asusto siquiera... la soledad en sus redes me hizo prisionera el gato negro el alma me mira, como ojos centenarios y en el espejo mi doble es tal vez mi contrario. Voy a dormir dulcemente, buenas noches, noche."
Cuando la luna es de melón
Anna Akhmatova







Las imágenes son del fotógrafo George Mayer
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